La leyenda del valle

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La leyenda del valle

Mensaje por WasabyGreen el Dom Jul 28, 2013 9:56 am

Aún no se podía creer lo que acababa de hacer. Pero, aun así, se sentía satisfecho de su trabajo.
El sol había comenzado a esconderse tras las verdes colinas que había alrededor del valle, pero apenas se notaba su marcha. Las nubes encapotaban el cielo, oscureciendo el verde claro natural de la hierba a un verde más oscuro.
Sobre una de las colinas se encontraba la figura encapuchada de un hombre. Llevaba un largo abrigo gris sujetado a su cintura con un cinturón negro y se cubría la cabeza con un sombrero del mismo color gris. El viento otoñal hacía que el abrigo ondease bailando junto a las hojas de color cobrizo que se desprendían de los pocos árboles que por allí había, haciendo que las ramas de estos quedasen casi desnudas.
La mirada del hombre caía por la ladera de la colina hacia el valle, observando la columna de humo que se levantaba justo donde el valle y la colina se unían. Casi una hora atrás sólo había una casa vieja de madera en ese mismo lugar, pero ahora el fuego luchaba por devorar y borrar toda huella de que la casa hubiera estado allí.
Mientras el fuego comenzaba a consumirse, una imagen vino a su mente. Recordó el rostro de una mujer, pálido, con grandes ojos azules y unos hermosos labios rosados. Su cabello era castaño y ondulado, y le llegaba un poco por debajo de los hombros. Era bella, pensó, hasta que decidió interponerse en su camino y pagó las consecuencias de ello.
Entornó los ojos, saliendo de su ensimismamiento. Observó que, finalmente, el fuego se había consumido. Una sonrisa torva se dibujó en su rostro, una sonrisa algo amarga. Empezó su descenso hacia la casa, más bien hacia sus cenizas, que eran lo único que quedaba de ella.
La imagen de la mujer volvió a su cabeza de nuevo. Ella estaba frente a la puerta de la casa de madera. La casa era de dos plantas, abandonada en medio de la nada. La madera era de un marrón muy oscuro con un tono envejecido por el tiempo. La muchacha, que no tendría más de veinticinco años, lo miraba fijamente hecha una furia.
- ¿Pero cómo se atreve a venir exigiéndome que le permita destruir el suelo de mi casa? - Su piel pálida estaba enrojecida por la ira.
- Esto es muy importante, señorita, y no vendría aquí a exigirle eso si no fuese de vital importancia - contestó el hombre. Llevaba el mismo abrigo gris, ya que esto había sucedido aquella misma mañana. Se había quitado el sombrero, el cual sujetaba en su mano derecha, dejando a la vista su rostro. Era un hombre joven, de unos treinta años, de piel pálida, aunque no tanto como la de la muchacha. Sus ojos eran de un marrón muy oscuro, casi negros, y su cabello era del mismo color que sus ojos. Su mirada era serena y su rostro se mostraba tranquilo, sin rastro de impaciencia. Esto hizo que la joven se enfadara aún más.
- ¡Márchese ahora mismo! - Gritó.
- Señorita, haré lo que he venido a hacer, ya sea por las buenas o por las malas - dijo el hombre con una voz peligrosamente calmada.
Ella hizo caso omiso de su advertencia.
- ¡Lárguese de mi casa y no vuelva por aquí nunca más! - Dicho esto, desapareció en el interior de la casa de un portazo.
El chico sonrió débilmente. Se colocó el sombrero. Sacó un paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del abrigo y extrajo un cigarrillo del paquete. Volvió a guardar la caja y sacó un mechero de otro bolsillo. Encendió el cigarro y guardó el mechero. Comenzó a caminar alrededor de la casa de madera, observando la estructura de esta. Se fijó en cada tablón que formaba la pared, en la forma de arco de las ventanas, en las tejas rojizas que habían aguantado sobre ellas el peso de nieve, lluvia y granizo durante décadas, agrientándose por el frío y el calor. Rodeó la casa, volviendo a la entrada que se encontraba techada, donde había un pequeño porche de madera en ella.
Se acercó exhalando humo de tabaco por la boca y acarició uno de los pilares que sostenían el techado de la entrada. La madera era fría y lisa bajo su mano, aunque se podía notar al tacto algunas astillas que habían aparecido con el tiempo y que hacían que el aspecto de la casa fuera aún más antiguo. Suspiró imperceptiblemente.
- Qué pena que vayas a sufrir este destino por culpa de tu dueña - murmuró. Sin embargo, en el fondo, la idea le provocaba cierta satisfacción.
Golpeó suavemente el cigarrillo, dejando que la ceniza cayese al suelo. Tomó otra calada de este y expulsó el humo por la boca. Se pasó el cigarro a la mano izquierda, sacó el mechero con la derecha y lo lanzó al aire, volviendo a cogerlo. Entonces cogió impulso y lanzó con fuerza el mechero hacia la ventana más cercana, rompiendo los cristales con estrépito y cayendo dentro de la casa. Se acercó a la ventana e inmediatamente notó el calor que emanaba de allí dentro. Seguramente la muchacha tendría una estufa puesta para protegerse del frío exterior.
- No te preocupes, porque no volverás a pasar frío.
Y lanzó el cigarro dentro de la casa. El mechero se había roto al chocar contra el suelo, soltando el líquido de su interior. En cuanto el cigarrillo tocó el suelo, la madera empezó a arder, y la llama empezó a extenderse por toda la vivienda, quemándolo todo a su paso. El hombre comenzó a alejarse de allí, ya que le agradaba la idea de que la casa ardiera mientras no fuese él quien estuviera dentro.
Llegó frente al lugar donde estuvo la casa con este último recuerdo en la mente, el recuerdo de él subiendo la colina. Ahora volvía a estar allí delante, mirando hacia abajo en vez de hacia arriba, como tuvo que hacer cuando la casa aún seguía en pie.
A su mente volvió el eco del grito que oyó mientras subía por la colina, horas atrás. Un chillido femenino y desgarrador, que era capaz de oprimirle el corazón a cualquier persona. Incluso al culpable de que, por unos interminables segundos, hubiera existido tal sonido.
Apartó ese pensamiento de su cabeza, intentando mantener la mente fría. Entró en la zona negra formada de cenizas, caminando lentamente. Echó una mirada circular a su alrededor, analizando la zona cuadrada y negra. Debía darse prisa, pensó, porque no era buena idea quedarse allí cuando cayese la noche del todo.
Cerró los ojos e imaginó la casa tal y como había sido. Recordó todo lo que había visto del interior a través de las ventanas, lo que había visto en el exterior mientras paseaba. Los abrió y se dirigió a un punto en concreto de la mancha negruzca de cenizas, casi en el centro de esta. Empezó a apartar las cenizas con los zapatos de allí, hasta que su pie chocó con un pequeño bulto en el suelo. Se agachó y escarbó con las manos, limpiando lo que una vez fue suelo hasta dejar al descubierto una argolla de metal. La agarró, dispuesto a tirar de ella...
- Yo que tú no haría eso.
Una sonrisa cruzó su rostro. No se sorprendía de no estar solo.
- ¿Y cómo piensas impedírmelo? - Preguntó, sin girarse.
Una sombra blanca apareció frente a él. Ahí estaba la misma muchacha de antes, la de ojos azules y cabello castaño y ondulado. El muchacho podía ver a través de ella el campo, podía ver el cuerpo que no tenía.
El rostro de ella estaba serio.
- Sabes perfectamente que no puedo - dijo ella. - Y supongo que debo agradecértelo a ti - añadió, aplicando veneno en el tono de su voz.
Él ni se inmutó.
- No puedes decir que no te lo advertí - le recordó.
- Ya, pero no llegué a pensar que tendría frente a la puerta de mi casa a un asesino loco.
Él se rió ante la acusación de ella.
- Por eso hay que ser precavido cuando se está ante lo desconocido.
- Pues tú no estás siéndolo ahora, ¿verdad?
El muchacho permaneció en silencio, mirando la argolla que sujetaba.
- Además, no estaba ante algo desconocido - comentó ella, suavemente. - Te conozco.
Esto hizo que él levantase la vista hacia la figura etérea de la joven.
- ¿Qué dices?
- Que te conozco - repitió la muchacha. Bajó la vista hacia la mano de él. - ¿No me crees, David?
David bajó la vista hacia su muñeca. Allí, escrito con tinta, se encontraba su nombre.
- Que sepas mi nombre porque está tatuado en mi muñeca no quiere decir que me conozcas - argumentó el joven.
Ahora fue ella quien rió, con una risa cristalina sin alegría.
- Sé mucho más de lo que tú crees, David, por eso sé que no deberías levantar esa trampilla.
- Dame una buena razón para no hacerlo - exigió.
- Bueno... - Ella sonrió, divertida, pero a David le pareció ver por un momento preocupación en su mirada. - Tal vez porque yo te lo digo.
David enarcó una ceja.
- ¿Y cómo sé que lo único que quieres es que no consiga lo que he venido a buscar como venganza por haber acabado con tu vida? - Preguntó con un tono desafiante.
- ¿Tal vez porque me he arriesgado a la muerte solo para que no lo consiguieras? ¿Crees que sería tan estúpida como para dar mi vida por algo que no tiene valor? - Dijo, como si fuera algo obvio.
El muchacho se lo pensó. La prudencia y la curiosidad libraban una dura batalla en su interior. Ella tenía razón, pero había buscado desde hacía demasiado tiempo aquello por lo que estaba allí.
- Quién sabe - respondió David, sonriendo -, pero he venido a por algo y no me voy a ir sin ello. - Y, dicho esto, tiró con fuerza de la argolla, trayéndose consigo una tapa de madera que dejó una abertura en la tierra.
La muchacha suspiró.
- Pagarás por tus crímenes - murmuró, y desapareció.
David se aproximó a la abertura con precaución. Dentro de ella no había nada, sólo una esfera de cristal que parecía contener humo negro en su interior.
Metió la mano con cuidado en el hueco y la sacó, con la esfera en ella. Observó casi con admiración cómo el humo negro se movía en el interior, mostrando al joven la forma de un rostro de humo con dos grandes ojos amarillos. David se quitó el sombrero y se puso de pie. Levantó la esfera a la altura de sus ojos y sonrió.
- Por fin - susurró. - Por fin eres mío.
Una chispa de furia cargada con malicia cruzaron esos ojos amarillos que flotaban en la esfera.
- Yo no pertenezco a nadie. - Una voz en forma de eco hizo que la mano del joven vibrara. - Espero que te quede bien claro.
- Eres un demonio, cierto, pero estás encerrado en esta esfera y sólo yo puedo liberarte. Y no pienso hacerlo a cambio de nada.
Hubo un largo silencio. Entonces volvió a oírse el eco de la voz del demonio, con un deje de furia contenida.
- ¿Y qué se supone que quieres a cambio de mi libertad?
- Poder - respondió David, decidido. - He engañado, robado y entregado almas a la muerte para conseguirte. Eso me pone en peligro. Pero me darás poder, y no tendré por qué preocuparme.
El demonio rió, haciendo que a David se le erizara el cabello de la nuca. Un escalofrío recorrió su columna. Tenía un mal presentimiento.
Hizo caso omiso a su subconsciente y se giró para realizar el camino de regreso a la colina.
El aullido de un animal lo sobresaltó. Había sonado demasiado cerca para su gusto. Aún era demasiado pronto para que los animales bajaran al valle...
Perdido en sus pensamientos, no vio una piedra que había justo frente a él y tropezó. Logró mantener el equilibrio a duras penas, pero la esfera del demonio salió volando de su mano. Esta se estrelló contra el suelo, rompiéndose en miles de pedazos al instante. A David le pareció como si el tiempo se hubiese detenido mientras veía el cuerpo gaseoso del demonio escapar de su prisión y hacerse más y más grande. La luna, que había conseguido abrirse paso por entre las nubes que habían oscurecido el día, volvió a estar oculta tras la figura del demonio. Los ojos de este miraron al muchacho con malicia.
- Bueno, bueno, bueno. - La voz del demonio tronó sobre el valle aún como un eco, pero mil veces más fuerte de lo que había sido la primera vez. - Veo que ya soy libre, ¿no?
David retrocedió y volvió a tropezar con la misma piedra, cayendo al suelo. El demonio se rió de nuevo, haciendo que los ojos de David se agrandaran por el terror.
- Los dichos antiguos tienen razón por lo visto - comentó el demonio, divertido. - El ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra.
La masa de humo negro se abalanzó sobre David, quien estaba petrificado en el suelo. La risa del demonio aún resonaba en el aire mientras este entraba en el cuerpo de el chico por su boca. Inmediatamente, David sintió cómo el demonio lo quemaba por dentro, desgarrando todo lo que hallaba a su paso por su cuerpo. El muchacho gritó, convulsionándose hacia atrás, mientras la criatura del infierno se deleitaba viéndolo sufrir. Los ojos de David dejaron escapar algunas lágrimas, y el demonio siguió causando estragos en su cuerpo, haciéndole sufrir un dolor que no era de este mundo.
La muchacha de la casa lo miraba desde la distancia, con pena.
- Has hecho lo que has podido, Anabelle - le dijo el chico que se encontraba a su lado, que tendría más o menos la edad de ella. Tenía el cabello rubio cobrizo y los ojos celestes, casi translúcidos como el cuerpo etéreo de Anabelle. Dos hermosas alas blancas brotaban de su espalda. - No te hizo caso, y estas son las consecuencias que tiene que pagar. Además, lo tiene merecido por acabar con tu vida.
La chica suspiró. Tenía el mismo aspecto, pero ahora dos alas como las de su compañero adornaban su espalda.
- Lo sé, Michael - respondió ella en voz baja.
Anabelle vio cómo los ojos de David se clavaban en los suyos. No pudo evitar que se le oprimiese el corazón al ver el dolor, el arrepentimiento y la muda petición que le hacía con ellos.
“Ayuda.”
Michael la miró.
- ¿Te encuentras bien? - Dijo, preocupado.
- No - respondió ella. Fijó sus ojos en los de Michael. - Sálvalo. Salva a mi protegido.
El ángel observó la escena que se producía ante ellos, pensativo.
- Está bien - susurró -, porque tú me lo pides.
Anabelle sonrió con tristeza, agradecida.
Michael cogió el arco que llevaba al hombro y probó la tensión de la cuerda. Cogió una flecha de su carcaj y la puso en el arco. Apuntó con cuidado al cuerpo del joven que sufría la tortura del demonio y disparó.
La flecha se clavó justo en su corazón. Los ojos del muchacho se abrieron de par en par, mirando al cielo. En un último movimiento estando en vida, David miró a Anabelle. Ella pudo ver el alivio y el agradecimiento pintado en sus ojos.
Lo que quedaba del demonio fuera del cuerpo de David se estremeció cuando la flecha atravesó el cuerpo del muchacho. El demonio chilló, encogiéndose, y desapareció  en el aire cuando el cuerpo sin vida de David tocó el suelo.
El silencio volvió a adueñarse del valle, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, el recuerdo de lo que acababa de ocurrir quedaría prendido en el aire, haciendo que la gente que nunca había oído esta leyenda supiera que algo increíble había sucedido allí. Ese episodio quedaría grabado en la historia del valle. Para siempre.


Bueno, no me gusta escribir cosas así de raras y macabras, pero... En fin... Espero que os guste ^^
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por Mags.G el Dom Jul 28, 2013 12:31 pm

Woooooo me dejasta asi :0 enserio, porque escribes siempre cosas tan buenas animotamo??? Me faaacinooo^^
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por WasabyGreen el Dom Jul 28, 2013 12:44 pm

¿Buenas? Sinceramente, este relato no me gusta demasiado, créeme, no tenía previsto que acabara así de... X_x xD Pero bueno, me alegro de que te guste ^^
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por RabidMoth el Dom Jul 28, 2013 1:44 pm

Impresionante n-n no debo aclarar que lo amé *-*
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por Lenuki el Dom Ago 25, 2013 2:37 pm

es... sencillamente perfecto, lo adoro...♥-♥ Wasy. ¿por qué escribes tan bien y me tengo que enterar ahora?
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por WasabyGreen el Dom Ago 25, 2013 2:44 pm

Qué exagerada xD Gracias, Lena ^^
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Re: La leyenda del valle

Mensaje por Lenuki el Dom Ago 25, 2013 2:44 pm

¡NO soy exagerada! Bueno,un pocoxD pero en serio es genial^^
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