Saga Telekinesis

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Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Sáb Jul 27, 2013 4:40 pm

TELEKINESIS-LIBRO 1

Sipnosis:
Lillian es una adolescente fuera de lo común: es capaz de mover objetos con la mente, o lo que se conoce como telequinesia. Harta de su aburrida vida en Dearborn con su abuelo y soportando las burlas de sus compañeros de clase, Lillian encuentra todo lo necesario para investigar por qué ella es la única en el mundo capaz de mover objetos sin tocarlos.
Una pregunta que la llevará a descubrir muchos de los misterios con lo que ha vivido siempre...


Última edición por Rigri el Sáb Mayo 17, 2014 12:44 pm, editado 2 veces
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Sáb Jul 27, 2013 4:50 pm

TELEKINESIS(Libro 1)



7 de enero de 1992, 17:00 p.m.

El cielo de Nueva York había amanecido cubierto de nuebes que amenazaban con llover en cualquier momento. Hacía algo de frío y la gente que paseaba por lascalles neoyorquinas iban bien abrigadas, aunque la mayoría de las personas habían optado por quedarse en sus casas, resguardadas del frío.
Habría sido el caso de Aidan, pero el trabajo lo llamaba aquel día; se trataba de un tema muy importante y secreto al que a Aidan le interesaba bastante. El joven hombre (de unos 25 años) había estudiado medicina, aunque su profesión se basaba en mucho más de lo que las personas ajenas al oficio podían imaginar.
Llegó al hospital en el que se había acordado la reunión, y atravesó las puertas de lo que supuestamente era el laboratorio. Cualquier paciente habría pensado que el médico trabajaba verdaderamente en la clínica de investigación del centro sanitario, pero los médicos sabían que aquello no era realmente un laboratorio, si no una ruta para llegar al Gran Consejo Médico, construido en una especie de ciudad subterránea, a los pies del mundo que todos conocían. De hecho, Aidan era un médico que aún no había conseguido trabajo.
El laboratorio era una simple habitación pequeña oscura, aunque con un poco de luz proveniente delexterior. Era la luminosidad suficiente para reconocer el hueco de las escaleras que dirigían al sótano.
Llegó a una especie de aduana instalada antes de llegar a una puerta de mediano tamaño. Colocó su dedo índice sobre una placa que reconoció al médico al iluminarse de verde y emitir un sonido que se asemejaba a un "tic". Abrió la puerta y tras ella se encontraba una amplia sala, iluminada por una luz blanca, sin decoración alguna sobre las paredes desnudas, también blancas. En el centro de la sala se hallaba una gran mesa de cristal rodeada por sillas de metal blanco, todas ocupadas excepto una, la de Aidan.
El joven hombre saludó tímidamente y con nerviosismo, y se apresuró a sentarse en su asiento bajo las burlonas y divertidas miradas de los demás médicos.
Aidan solía ser bastante patético.
Quiso quitarse la chaqueta por el bochorno que estaba pasando, pero decidió quedarsr tal y como estaba para no tener que llamar otra vez la atención.
El director del Consejor Médico le dedicó una mueca de cansacio, y cuando todos estuvieron callados comenzó a hablar:
-Queridos compañeros médicos, habéis sido convocados como representantes de todos los médicos del mundo a esta reunión de suma importancia.
>>La nueva generación de quinésicos está a punto de volver a nacer.Un telepático, un telequinésico, un vidente y un bioquinésico. En esta generación echaremos muy en falta el quinto quinésico. Como todos sabéis, la última chica de la atmoquinesia murió asesinada a manos de un grupo de...rebeldes.
Aidan cambió la postura de sus pies; la chica de la atmoquinesia murió en manos de los Desertores, no en la de unos rebeldes.
-Perdone que le interrumpa-dijo uno de los presentes que estaba sentado un par de sillas a la derecha de Aidan-, pero nadie asesinó a la chica. Su Objeto Quinésico se rompió.
-Gracias por su mala educación-respondió el Director con una falsa sonrisa.
Bueno, Aidan al menos reconoció en su mente que el médico, seguramente Desertor, tenía parte de razón.
Los Objetos Quinésicos eran ítems que representaban a cada uno de los quinésicos. Nadie, excepto el creador, sabía exactamente cómo funcionaban estos extraños objetos y cómo se conectaban con dichas personas, pues si un objeto se rompía la persona a quien representaba moría a causa de un cortocircuito cerebral, un apagón producido por un fallo de las habilidades.
Los quinésicos eran personas extrañas en ese sentido,por eso había médicos que querían matarlos.
-Para que no surja un episodio parecido al que ocurrió cincuenta años atrás, los Objetos Quinésicos serán escondidos en las cámaras de los túneles bajo llaves custodiadas por los Neutros. Todo médico que tenga posesión de uno de los Objetos será severamente castigado, pues los Protectores también pueden desarrollar las habilidades de los quinésicos con dichos objetos. Se escucharon varios murmullos de fondo, la mayora de decepción ante la normativa llevada a cabo por el Consejo Médico.
-¡Los Objetos son parte esencial del desarrollo de los quinésicos!-protestó un médico-. Sin ellos, sus habilidades se verán reducidas.
-Lo siento, pero la ley es la ley-respondió severamente el director-. Los Objetos serán escondidos en lugares especialmente protegidos, bajo la custodia de los Neutros. La reunión ha terminado.
El primero en levantarse fue Aidan. Le sorprendió que nadie hubiera hablado del inmortal; al fin y al cabo era otro quinésico más.
"Lo importante es que no lo hayan nombrado", se dijo Aidan mientras subía las escaleras lo más rápido posible.
Cuando salió al exterior se quitó la bata de médico, dejando al descubierto su jersey gris, Hacía bastante frío como para ir con un sólo jersey, pero Aidan estaba bastante acalorado. Había quedado con su hermana cerca de Central Park, por lo que tuvo que coger un taxi para llegar a tiempo a su cita con ella a las 18:00.
Cuando llegó, su hermana estaba sentada en el exterior de una cafetería en una mesa cercana a una de las estufas.Iba muy bien abrigada, con un gorro y un abrigo negro, y seguro que su chocolate caliente la estaba reconfortando.
-¡Nicole!-exclamó Aidan.
-¡Aidan!-respondió ella con una amplia sonrisa.
El hombre se sentó frente a su hermana y lo invadió el olor a chocolate.
-¿Qué tal la reunión?-inquirió Nicole dando otro sorbo.
Nicole era un par de años más joven que su hermano y estaba en su último año de medicina, por lo que estaba al tanto de todo el tema.
Aidan le contó todo lo hablado en la reunión. Cuando terminó, la cara de Nicole estaba blanca, como si hubiera visto a un fantasma.
-Eh, no te preocupes. Si descubren que la Espada Quinésica está en nuestras manos, la culpa recaerá sobre mí-dijo Aidan con el objetivo de calmar a su hermana-...Porque has encontrado la Espada, ¿verdad?
Nicole se mordió el labio. Tenía miedo a que terminaran descubriéndola, y tampoco quería que su hermano se sacrificara por ella, aunque era él quién quería el Objeto Quinésico.
-Bueno...la Espada no...
La esperanzadora sonrisa de Aidan se desvaneció hasta convertirse en una ligera mueca de decepción. En fin, tampoco le iba a reprochar nada a su hermana, simplemente le había encargado una tarea muy difícil y arriesgada.
-Pero he conseguido la Llave Quinésica-sonrió Nicole.
-Oh, bueno, eso tampoco está mal-dijo Aidan, recuperando un poco la esperanza-. Pero Nicole, ¿qué piensas hacer con la Llave?
Nicole se quedó estupefacta:
-¿Y para qué querías tú la Espada? Nadie sabe qué fue de la familia que llevaba la sangre de la inmortalidad.
-¿Y sabes tú dónde se ha quedado la familia de la telequinesia?-contraatacó Aidan con un tono de chulería. No pensaba contar a nadie qué pensaba hacer con la Espada.
-Sí-respondió Nicole con una sonrisa orgullosa-. He estado investigando los descendientes de Jasper Sharley y he llegado hasta el último telequinésico con vida, Edgar Sherpan. Vienen sus datos en el Registro Formal Quinésico y he conseguido averiguar su ubicación. De hecho, lo llamé por teléfono y quiere que nos entrevistemos con él en Michel.
-Bueno-suspiró Aidan sin apetecerle mucho la idea de su hermana-. Tal vez podamos convertirnos en Instructores del nuevo telequinésico. ¿Era mayor el hombre?
-De unos setenta años por su voz. Tal vez vaya a ser abuelo. No importa, Aidan. Iremos a hablar con él, aunque no sea inmortal.
-Nicole-la paró Aidan, cansado de escuchar a su hermana. Cuando se emocionaba con algo no paraba-. Yo lo sé todo sobre el inmortal.


Última edición por Rigri el Sáb Mayo 17, 2014 12:52 pm, editado 1 vez
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por RabidMoth el Sáb Jul 27, 2013 5:07 pm

Wow rigri, no se como pude perderme esto durante tanto tiempo! Eres sensacional! espero pronto el siguiente cap!!
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Dom Jul 28, 2013 9:22 am

jejejej, qué bien que te haya gustado :3, en realidad la historia anterior de telekinesis no tenía este prólogo, pero la trama sigue siendo la misma ^^
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Dom Jul 28, 2013 9:38 am

Yo lo leí anoche, ¡y está muy bien! ^^ Sigue subiendo los capítulos, pliiiiis xD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Jue Ago 08, 2013 9:50 am

Me encantaaaa *-* Aunque casi todas las frases que van entre << >> no puedo leerlas, sólo veo "<" D: xD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 08, 2013 10:37 am

es verdad, yo tampoco puedo leerlas O__o, lo volveré a subir, esta vez pondré las comillas XD dios además ahí hay algo que no se entiende, lo de ''recibí un disparo al hombro'' XD ahora lo subo XD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 08, 2013 10:43 am

Capítulo 1: Soy rara.
15 de Junio de 2012, 7:30 a.m.
Mi ‘‘amigo’’ el despertador volvió a llamarme un día más, avisándome de que tenía que enfrentarme una vez más al instituto. Más que mi ‘‘amigo’’ era mi ‘‘mejor amigo’’. Si por mí fuera, aquel estúpido trasto habría sido destruido hace muchos, muchos años. En realidad a mí me encantaba aprender y coger apuntes en clases, buscaba información sobre todo lo que me llamaba la atención (por desgracia, en casa no podía hacer esto) y muchas cosas más por la que los profesores se maravillaban conmigo. Y yo no era la clase de persona que buscaba ser el centro de atención en cualquier lado, todo lo contrario, prefería pasar desapercibida. Pero la curiosidad podía conmigo y me llevaba hasta esos extremos.
Esta explicación era el primer paso para pensar que yo era rara.
Sin embargo este hecho de interesarse por las cosas curiosas tenía un inconveniente: no tenías amigos. Efectivamente, no tenía ningún amigo en el instituto, a excepción de Michael Gray, conocido simplemente como Mike. Pero de él ya hablaré más tarde. Lo cierto era que en el instituto todos disfrutaban metiéndose conmigo, en especial Jeff y su pandilla, conocidos a nivel del instituto Los Guays. Jeff como el jefe; Alan, Christian, Jordan y dos más cuyos nombres no conseguía recordar nunca, eran sus seguidores; y por último, las chicas: todas menos yo.
En resumen, todos pertenecían a la pandilla de Jeff, excepto yo y Mike.
Me vestí con unos pantalones vaqueros negros y una camiseta, también negra, con el símbolo del anarquismo y de manga corta. En Dearborn, la ciudad donde vivía desde que tengo memoria, el tiempo era muy engañoso: podía hacer un bonito día soleado y sin embargo hacer un frío de muerte. Así que, por si acaso, cogí una chaqueta de cuero, también negro.
Todo el instituto me llama ‘‘la gótica’’ o ‘‘ese cuervo humano’’ o ‘‘esa tía que parece un vampiro’’ por la ropa que siempre llevo y por mi pálido color de piel. En principio no era gótica, ni emo, pero ellos hacían de mi vida un infierno y yo reflejaba mis sentimientos a través de los colores de mi ropa. Así, cuando Mike vivía en Dearborn siempre combinaba el negro con cualquier otro color alegre (el negro representaba a Jeff, y el color alegre a Mike).
A todo esto, aquí hay otra explicación por la que soy algo rara.
-¡Lillian Sherpan!-exclamó mi abuelo desde el piso de abajo-¡Llegarás tarde al instituto!
Miré el reloj. Tenía razón, así que cargué con mi mochila (negra, por supuesto) al hombro y bajé las escaleras de dos en dos para no perder tiempo. Cuando entré en la cocina, mi abuelo estaba sentado a la mesa leyendo el periódico y tomando su típica taza de café. Aquella imagen de mi abuelo era lo que me daba ánimo para llevar el día con alegría.
-Buenos días, abuelo-dije dándole un beso en la mejilla.
Mi abuelo no era el único estrafalario en cuanto a la ropa se refería. Siempre vestía como si fuera Abraham Lincoln, con traje de chaqueta y un sombrero que ocultaba su brillante calva. No le gustaba que la gente lo viera con calva, por eso siempre llevaba un sombrero de copa menos para dormir. Recuerdo que una vez cuando tenía seis años me atreví a entrar en el dormitorio del abuelo para descubrir qué escondía bajo ese sombrero de copa (yo, tan inocente, esperaba encontrarme con un conejito blanco), pero cuando me vio en su cuarto, se enfadó tanto conmigo que me tiró sus zapatillas. La curiosidad mató al gato.
-¡No te lo vas a creer! Una mujer es denunciada en Australia por llamar hasta 49 veces a su hijo por teléfono-leyó mi abuelo con una divertida risa-. Decía que se preocupaba mucho por su hijo de 46 años y por eso lo llamaba tantas veces. Así estaba más tranquila. Finalmente, su hijo la denunció por acoso.
Cuando terminó de leer la noticia, echó una carcajada.
Qué irónico, pensé. Era mi abuelo quien se pasaba todo el día sobreprotegiéndome. Desde pequeña, la televisión ya estaba prohibida verla en casa. Sin embargo, me había visto todas las películas de Disney con Mike en su casa. Edgar (mi abuelo) también me prohibió usar el ordenador cuando me regalaron un portátil a los diez años gracias a un concurso de cómic del instituto. Casi me mata cuando me vio aparecer con el ordenador entre las manos. Por suerte, en el instituto usábamos al menos una vez a la semana los ordenadores, por lo que navegar en Internet para buscar información era súper interesante.
‘‘Abuelo, te prometo que no buscaré en Google cosas guarras’’, le había dicho para convencerlo de que me dejara quedarme con el ordenador. ‘‘Hay mucha información en Internet que tú no deberías saber’’, me decía él tajantemente.
Terminé de desayunarme el tazón de cereales con leche que me había preparado y me despedí de mi abuelo cuando escuché al autobús llegar.
-¡Que tengas un buen día!-me dijo con una gran sonrisa.
Yo le deseé lo mismo. Le quería con locura a pesar de la sobreprotección. De todas las maneras, él me había criado desde que era un bebé y estaba claro que quería lo mejor para mí.
Las puertas del infierno se abrieron ante mí. Marlon, el conductor, me dirigió una mirada hostil y yo tragué saliva. A veces sospechaba que él también pertenecía a la pandilla de Jeff. Subí los escalones con total desgana, y ahí estaban ellos, desde tan temprano y formando un follón que parecían los de Jersey Shore con sus continuas peleas. Mis piernas temblaron. ¡Socorro, quiero salir de aquí! ¡Yo no pertenezco a Jersey Shore!, quise gritar.
-¡Eh, mirad, la gótica!-gritó uno.
-¡Qué miedo! ¡Por favor, no me tires ninguna mesa encima!-se burló otro.
Yo no hacía caso y ellos seguían burlándose de mí. Mientras tanto, yo caminaba como si fuera una estatua, con la mirada clavada en todos aquellos adolescentes sacados del manicomio. Sin embargo, ni toda la atención del mundo me habría salvado de la zancadilla que me había puesto alguien (seguramente habría sido Jeff). Caí estrepitosamente al suelo y en ese momento, Marlon pisó el acelerador, haciendo que, al intentar levantarme, me volviera a caer al suelo, provocando el doble de risas. Maldita sea, yo siempre intentando pasar desapercibida, pero nunca lo conseguía.
Finalmente, conseguí llegar a los dos últimos asientos del autobús. Me senté en el lado de la ventana y rodeé mi mochila con los brazos, respetando el asiento contiguo que pertenecía a Mike. Pensar en él en aquellos momentos no fue lo mejor, porque me entraron ganas de llorar.
‘‘Mike, el travieso’’, así lo llamaba yo. No sé qué habría visto aquel chico en mí, que quiso ser mi amigo desde el primer día de colegio cuando los demás ya me repelían.
‘‘Hola, soy Michael Gray, pero llámame Mike’’, me había dicho a modo de presentación. Aquel niño de seis años tenía toda la cara de ser un pequeño diablillo, con el pelo castaño alborotado y los dos colmillos saliendo por delante de sus comisuras, dándole el aspecto de un perro malo y travieso. Al principio yo me había limitado a mirarle con desconfianza, pensando en que podía ser una broma de Jeff y sus amigos. Pero entonces el me tendió la mano y yo la acepté de buena gana. ‘‘Y yo soy Lillian, Lillian Sherpan’’, le había dicho. ‘‘¿Lillian? ¿Te importa si te llamo Lil?’’
No, claro que no me importaba. Él era el único que me llamaba Lil y yo era la única que lo llamaba Mike. Esos eran nuestros nombres secretos cuando jugábamos a los espías. A veces pensaba que algún día se cansaría de mí y que se iría con Jeff, pero nunca me había dejado sola en ningún momento. Entre él y mi abuelo había estado más que sobreprotegida toda mi vida.
Pero por capricho del destino, Mike se tuvo que mudar el año pasado a Scottsdale porque a su padre le había salido un trabajo, o algo así. Al padre de Mike no lo había visto nunca, pero sí que había conocido a su madre, Emily, una mujer encantadora que se había convertido como en una madre para mí.
De hecho, yo no conocí a mis padres biológicos porque habían muerto en un accidente de tráfico cuando era un bebé. Por ello siempre había envidiado a Mike, él vivía con sus padres aunque me decía que tampoco era muy divertido vivir con dos adultos.

El autobús llegó al instituto y todos bajaron del vehículo como si de animales se trataran. Yo me quedé la última, observando el salvajismo que había en todos y cada uno de ellos. Marlon volvió a dirigirme la misma mirada hostil cuando me iba a bajar del autobús. Seguramente que de joven habría sido el seguidor de algún matón antes que Jeff. Enclenque, calado hasta los huesos, con una cara de drogado. ¡Por dios! ¿Cómo podían dejar que aquel hombre llevara el autobús escolar?
Evité caminar por el pasillo principal para no encontrarme con algún indeseado, por lo que tardé algo más que los demás en llegar al aula de literatura. La profesora Lowell era una de las mujeres a la que más admiraba en todo el instituto. Por supuesto, los demás la aborrecían cuando se ponía a hablar de Shakespeare o de cualquier otro autor interesante, y era otro motivo por el que yo era rara.
Cuando llegué al aula, efectivamente, estaban casi todos en la clase. Eso sí, de pie. No se sentarían hasta la hora del receso para comer. Me dirigí a uno de los asientos de la primera fila y, para mi despiste, se me olvidó comprobar si habían puesto algo en la silla. Al segundo siguiente ya me había puesto en pie, pero no me hizo falta mirar al asiento; todos los demás ya se estaban riendo de la broma en la que acababa de picar.
Genial, me habían llenado la silla de tipex y ahora tendría que ir luciendo toda la mañana una gran mancha blanca en el trasero que contrastaba notablemente con el negro de mi pantalón.
No sé por qué lo hice, pero me atreví a echar una rápida mirada hacia atrás. Todavía seguían desternillándose en el suelo y señalándome. Los ojos se me empañaron de lágrimas, pero las aguanté como pude. Tarde o temprano iban a recibir un castigo por mi parte (un castigo que no iba a poder evitar).
Afortunadamente hice bien en traer mi chaqueta de cuero porque me la até a la altura de la cintura de modo que la mancha de tipex no se podía ver. Seguramente Jeff no contaba con esto.
Me senté lejos de ellos a la hora del almuerzo, aunque la distancia no me iba a salvar de mis enemigos. Justo cuando iba a empezar a comer Jeff apareció junto a Alan; los demás estaban en unas mesas alejadas a la mía. Miré a Jeff, cansada.
-Lillian, mis amigos y yo hemos descubierto algo muy importante sobre tus padres-me dijo con una malvada sonrisa.
Aquello no iba a acabar bien. Odiaba que se metieran con mis padres, o que los mencionaran.
-Alan ha estado investigando y dice que te abandonaron porque eres una rarita.
Alan soltó una risita. Yo apreté mis dientes, debatiéndome en si contestarle o no. Si lo hacía, me metería en un lío mayor.
-Mis padres murieron-conseguí decir con la rabia contenida en cada una de mis palabras.
-¿Qué? Ah, que están muertos. Claro, murieron al ver tu cara de subnormal-carcajeó Jeff.
Lo que ocurrió a continuación fue inexplicable, aunque pasaba cada dos por tres. Yo tenía las manos entre mis piernas y sin preverlo, mi bandeja ‘‘voló’’ directamente hacia la cara de Jeff.
Todos los espaguetis con tomate cayeron sobre su cabeza, dejándolo completamente hecho un asco. Fue curioso, pero todos los presentes en el comedor guardaron un silencio sepulcral. Si hubiera estado Mike, habría sido el único que estaría riéndose ahora.
Y ahí otra explicación más por la que era rara. Inexplicablemente podía mover objetos con la mente.
En otras palabras: tenía telequinesia.
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 08, 2013 10:44 am

Capítulo 2: Secretos y más secretos.
15 de Junio de 2012, 14:50 p.m.
Había conseguido escapar de los puños de Jeff gracias a un pasadizo que habíamos descubierto Mike y yo el primer año que entramos en el instituto. La taquilla 599 del último piso, la cual no pertenecía a ningún alumno, llevaba a la parte trasera de la escuela, un pequeño bosquecillo en el Mike y yo solíamos merendar. Realmente aquel pasadizo habría sido un lugar de juegos para nosotros si hubiéramos tenido ocho años. Ahora yo lo usaba como vía de escape.
Encendí la linterna para iluminar el túnel (aunque ya me sabía el camino hasta con los ojos vendados) y comencé a caminar, no sin antes asegurarme de que había dejado bien cerrada la taquilla, aunque de todas formas nadie solía subir al último piso.
Después de diez minutos esquivando ratas, bajando escalones y saltando charcos creados por las gotas de agua proveniente de las cañerías, conseguí llegar al bosquecillo. Me senté sobre el césped a esperar a que el autobús escolar se fuera. Marlon siempre se quedaba charlando con el conserje durante un buen rato, así que, si no quería encontrarme con Jeff, no tuve más remedio que esperar. Durante los siguientes cinco minutos me dediqué a acabar la tarea de trigonometría y, cuando ya había pasado un cuarto de hora, lo guardé todo en la mochila y rodeé el instituto con la esperanza de que el autobús ya se hubiera marchado. Suspiré, aliviada. Por suerte, ni Jeff ni cualquiera de sus amigos se quedaba a esperarme.
Yo vivía en la calle principal, donde mi abuelo tenía una antigua librería medio abandonada. La casa estaba por detrás del establecimiento. Abrí la puerta de la tienda y el tintineo de las campanitas avisaron a Edgar de que había llegado un cliente nuevo; sin embargo, yo no era su clienta.
-¡Abuelo, ya he llegado!-exclamé mientras atravesaba la librería.
Todo lo que había en la habitación estaba lleno de polvo. Las estanterías ocultaban las paredes y la única ventanita que había, por lo que la escasa luz provenía únicamente de la puerta. Sobre las estanterías descansaban una pila de libros de todos los géneros y todas las épocas. Sin embargo, no estaban ordenados ni por orden alfabético ni por nombre de autor ni por el color de la tapa, sino que estaban todos mezclados, por lo que encontrar un libro específico era misión imposible.
-Ah, hola-respondió Edgar con notable tono de desilusión-. Creí que era un cliente.
-Si cambiaras la estética de la librería atraerías a más gente…-sugerí, en vano.
-Tonterías. Además, eso conlleva un gran gasto de dinero.
Puse los ojos a la vez que le dedicaba una sonrisa. En apenas unos minutos ya habíamos preparado la mesa para almorzar y comiendo el pollo que había preparado la noche anterior. Mi abuelo apenas sabía cocinar así que tenía que encargarme yo de dejar algo preparado por la noche. No hubo mucha conversación, como era habitual. Él me preguntaba cómo había pasado el día en el instituto, y yo siempre le respondía ‘‘Bien, me lo he pasado muy bien’’. Hasta hacía un año aquella respuesta era verdadera, pero desde que Mike se había ido de Dearborn, el instituto ya no era lo mismo. Yo no le hice ninguna pregunta porque las únicas que tenía siempre en mente tenían que ver con mis padres. Antes siempre le hacía la misma pregunta ‘‘¿Dónde están mis padres?’’, y él siempre me respondía ‘‘En el cielo, y no vuelvas a sacar este tema más’’.
Por supuesto, yo no me refería a dónde vivían actualmente ellos; con aquella pregunta esperaba que me dijera dónde habían sido enterrados. Ya que no iba a poder conocerlos, me habría gustado poder llevarle algunas flores una vez a la semana.
Cuando terminamos de comer y de colocar los cubiertos en el lavaplatos, mi abuelo se sentó en el sofá a leer y yo subí con mi mochila a mi cuarto. Como ya era final de curso, apenas tenía que estudiar, por lo que me aburría como una ostra al tener que estar todo el día encerrada en mi cuarto, ya fuera echada sobre la cama o sentada sobre el suelo. Tenía hobbies, sí. De hecho, le dedicaba dos horas diarias a la lectura y una hora a escuchar música. Pero el resto del día no tenía mucho más que hacer. Cuando estaba Mike, nos pasábamos todo el verano en el parque, en el cine, en el centro comercial o en cualquier otro sitio. Estaba claro que la ida de Mike había dejado una gran huella en mí.
Mi habitación estaba bastante bien. No era un dormitorio de lujo tampoco, pero tenía lo que debía tener: una buena y cómoda cama y un amplio escritorio de color azul claro a juego con las cortinas. Tenía un par de posters pegados a la pared, uno de Harry Potter y otro de los Rolling Stones, uno de mis grupos preferidos. También tenía un tablón repleto de muchísimas fotos de Mike y yo, pocas de Edgar y ninguna de mis padres. Sí, tenía una foto de ellos pero prefería guardarla en el cajón de la mesita de noche por si mi abuelo entraba en mi habitación. Era la única fotografía que había encontrado de mis padres, de hecho, la tenía mi abuelo escondida en su dormitorio y yo había aprovechado a ‘‘robársela’’ cuando se quedaba dormido en el sofá o cuando estaba en el baño. No sé si se habría dado cuenta de que le faltaba una fotografía, pero si se había dado cuenta no se había inmutado.
Me senté sobre la cama y abrí el cajón para coger la fotografía. Solía observarla todos los días; no quería olvidarme de ninguno de sus rasgos (sólo por si acaso algún día me los encontraba, así podría reconocerlos). La fotografía era en color y se podía observar perfectamente que había heredado los ojos claros de mi padre. Cada vez que me acordaba de ello me miraba al espejo; efectivamente, mis ojos eran del mismo color aguamarina que los de mi padre. Hasta ahí no tenía más similitudes con mi padre, al parecer el resto lo había heredado de mi madre. La constitución delgada, el pelo negro, la curva de la nariz y los labios finos. Lo único que no había heredado de ninguno de los dos era mi pálida piel, porque papá era más bien moreno y mamá tenía la piel clara pero sin llegar a la palidez.

‘‘Me desperté en un lugar totalmente oscuro. Me puse en pie y comprobé qué llevaba encima. Ni una linterna para iluminar el sitio ni un arma con el que defenderme por si acaso. No tuve más remedio que caminar hacia la oscuridad. Coloqué mis manos por delante de mi cuerpo por si acaso chocaba contra alguna pared (o contra alguien), pero la habitación o el lugar donde quiera que me encontrara parecía interminable. Quería despertar de aquel angustioso sueño pero entonces noté una mano sobre mi hombro. Instintivamente me giré sobre mis talones pero no vi a nadie ante mí por culpa de la oscuridad ‘‘¿Quién eres?’’, me atreví a preguntar con inseguridad. Y la única respuesta que recibí fue un disparo que me llegó al hombro’’.
Me desperté sobresaltada. Miré a mí alrededor y, a pesar de la oscuridad, pude comprobar que estaba en mi cuarto. Se había hecho de noche, así que levanté la persiana para que entrara la luz de la calle. Mucho mejor.
Me había quedado dormida sin quererlo y la foto se me había resbalado al suelo. La recogí y la metí en el cajón, todo esto mientras el ruido del disparo resonaba en mi cabeza una y otra vez. No fue hasta entonces cuando me di cuenta de que el teléfono estaba sonando. Sé que también tenía prohibido coger el teléfono, pero no pude evitar echar una carrera escaleras abajo. Cuando llegué al salón Edgar ya se había adelantado. Me senté en el último escalón donde mi abuelo no podía verme y me dediqué a escuchar:
-Hola…Sí, soy yo…Está muy bien…No, fue como acordamos, no sabe nada pero cada día me resulta más difícil ocultarlo…-hasta ese momento comencé a sospechar que estaba hablando de mí, aunque también era difícil poder adivinarlo-…No, está arriba, así que no puede escucharme…Está bien, espere…
Escuché que mi abuelo dejaba el teléfono y se acercaba hacia donde yo estaba. Echar a correr escaleras arriba iba a ser inútil, así que me limité a cerrar los ojos con fuerza, esperando que mi abuelo me descubriera…Sin embargo, sólo dio tres pasos y luego volvió al teléfono. Ufff, por los pelos, pensé.
-Lo he comprobado, no está escuchando…-por si acaso, mi abuelo había bajado el tono de voz hasta convertirse en un susurro gutural-…así que seguiremos como hasta entonces…está bien…adiós, buenas noches.
Mi abuelo colgó pero en vez de caminar, se quedó estancado delante del teléfono. Me atreví a asomarme por la pared con mucha cautela y descubrí que mi abuelo estaba llorando. Mi primer impulso fue correr a abrazarle, pero la razón me obligó a dar media vuelta y subir a mi cuarto.
En realidad también estaba acostumbrada a esas misteriosas llamadas de teléfono, pero siempre me picaba la curiosidad por conocer sobre qué se trataban esas conversaciones. Por supuesto, durante mi infancia le había preguntado a mi abuelo quién era el que llamaba y él siempre me respondía ‘‘Cosas de adultos, niña’’, así hacía que me cohibiera y dejaba de hacer preguntas, que era lo que él quería. Ahora que era más mayor lo intentaba algunas veces y su respuesta seguía siendo la misma.
Cuando volví a mi habitación, cerré la puerta con mucho cuidado y cinco segundos más tarde la volví a abrir con energía, dando un sonoro bostezo, avisando así a Edgar de que fuera guardando sus secretos porque la nieta cotilla estaba a punto de bajar. Por si no me había escuchado, comencé a bajar los escalones formando mucho ruido y para cuando había llegado al salón mi abuelo estaba tan tranquilo sentado en el sofá mientras leía Viaje al centro de la Tierra, de Kent Follen. Sonreí levemente. Si había heredado algo de mi abuelo era la pasión por los libros.
Carraspeé antes de hablar para no provocarle un susto de muerte. A aquellas horas de la tarde-noche siempre había mucho silencio en la trastienda. Edgar me miró:
-¿Voy preparando la cena?-pregunté.
-Ah, claro, claro. Ya me estaba preocupando al ver que no bajabas.
Cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y me acompañó a la cocina para ayudar a poner los cubiertos. Mientras esperaba a que el pollo se calentara, se me ocurrió la estúpida idea de preguntar:
-Podríamos poner la radio-aunque más bien sonó como una sugerencia.
-No, no. En la radio sólo ponen canciones y noticias tontas.
Me entraron ganas de reír al escuchar ‘‘canciones’’. Mi mp4 estaba repleto de canciones que me había descargado en casa de Mike.
-¿Y en el periódico no ponen noticias tontas?
-Sí, por eso no quiero que tú leas el periódico-fui a replicar, pero ya se había adelantado-. Y como sé que me vas a decir que yo sí lo leo, te responderé que yo soy un anciano al que no pueden engañar, sin embargo a ti te pueden lavar el cerebro porque eres joven.
No entendí del todo aquella teoría, pero sonreí al ver que él también hacía lo mismo. Serví el pollo y comenzamos a comer. Quise preguntarle quién había llamado (sólo por sacar algún tema), pero él se había vuelto a adelantar:
-¿Qué has estado haciendo toda la tarde en tu cuarto?
-Me he quedado dormida después de comer y no me he despertado hasta ahora.
Prácticamente era verdad. Y ahora que no hablaba, me atrevía a formular mi pregunta:
-Me pareció escuchar el teléfono.
Error. Eso no era una pregunta, y casi podía conocer la respuesta.
-Habrá sido imaginación tuya. Y ahora basta de charla y a comer.
Sí, me esperaba ese tipo de respuesta. ‘‘Te lo habrás imaginado’’, ‘‘lo habrías soñado’’ o ‘‘habría sido de la calle’’.
Mentiroso, dije en mi mente. Fruncí la boca, enfadada. ¿Por qué siempre me tomaba por una tonta? ¿Se creía que no me daba cuenta de las cosas? Estaba realmente enfadada y estuve a punto de dejar la cena para subir a mi habitación, pero entonces noté que el agua de mi vaso empezó a temblar ligeramente. ‘‘Cálmate, Lillian’’, me ordené. No quería hacer un numerito llenando la mesa de agua. Mi abuelo me miró con un cierto miedo, aunque yo estaba más pendiente del vaso que de otra cosa. El enfado que llevaba dentro dejó paso al miedo de que el vaso comenzara a volar por la cocina (o peor aún, que lo vertiera sin querer sobre el sombrero de mi abuelo). Pero por fortuna, el agua dejó de tambalearse dentro del vaso y me sentí mucho mejor. No sé cómo lo había hecho, de hecho, la telequinesia aumentaba cada vez que me enfadaba o me sentí asustada, y en aquellos momentos tenía las dos cosas. Me atreví a mirar a mi abuelo esperando ver alguna mueca extraña o cualquier signo de desprecio. Pero todo lo que hizo fue dirigirme una feliz y amable sonrisa como si nada hubiese pasado.

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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 08, 2013 10:45 am

Ahora sí que se entiende todo XD ^^
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Jue Ago 08, 2013 10:48 am

Ya, ahora sí se ve xD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Sáb Ago 10, 2013 7:47 am

Capítulo 3: La telequinesia no existe.
17 de Junio de 2012, 9:05 a.m.
Ya era domingo. No sabía si eso era mejor o peor. Peor porque el fin de semana siempre me aburría más de lo normal y además, el lunes estaba más cerca del domingo que del sábado.
Mejor porque los domingos por la mañana mi abuelo abría la librería para vender el periódico local, lo que me daba la oportunidad de ver la tele o escuchar la radio (con el volumen al mínimo claro).
Así que me levanté temprano y desayuné con rapidez mi tazón de leche con cereales. Mis favoritos siempre habían sido los que estaban rellenos de chocolate.
Después de haberme aseado un poco me dirigí a la librería. Lo único que necesitaba comprobar era que había gente comprando y mantenían a mi abuelo distraído, por lo que sólo tuve que pegar el oído a la puerta que separaba la tienda del salón y prestar atención:
-¡Buenos días!-decía Edgar-. Tome el cambio. Adiós y muchas gracias.
Bien. No volvería a casa hasta dentro de tres o cuatro horas, así que corrí a encender la televisión. No dudé en poner Anatomía de Grey, mi serie favorita. Los domingos siempre echaban dos o tres capítulos. Procuré que el volumen estuviera bajito para que mi abuelo no sospechara que estaba viendo la televisión. No sabía qué tenía de malo aquello. Es más, gracias a Anatomía de Grey había aprendido muchas cosas y también con El Encantador de Perros, aunque de todas formas yo no tenía perro.
Después de haberme visto ya un capítulo dieron el intermedio, por lo que hice zapping para no tener que tragarme los anuncios. Pasé por los aburridos programas de cotilleo, los programas de cocina y dejé un rato el canal infantil donde estaban echando Bob Esponja. Mientras tanto, miré la guía en busca de algún programa más interesante que Bob Esponja.
-Hummm…Real Science tiene pinta de estar bien-comenté conmigo misma.
No había visto nunca antes ese programa, seguramente sería nuevo, de todas formas lo que contaba era el título que había conseguido llamar mi atención.
Apareció un hombre de unos cuarenta años metido en un formal traje de chaqueta. El fondo del escenario era el dibujo anatómico de la cabeza humana y al lado otro dibujo de un cerebro humano decorado con las terminaciones nerviosas, ambas cosas dibujadas sobre un fondo azul marino. Interesante, pensé. Siempre me había interesado las cosas relacionadas con el cuerpo humano.
-Y hoy tendremos una entrevista con el médico Rupert McLaren. ¡Démosle un aplauso!-dijo el presentador.
El público comenzó a aplaudir y automáticamente le bajé el volumen. Un hombre calvo, también de unos cuarenta años, apareció en el plató. Se dirigió al presentador con una gran sonrisa y los dos hombres se estrecharon las manos, luego se sentaron cada uno en un sillón y comenzaron a hablar:
-¿Qué tal estás? Espero que bien, porque te veo en forma-bromeó el presentador.
-Ja, ja, ja. Tú tampoco te conservas mal-repuso Rupert.
-Bueno, vayamos al grano. ¿De qué nos va a hablar esta noche?
¿Noche? Ah, sí, estarían retransmitiendo el programa por la mañana.
-Pues tengo un tema muy interesante. No se lo pierdan los que están en casa, porque es un debate que muchas personas discuten, y es: ¿Existe la telequinesia?
-Claro que existe-exclamé yo desde el sofá, ofendida.
-Vaya, esto promete-comentó el presentador dirigiéndose al público.
-Bien, todo el mundo sabe que es imposible que fenómenos paranormales como la telequinesia o la telepatía existan. Y muchos de ustedes se preguntarán: ¿por qué? Porque se necesita una cantidad de energía para poder mover un objeto que el cerebro humano no posee. Lo mismo ocurre con la telepatía: se requiere un gran gasto de energía cerebral para poder comunicarse con la mente del prójimo.
-Pero tal vez en algún momento de la evolución del ser humano, nuestro cerebro consiga desarrollar esa energía-replicó el presentador de forma respetuosa.
-Créeme, cuando llegue ese momento la humanidad habrá muerto. Una persona con telequinesia sería capaz de mover a la propia Tierra y acabar con todas las especies, incluida el hombre.
Al principio creía que iba a decir algo positivo sobre la telequinesia, pero poco a poco me iba dando cuenta de que eso no iba a ocurrir. ¿Yo, una simple adolescente de quince años y medio, podía acabar con la humanidad? ¿Yo, que lo único que podía mover era un plato de pasta o un vaso de agua? Ese hombre estaba majareta, sin embargo me contuve a no cambiar de canal. Quería saber qué más iba a decir sobre mi extraña habilidad.
-Disculpa que le interrumpa-dijo el presentador-. Pero siempre ha habido gente que afirma poder mover una cuchara con el cerebro.
-Eso es un truco como los que usan en las películas. En realidad el truco consiste en atar una cuerda muy fina alrededor del mango de la cuchara y luego levantarla lentamente, dando la sensación de que realmente está siendo movida por la mente de la persona. Insisto, la telequinesia no existe.
Me estaba enfureciendo y mi corazón me lo recordaba con cada pulsación que daba. Aquel hombre iba a conocerme en persona y le iba a decir al mundo que yo tenía telequinesia.
-No quiero salirme del tema pero, ¿qué me dice de la videncia?-preguntó de nuevo el presentador-. Hay gente que afirma ver el futuro en sus sueños.
El tal Rupert soltó una carcajada. A mí no me hizo gracia. No sabía si la telepatía o la videncia existían, pero si esas habilidades también se presentaban en personas me alegraría por el hecho de dejarle los dientes largos a ese tipo.
-¡No, amigo! Ya te digo, ¿cómo van a poder ver la gente cosas que aún ni siquiera han pasado? No tiene sentido, ¿verdad?
El presentador rió como respuesta. Parecía muy conforme con las explicaciones de Rupert. Aquel programa era una porquería. Encima de que entrevistaban a personas que ni se habían informado del tema del que iban a hablar, también me habían hecho perder el tiempo y que no pudiera terminar de ver Anatomía de Grey.
-¡Hola, Lillian!-exclamó Edgar.
Di un respingo al escucharle. ¿Tan rápido había pasado el tiempo? No iba a mirar el reloj en aquellos momentos porque primero tenía que apagar la tele. Qué bien que sólo había que pulsar un botón. Luego comprobé la hora y, efectivamente, ya era la hora de comer. Me levanté del sofá rápidamente y cuando me giré mi abuelo me estaba mirando con una ceja enarcada.
-¿Qué hacías en el sofá?-me preguntó con total desconfianza.
Noté que mis mejillas se me habían puesto rojas como si alguien me hubiera lanzado dos tomates. Era lo malo de ser tan pálida. Cualquier excusa que pusiera iba a ser en vano, porque mi rubor me auto delataba.
-Nada-fue todo lo que dije.
Edgar suspiró. ¿Qué iba a hacer? ¿Matarme? Estaba claro que no, lo hecho estaba hecho, y yo había visto la tele y él no podía cambiar el pasado. Y cualquier sermón que me echara me iba a entrar por un oído y me iba a salir por el otro.
Como era de costumbre, fui preparando la comida mientras que mi abuelo colocaba los cubiertos sobre la mesa. Mientras cocinaba, no dejaba de pensar en las palabras de Rupert: <>. <>. ¿Y entonces qué pasaba conmigo? ¿También era un truco lo mío? Cada día quería más respuestas a todas mis preguntas, a todas mis dudas, y cada día que pasaba me iba dando cada vez más cuenta de que mi abuelo tenía algunas de esas respuestas.
Con toda aquella rabia contenida en mi interior no me di cuenta de que había tirado la olla de comida al suelo. Bueno, realmente no la había tirado yo, sino la maldita telequinesia. Sentí que el recipiente había tirado de mis manos como si fuera un ser vivo y había volado a la otra punta de la cocina, provocando un gran estruendo al chocar contra la pared. Me aferré a la encimera con las manos, ordenándome que me calmara.
-¿Por qué has tirado la olla?-inquirió mi abuelo.
Mis dientes castañearon. Aún tenía rabia contenida.
-Yo no he tirado nada-respondí apretando los dientes.
-¿Y ahora qué te ocurre? Da igual, será mejor que recojamos todo esto.
-¡No, no da igual! ¡Sabes perfectamente que no he sido yo!-chillé, dándome finalmente la vuelta. Sentía que mis ojos ardían de furia.
Edgar se quedó mirándome, entre confuso y sorprendido, con el rostro totalmente pálido. Noté que los cubiertos de madera que colgaban en la pared detrás de mí se movieron ligeramente, pero no por el viento sino por mí. Mi abuelo me dirigió una mirada furibunda y, antes de hablar, frunció los labios:
-Sube ahora mismo a tu cuarto.
¿De verdad? ¿Estaba castigada? De acuerdo, pero antes se me ocurrió la estúpida idea de replicar:
-Quiero ir a un médico-aunque más bien sonó como una súplica-. Quiero que alguien me diga qué hay dentro de mí.
Sin evitarlo, mis lágrimas pronto se encontraban rodando por mis mejillas. Aún sentía la furia dentro de mí, pero ya no se movía ningún objeto.
-Tonterías. No necesitas ningún médico. Estás perfectamente.
Mi abuelo parecía nervioso, pero no daba su brazo a torcer.
Yo tampoco me iba a rendir. Subí a mi cuarto, no porque mi abuelo me lo hubiera ordenado, sino porque necesitaba llorar tranquilamente, sin que nadie me viera. Me eché sobre la cama y enterré mi rostro en la almohada. Iba a buscar toda la información posible sobre ese tal Rupert McLaren y luego iría a buscarle y a pedirle explicaciones. Le gustara o no a Edgar.
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Sáb Ago 10, 2013 7:58 am

Capítulo 4: Huida.
20 de Junio de 2012, 8:00 a.m.
Durante los días siguientes a aquel domingo, las conversaciones entre Edgar y yo parecieron volver a la normalidad. Él ignoró el incidente de la comida y me preguntaba amablemente qué tal me había ido en el instituto. Y yo, que todavía sentía un poco de rabia por todo lo ocurrido, le respondía con una mirada inexpresiva.
Realmente mi abuelo pretendía de verdad que me pasara el verano encerrada en mi cuarto. Tampoco pedía hacer un viaje alrededor del mundo como Willy Fogg, pero sí que podríamos ir algún día a Detroit, por ejemplo. Incluso podríamos ir simplemente al parque de al lado. Aquella tarde lo intentaría, pero ahora tenía que concentrarme en la mañana.
Quería buscar información sobre el tal Rupert McLaren y aún no había tenido oportunidad de hacerlo porque en el instituto no habíamos usado aún la sala de los ordenadores. Esperaba que hoy sí nos dejaran ir. Si era un médico, seguramente podría dar con su lugar de trabajo, pensé.
Como siempre, bajé del autobús después de los demás. Por cierto, aquella mañana Jeff se había burlado de mí tirándome una cáscara de plátano a la cara. Esa era la venganza por el plato de pasta que le tiré el viernes. Sin querer solté una risita cuando se me vino a la mente aquella imagen. ¡Y pensar que en aquel momento estaba asustada por lo que me pudiera pasar!
Lo bueno de ser la última semana de instituto antes de empezar el verano era que no iban tantos alumnos, lo cual suponía que Jeff no tenía tantos seguidores y me molestaba menos.
Cuando estaba Mike era todo muy distinto. Mike tenía un aura a su alrededor que hacía caer bien a todo el mundo. Jeff nunca se metía con él de la manera en la que lo hacía conmigo, aunque sí que le reprochaba que se juntara con alguien como yo. De todas formas el hecho de que Mike estuviera o no, no era obstáculo para que Jeff se metiera conmigo; la ventaja de que Mike estuviera presente era que siempre salía a defenderme, y muchas veces llegaba a tiempo para que nadie me tirara una cáscara de plátano o me pusiera una zancadilla. Ahora que estaba sola ante el peligro tenía que hacer uso de mi patética telequinesia que funcionaba cuando ella quería.

No fue hasta la última hora cuando el profesor Vanhouten decidió traer los portátiles para trabajar sobre su asignatura. En la clase sólo quedábamos Jeff, Alan, Rachelle, Veronica, Derek y yo, por lo que nos juntaron con los alumnos de las otras clases. Todos eran muy amigos y pronto se cansaron de los ordenadores para ponerse a jugar a las cartas (a escondidas) al final de la clase. Yo, que ni tenía pensamiento de unirme a ellos (antes me habrían echado ellos), me senté en primera fila pero tampoco delante del profesor, de haberlo hecho me estaría pidiendo ver qué estaba trabajando cada media hora y, por supuesto, no le iba decir que estaba buscando información de un tal Rupert McLaren.
Después de esperar a que el ordenador cargara (encima tenía que ir lento ese día), tecleé el nombre del médico. Sí, salieron varias imágenes de Rupert McLaren, un hombre de mediana edad, calvo y delgado. Sin embargo no aparecía nada de él en Wikipedia, por lo que no tuve más remedio que meterme en los blogs y páginas webs que me iban saliendo. Comencé a leer hasta encontrar lo que buscaba:
‘‘Clínica privada Scottsdale-podología-deontología-cirugía estética-East Cibola Road nº464., Scottsdale’’.
Sonreí automáticamente. Ahora ya sabía dónde podía encontrarlo. Sólo me faltaba convencer a mi abuelo para ir a Scottsdale. Como sabía que iba a ser imposible, planeé un plan B: sencillamente consistía en ir yo sola. Decirlo era así de simple, pero todavía no tenía ni idea de cómo lo llevaría a cabo. De todas formas confíe en que el plan A de convencerle funcionara.
Antes de cerrar el ordenador, miré los vuelos que había desde Detroit hasta Scottsdale y los apunté en un papel. Un viaje bien planeado era siempre tentador. El hotel…bueno, confié en que ya lo solucionaría cuando llegáramos al destino.

Como siempre hacía a la hora de la salida, me dirigí a la taquilla del último piso y caminé a casa con los nervios a flor de piel. Era muy ilusa creyendo que mi abuelo iba a ceder fácilmente a llevarme de viaje a Scottsdale pero la ilusión es lo último que se debe perder. Cuando llegué a la librería, lancé un saludo efusivo y alegre, y pronto me arrepentí de haberlo hecho. Me mordí el labio inferior, rezando por que mi abuelo no comenzara a sospechar de mi repentina alegría. Nada más entrar en el salón volví a ponerme seria, esperando encontrarme con Edgar. Pero lo único que llegó al salón fue un fuerte olor a quemado proveniente de la cocina. De pronto me puse en lo peor. No podía creer que mi abuelo se hubiera metido en la cocina a guisar. Pero así era, nada más abrir la puerta me lo encontré con un gorro de cocinero, un delantal que protegía la ropa que llevaba puesta y una cuchara de madera en la mano con la que estaba ahuyentando el humo negro que salía del horno:
-¡Abuelo!-exclamé, alarmada-¿Qué estás haciendo?
Rápidamente se apartó y me tendió los guantes y la cuchara para dejarme a mí todo el marrón. Suspiré mientras me apresuraba a sacar el plato del horno. Dios, las patatas y la carne estaban totalmente calcinados.
-Creí que si preparaba hoy yo la comida volverías a hablarme-se disculpó mi abuelo.
Me volví para mirarlo y comprobé que en sus mejillas asomaba un ligero rubor. Yo le dirigí una sonrisa, angustiada conmigo misma. Lo limpié todo y metí en el microondas una lasaña. Un poco de comida rápida no haría daño a nadie.
-Abuelo, te agradezco que hayas querido hacer la comida, pero lo único que quiero son respuestas-mi voz había sonado calmada; la rabia contenida se había esfumado en el momento en el que descubrí más sobre Rupert.
-Lo sé, pero tus padres me pidieron que si alguna vez les pasaba algo que cuidara de ti.
Volví a sonreír, intentando ser comprensiva.
-Pero no hace falta que me sobreprotejas en todo momento. ¿Qué hay de malo con que te pregunte dónde están mis padres? Ni siquiera sé cómo se llaman ni cómo son. ¿Me parezco a mi padre? ¿O a mi madre?-sí, bueno, aquellas últimas preguntas sí las sabía, pero supuestamente no debería.
-Si no respondo a esas preguntas es porque me duele mucho tener que recordarlos. ¡Y basta de preguntas!-exclamó tajantemente.
Fruncí los labios sin entender su repentino cambio de humor. Me habría gustado seguir viendo durante un ratito más a aquel abuelito que se había ofrecido a preparar la comida y que luego se había ruborizado. Durante unos minutos hubo un silencio entre los dos y, cuando llegué al postre, decidí que era hora de empezar con mi plan A:
-Abuelo-esperé a que me mirara-. Estaba pensando en que podríamos ir a algún sitio este verano. No sé, supongo que no pretenderás que me quede todo el verano, aburrida.
Él pareció dudar en si responder o no.
-¿A dónde quieres ir?-me preguntó sin muchas ganas.
-A…Scottsdale…
-¡No, ni hablar! Esa ciudad es muy peligrosa.
-¿Peligrosa? ¿Es que vive allí la mafia?-me burlé. Estaba claro que era una mera escusa. Igualmente me habría espetado lo mismo si le hubiera dicho ‘‘Vayamos a Detroit’’.
-La mafia italiana, alcohólicos, narcotraficantes, secuestradores, pederastas, proxenetas, incluso hay granjas peleteras.
-También vive Michael-añadí ávidamente-. Te acuerdas de él, ¿verdad? Estaba pensando en que podríamos ir a Scottsdale a visitarle.
-He dicho que no.
Si no conseguía convencerlo iba a tener que echar mano del plan B.
-Michael puede protegerme de toda esa gente mala.
-Michael podría venir a visitarte. Podría haberte llamado durante todo el curso y no lo hecho. Eso es porque ya ha hecho nuevos amigos allá donde haya ido y ya no se acuerda tanto de ti.
Aquellas palabras me hicieron abrir la boca y a enarcar las dos cejas, incrédula. Se acabó, sólo le iba a decir una cosa de la que se había olvidado y luego subiría a mi cuarto a planear mi huida.
-Si no me ha llamado es porque no he podido darle el número de teléfono. ¿Sabes por qué? Porque siempre me lo has prohibido.
Y dicho eso, me marché de la cocina.

Había metido ropa al azar dentro de mi mochila. Unos cuantos pantalones y unas cuantas camisetas. De zapatos me llevaría las Converse que llevaba siempre. Deposité todas las esperanzas en que no se me rompieran durante el viaje. También metí la fotografía de mis padres y otra en la que salíamos Mike y yo. Esperaba poder encontrarme con él nada más llegar a Scottsdale.
¿Qué más faltaba? Ah, sí, el dinero. Necesitaría dinero para el vuelo y para el hotel. De pequeña siempre recibía mucho dinero de mi abuelo (entre Navidades, cumpleaños y ratoncito Pérez había conseguido algún que otro fajo de dólares). Qué bien que mi yo de hacía ocho años no se hubiera gasta ese dinero tontamente. Por fin iba a romper la hucha con forma de cerdito en la que había estado ahorrando durante tantos años.
Ahora tenía que buscar los vuelos que había apuntado en clase. Un avión salía justo aquella misma tarde dentro de dos horas. Todo esto estaba empezando a ser una locura, pero era lo que había cuando nadie había conseguido responder a mis preguntas. Quería hablar con aquel médico y, además, también tenía muchas ganas de poder encontrarme con Mike. Estaba segura de que él no se había olvidado de mí.
Todo estaba listo. Lo único que faltaba era planear cómo salir de casa. Podía tirar la mochila por la ventana y recogerla cuando yo hubiera conseguido llegar abajo, pero a lo que no estaba dispuesta a hacer era tirarme yo desde una segunda planta. El vértigo era mi punto débil. Decidí probar a bajar por las escaleras con cuidado, sin embargo la madera estaba tan agrietada que con tan sólo apoyar la punta del pie ya chirriaba. No, aquello llamaría la atención de mi abuelo incluso aunque estuviera durmiendo.
Volví a mi habitación con una sensación de impotencia. Me senté sobre la cama y me tapé la cara con las manos, intentando pensar en una solución mejor que tirarme por la ventana. Por desgracia, en mi habitación no había ninguna taquilla que llevara directamente a la calle como en el instituto. Y el armario de mi cuarto ni siquiera estaba empotrado a la pared, por lo que sería una pérdida de tiempo buscar en su interior.
Sólo tenía una hora si quería coger el avión de la tarde, y mientras cogía el metro para llegar a Detroit (en Dearborn no había aeropuerto) tardaría algo más de media hora. Mientras me decidía, arranqué un trozo de papel de uno de mis cuadernos y un lápiz y escribí:
Me he marchado a Scottsdale. Te quiero y siento
no haber podido avisarte, pero no me lo habrías permitido.
Dejé la nota pegada en el centro del corcho, junto a las fotografías. Confié en que Edgar lo viera allí. Me iba a escapar y lo menos que podía hacer era dejarle una nota. Me dolía tener que actuar así, pero necesitaba descubrir más cosas sobre la telequinesia. Algo me decía que aquel Rupert sabía más de lo que aparentaba.
Así que finalmente me armé de valor para acercarme a la ventana y tirar la mochila a la calle. Por suerte, mi habitación daba a una bocacalle de la avenida, así que nadie me vería escapar. Pasé una pierna y luego la otra, de manera que me quedé sentada en el bordillo de la ventana. Todavía podía regresar a mi habitación y fingir que se me había caído la mochila por la ventana, una buena excusa para ir a la calle por las escaleras en vez de por la ventana. Pero Edgar no era tonto y sospecharía en eso de haber tirado la mochila por la ventana. Desde luego, una no tiraba una mochila todos los días.
Calculé mentalmente la distancia al suelo. Seguramente habría 3 o 4 metros, y con un poco de suerte podría amortiguar la caída si me tiraba a donde había caído la mochila. Cogí una bocanada de aire, cerré los ojos con fuerza…y salté.
¡Bien! Había caído justo encima de la mochila, que estaba llena de ropa, en su mayoría. Sin embargo, mi pie derecho no había acabado demasiado bien. Tal vez sería un esguince leve que se me curaría en dos días y luego me aparecería un cardenal bien grande, pero por lo menos podía caminar. Me eché la mochila al hombro y salí corriendo hacia la avenida. La parada de metro más cercana estaba a casi un kilómetro de donde vivía.
Mientras corría no pude evitar preguntarme si mi abuelo ya habría leído la nota. Me mordí el labio inferior, arrepentida por lo que había hecho. ¡Escapar de casa sin ni siquiera despedirme de mi abuelito! Seguramente se sentiría humillado, tantos años queriendo protegerme para que finalmente consiguiera escapar.
No, no podía pensar en arrepentimientos. Lo hecho estaba hecho y ya no podía volver atrás. No iba a entrar por la puerta de la librería y decir ‘‘Abuelo, me he tirado por la ventana de mi cuarto, por eso he entrado por la puerta’’. Sería una locura.
Cuando llegué a la estación del metro lo primero que hice fue mirar la llegada de los subterráneos. Mierda, el último metro con dirección a Detroit se había ido hacía apenas dos segundos, por lo que tuve que esperar diez minutos. En otro momento la espera no habría sido tan larga, pero yo tenía prisa por llegar a Detroit y me pareció una eternidad. El avión saldría en 45 minutos.
Después de haberme comido un paquete de doritos y una lata de nestea, el metro llegó. Me puse en marcha de nuevo. Como ya me imaginaba, todos los asientos estaban llenos, así que no tuve más remedio que quedarme de pie. Mi pie no paraba de recordarme una y otra vez que estaba lesionado, pero yo no hice caso. Si podía andar significaba que tampoco era tan grave.
Durante el trayecto a Detroit, mi mirada se clavó en todos los pasajeros del metro. Mi abuelo siempre me había dicho que en el subterráneo viajaban personas de poco fiar, gente con intención de robar el bolso de cualquier mujer despistada. Sin embargo todo lo que veía eran personas normales. Dos estudiantes de la universidad charlando de pie, una anciana sentada con su nieto en brazos (aquello me hizo recordar mi infancia) y poco más. Realmente todos parecían normales.
Cuando llegué a Detroit todavía me faltaba media hora, el tiempo de hacer cola para comprar el billete. Estaba contenta dentro de lo que cabía. El plan B estaba funcionando a la perfección. ¿Se habría dado cuenta Edgar de mi ausencia? De nuevo me vine abajo. Pensar en el abuelo era muy incómodo porque no paraba de culpabilizarme por mi actuación. Por suerte cada minuto que pasaba estaba más lejos de poder arrepentirme.
Por fin llegó mi turno. El hombre de la ventanilla me miró por encima de sus gafas (genial, Edgar también solía mirarme así muchas veces).
-Hola. Un billete para Detroit-pedí con una sonrisa.
-¿Eres mayor de edad?-me preguntó el hombre con cierta desconfianza.
<>
-Sí-respondí de todas formas con cierta vacilación.
Recé por que no se me notara la mentira en la cara. Mi rostro era como un libro abierto y las mentiras se me pillaban en el momento. Pareció que el hombre me había creído. En fin, supongo que hasta los dieciocho años sólo crecería un par centímetros más, que llegaba a ser lo mismo que lo que medía actualmente porque igualmente rondaría el metro sesenta. Sí, era bajita, pero al menos superaba a Shakira con su metro cincuenta.
-Bien, aquí tiene. Son 10 dólares.
Le di el dinero al hombre y cogí el billete. Ahora mi mochila y yo teníamos que pasar por el controlador. Siempre me había hecho ilusión hacer eso. Como cabía de esperar, nos dejaron pasar.
Diez minutos. Cómo pasaba el tiempo.
Estaba súper nerviosa; era la primera vez que viajaba en avión, y encima sola. Bueno, sola del todo, no, viajaría con más pasajeros, el piloto, el copiloto y las azafatas. Pero no iba con ningún conocido. Dejé la mochila en los compartimentos que había arriba de los asientos y luego me senté en el lado de la ventana después de todo un día sin descansar. ¡Qué feliz me sentía! ¡Relax!
Una de las azafatas comenzó a dar explicaciones, a las cuales sólo hice caso a algunas. Estaba tan agotada que sólo entendía la mitad de las palabras.
-Gracias por usar nuestra compañía de aviones USAplane. Para que os sea más cómodo el vuelo, deberán abrocharse los cinturones de seguridad, todos a la derecha de vuestro asiento. Deben conectarlos con la otra parte del cinturón, a la izquierda de vuestro asiento. Para introducir el cinturón tenéis que pulsar el botón verde y…
Bla, bla, bla. Todos los presentes sabrían cómo se usaba un cinturón. Yo, al menos, me lo puse de inmediato, y eso que nunca había probado uno de esos sofisticados cinturones.
-Antes de llegar a nuestro destino, Scottsdale, haremos una parada en Kansas, por lo que el vuelo durará aproximadamente dos horas, todo dependiendo del tiempo que tardemos en nuestra parada de descanso. Mientras tanto, podrán dormir, leer o probar cualquiera de nuestros aperitivos. Todo, excepto levantarse. Si alguno quiere ir al servicio debe comunicárnoslo. Para ello, sólo levante la mano y una de nosotras le atenderemos. Buen viaje.
Hablando de servicios, me entraron ganas de ir al baño pero tenía tanto sueño que me quedé dormida de inmediato. Mejor, así no sentiría náuseas ni vértigo ni cualquier otra sensación parecida que se pudiera tener en los aviones.


-¡HOLA!
Me desperté, sobresaltada. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Ah, sí, un niño me había despertado de mi sueño con un saludo que no sabía a qué venía a cuenta ¿Acaso le conocía? Mientras me recuperaba del susto intenté poner en orden todo lo que había en mi cabeza.
-Sí, te encuentras todavía en el avión. ¡Eh, yo también voy a Scottsdale!-adivinó el niño.
Bien, al menos se había encargado de poner orden en mi mente. Pero, ¿cómo sabía que iba a Scottsdale? Oh, no, ¿y si me había robado el billete?
-Tranquila, no te he robado nada.
Al fin le miré detenidamente. Era un chico bajito, con unas gafas de montura negras a juego con su pelo y ojos grises. Se podría decir que era mi versión masculina.
-Espera, ¿cómo has sabido…?
-Simplemente lo sé. Soy un chico bastante inteligente, ¿sabes? Por cierto, soy Wendell Berneri. Te sonará mi apellido por el ministro italiano Berneri. Lillian, ¿verdad? Encantado.
Me tendió la mano y yo le di la mía, aturdida. Seguramente Jeff me habría dibujado mi nombre en la frente con permanente para que todos supieran cómo me llamaba. Otra cosa no me podía explicar.
-Lo siento, pero la verdad es que no conozco a ningún Berneri. Ahora en serio, ¿cómo has sabido mi nombre?
Wendell se echó a reír. No lo entendía. ¿Dónde estaba el chiste? -¿Te hace gracia algo de mí?-le espeté, ofendida.
-¡No! Bueno, sí. Tu mente es fácil de leer.
Sentí que mis mejillas se habían puesto rojas. Ya sabía que yo era como un libro abierto, pero aquello no era suficiente como para que aquel niño hubiera adivinado mi nombre. Podría haber acertado por casualidad, pero lo cierto era que Lillian no era un nombre muy común. Podría haber dicho Jessica, Claudia o Sarah.
-Por cierto, tu padre no es ministro-intenté adivinar.
Sí, había adivinado por la cara de sorpresa que había puesto Wendell.
-¿Por qué dices eso?
-Porque si lo fuera, volaríais en avión privado o en primera clase.
¡Ja! Le había pillado la mentira. Se había puesto rojo hasta la raíz, sin embargo me dedicó una amarga sonrisa.
-Tienes razón, mi padre no es ministro. Aún así vivimos en una mansión.
Sí, claro, y yo vivía en la Casa Blanca. Aunque estuve tentada en decirlo en voz alta, me callé. Seguramente Wendell ya lo habría adivinado con su brillante inteligencia.
-Por cierto, ¿en qué hotel te vas a alojar cuando llegues a Scottsdale?-inquirió Wendell de pronto-¿Y vienes sola? ¿Y qué…?
-Oye, las preguntas de una en una, ¿de acuerdo?
Estaba empezando a hiperventilar. Aquel niño me estaba poniendo de los nervios con tantas preguntas, la primera ni sabía qué responder y la segunda era evidente que iba sola.
-Me alojaré en el mismo hotel que tú.
No conocía ningún hotel en Scottsdale, por lo que alojarme en el mismo que Wendell y su familia era la única solución que se me había ocurrido. ¡Oh, no! ¿Y si no se alojaba en ningún hotel? Tal vez hubieran alquilado alguna casa.
-Realmente no tenías pensado alojarte en ningún sitio-adivinó Wendell con una traviesa sonrisa-. En fin, mis padres y yo vamos al HYATT House. Es bastante carito, pero…
-Me da igual lo caro que sea. Yo también tengo dinero-cortantemente-. Y ahora déjame dormir.
Uff. Menos mal que sabía callar. Cerré los ojos e intenté encontrar el sueño antes de llegar a Scottsdale.
Pero entonces…
-Por cierto, ¿por qué vienes sola?
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Sáb Ago 10, 2013 9:11 am

Jajaja, es pesadito Wendell xD Rigar, lo que hay entre << >> sigue sin verse en los nuevos capítulos xD ¡Está muy bien la historia! Me gusta ^^
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 15, 2013 8:50 am

aaiis, tranquilas, estoy corrigiendo es del <<>>, pero alguno se me escapa U.U en fin, del capítulo anterior, cuando el hombre del avión le pregunta a Lillian si es mayor de edad, ella piensa: ''Pues la verdad es que no, ni siquiera llego a los dieciseis''

Ahora mismo subo el cap 5 ^^
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 15, 2013 8:54 am

Capítulo 5: Leer mentes.
20 de Junio de 2012, 20:00 p.m
Los padres de Wendell fueron muy amables al compartir el taxi conmigo. Cuando llegamos al hotel, estaba tan rendida que ni me inmuté en alabar el decorado del vestíbulo.
-Buenas noches, ¿cuántas personas van a alojarse en una habitación?-nos preguntó el recepcionista.
Yo me aparté un poco de los Berneri para que no me confundieran con uno de ellos. Por fin me quitaría a Wendell de encima, por lo menos en lo que quedaba de aquel día, porque seguramente por la mañana me lo encontraría por el hotel.
Me fijé en casillas de la taquilla que estaban desalojadas. ¡Increíble, estaban casi todas las llaves! Sí, Wendell tenía razón: el hotel era más bien carito y ahora que me daba cuenta, el vestíbulo estaba repleto de muebles de lujo, incluso la piscina interior estaba rodeada de palmeras, como si estuviera inspirado en el ambiente tropical del Caribe.
Palidecí. ¿Cuánto dinero me iba a gastar en una noche en aquel lugar?
-¿Problemas con el dinero?-inquirió Wendell con una sonrisa de superioridad.
No tengo ningún problema, pensé. Me estaba enfadando con él. Encima tenía la caradura de creerse superior.
-Tranquila, mis padres tienen el suficiente dinero como para comprar la Luna. Les puedo decir que te paguen la estancia aquí.
-¿Qué dices? ¡No! Yo no soy de esas personas que se deja pagar por los demás. Gracias por la ayuda, pero buscaré otro hotel que esté a mi alcance.
-¡No, en serio! No seas modesta-insistió él.
Y seguido, llamó a sus padres y les dijo algo en italiano. Dios, qué vergüenza estaba pasando por culpa de aquel chico. Decir que me iba a alojar en el mismo hotel que Wendell había sido el mayor error que había cometido en mi vida. Ahora no dormiría tranquila por culpa del remordimiento.
Sin embargo, la madre de Wendell me dedicó una amable sonrisa y pareció no molestarle el tener que pagarme la estancia.
-Oye, quiero que le des las gracias a tus padres-le susurré, todavía avergonzada.
Ya me sentía mal cuando mi abuelo me daba dinero o cuando Mike me invitaba a un helado; esto que me estaba pasando no tenía comparación.
-Se las daré, pero espero que tengas en cuenta esto cuando tenga que pedirte algún favor-me dijo guiñándome un ojo.
Noté un escalofrío recorriendo mi espalda. Me asusté al pensar qué tipo de favor me pediría. Tal vez quisiera que yo fuera su criada durante todo el verano. Me imaginé por un momento a Wendell con unas gafas de sol y un san francisco en la mano, tirado en una tumbona del jardín del hotel y llamándome a cada momento: ‘‘Lillian, tráeme una copa de whisky’’, o ‘‘Lillian, prepárame el baño’’ o ‘‘Lillian, ráscame las plantas de los pies’’. ¡Puaj! Lo último no lo haría ni por todo el dinero del mundo.
Me alegré cuando llegó el momento de despedirse de Wendell. Desde la recepción hasta el ascensor estuvo cotorreando todo el tiempo, aunque yo no tenía energía suficiente como para escucharle.
Cuando llegué a mi habitación, lo primero que hice fue tirarme sobre la cama y allí me quedé tan profundamente dormida que habría hecho falta poner tres bombas en la habitación para poder despertarme al día siguiente.


Como cabía de esperar, al día siguiente me desperté mucho más tarde que de costumbre. Todavía en la cama, lo primero que hice fue poner en orden las cosas dentro de mi cabeza. Me encontraba en Scottsdale para buscar a un tal Rupert McLaren que decía que la telequinesia jamás podría existir. Y aquí estaba yo para demostrarle que estaba equivocado.
Dios, qué gran locura. Lo que había liado sólo por eso. Había dejado a mi abuelo sólo en Dearborn, estaría tan preocupado… Pero ahora no podía volver. Ya que estaba en Scottsdale iba a cumplir lo que me había prometido hacer; además, también podría reencontrarme con Mike y aquella idea me hizo sacar una sonrisa.
Saqué toda la ropa que había metido en la mochila, y entonces vi la fotografía de mis padres. Sin evitarlo, me hundí en mis pensamientos, que consistían en preguntas y dudas sobre ellos. ¿Dónde habrían sido enterrados? ¿Tendría ahora una vida normal si siguieran vivos? ¿Tendría algún hermano o hermana? Incluso me pregunté: ¿Realmente estaban muertos? ¿O me habían abandonado al conocer mi extraña habilidad, tal y como me decía Jeff en la escuela?
Aquella última pregunta me hizo temblar y noté que mis ojos se me habían humedecido. Sacudí la cabeza para quitarme aquella horrible idea de la cabeza. No quería pensar que mis padres me habían abandonado.
Tenía un hambre de lobos; no había comido nada desde el almuerzo del día anterior, y con el viaje en avión tan precipitado y el encuentro con ‘‘Wendell, el pesado’’, sentía mi cuerpo como si fuera otro. Seguramente sería el estrés. Lo primero que hice fue darme un buen baño. Tomé prestadas las toallas del hotel y los geles. El baño era totalmente de lujo, decorado en su mayoría con el color dorado. La pintura era tan buena que realmente parecía estar todo hecho de oro de verdad.
El baño me había sentado de maravilla. Me sentía como nueva. Después de vestirme con una camiseta fresquita y un pantalón corto (en Scottsdale hacía mucho más calor que en Dearborn), me sequé y peiné mi largo pelo negro y me lo recogí en una cola de caballo. Era la primera vez que me recogía el pelo, pero la mejor solución que tenía para que mi cuello no comenzara a sudar en el primer segundo que pusiera el pie en Scottsdale. Otra solución era cortarme el cabello, pero eso sería como un asesinato. Me encantaba mi pelo largo.
Mi estómago emitió un rugido. Me apresuré en bajar al comedor del hotel, para ello tuve que atravesar el jardín interior, que estaba formado por una gran piscina con una estatua en medio, y rodeado de palmeras y tumbonas. De haberlo sabido me habría traído un biquini. No, de eso nada. Había venido a Scottsdale para hablar con Rupert y hacerle una visita a Mike, nada más.
El comedor era súper grande. Como en cualquier otro hotel de tal lujo, había buffet libre, y muchos sitios en los que sentarse. Cogí un plato de porcelana que tenía un decorado de oro en el filo (todos los platos eran iguales) y me puse un poco de pizza, ensalada de pasta y de postre, crema catalana. Era un desayuno muy raro, pero ya era más de mediodía, por lo que aquello podría verse como un aperitivo.
Me senté en un lugar donde se podía ver perfectamente la piscina. Había poca gente, tanto en el jardín como en el comedor y los que había parecían muy estirados. Sí, un estilo a la familia de Wendell. Desde luego, aquel no era mi sitio, aunque tampoco sabía muy bien dónde podría encajar yo.
Mientras comía, comencé a darle vueltas a la sorprendente agilidad que había tenido Wendell para adivinar todo en cuanto a mí se refería. Pronto lo relacioné con la telepatía, y aquella palabra me recordó a las de Rupert en el programa de Real Science.
''Todo el mundo sabe que es imposible que fenómenos paranormales como la telequinesia o la telepatía existan''.
Reí en mi mente. Empezaba a creer de verdad que Wendell sí era telepático, y aquello me daba en qué pensar. Sin embargo, no me dio tiempo a lanzar hipótesis sobre esa teoría. Alguien me provocó un sobresalto, y estuve a punto de tirar la porción de pizza que llevaba en la mano.
-¿En qué ibas a pensar?
Sólo se me vino a la cabeza un nombre: Wendell. No hacía falta tener telepatía para adivinarlo.
Sin pedirme permiso, tomó asiento, hundió su tenedor en mi ensalada y se lo metió en la boca. Le dirigí una mirada hostil a la vez que me quedaba boquiabierta ante su actitud tan fresca.
-Me alego de que te gute la comida fifaliana-dijo mientras masticaba-.Perdón, me alegro de que te guste la comida italiana.
-Ya te había entendido la primera vez-aseguré con una amarga sonrisa. Quise replicarle por su maleducada conducta al haberme quitado parte de ensalada, pero antes tenía que confirmar mis sospechas acerca de él-. Eres telepático, ¿verdad?-pregunté sin más rodeos.
Wendell me miró, perplejo. Supongo que conocería el significado de la palabra telepático.
-Ah, sí. Leer mentes-murmuró, más para sí mismo que para mí-. Sí, tienes razón. Puedo leer todas las mentes de este local.
Me dirigió una intensa mirada. Me separé un poco de Wendell al ver que él se había acercado a mí. Me sentía incómoda, y lo peor de todo era que aquella sensación era como si la hubiera vivido con alguna película.
Le respondí con una mirada desafiadora, quería una demostración. Él pareció captar el mensaje. Volteó la mirada hacia un hombre que estaba desayunando en frente de nosotros, y me susurró:
-Dinero. Sexo. Sexo. Dinero. Sexo. Gato-cada palabra la fue pronunciando a medida que miraba a otra persona, ya fuera del comedor, del jardín o incluso del vestíbulo, que también se veía desde donde estábamos sentados.
Cuando terminó la lista, esbozó una seductora sonrisa. Realmente no habría seducido a nadie, pero sabía que era un intento. Repasé de nuevo la gente a la que había mirado. Estaba claro que me estaba tomando el pelo con su patético intento de imitar a Edward Cullen. Ojalá sólo fuera una tomadura de pelo y no que estuviera intentando ligar conmigo.
¡Oh, no! ¿Qué veían mis ojos? Mejor dicho, ¿a quién veían?
Mi abuelo estaba en el vestíbulo. Era él, no podía ser otro porque nadie en el siglo XXI vestía con traje de chaqueta y sombrero de copa.
Estúpido Wendell. Había metido bien la pata. Decir que mi abuelo pensaba en sexo…
Me levanté automáticamente de la silla y miré a todos lados. ¿Cómo me había encontrado tan rápido? Tenía que esconderme o escapar de allí, porque si iba a saludarlo, o me propinaba una buena colleja delante de todos, o me tiraba de la oreja y me llevaba de vuelta a Dearborn. O las dos cosas.
Para mi desgracia, Wendell también se levantó conmigo.
-¿Huyes de tu abuelo?
Le dirigí una furiosa mirada. ¿Acaso no sabía ya la respuesta? ¿Para qué preguntaba?
-En fin, si quieres, podría ayudarte.
Lo dejó caer como si fuera a hacerme un favor. Claro, y entonces tendría que devolverle el favor. A saber qué tipo de favores me iba a pedir. Seguramente, cualquier cosa con el tal de aprovecharse de mí.
Era un estúpido chantajista.
-Oye, tu abuelo piensa dirigirse hacia acá, así que deja que te ayude con mi maravillosa telepatía.
Y creído. Un estúpido chantajista creído.
Suspiré con amargura. No tenía más remedio que fiarme de él.
-Tendrás que colarte en la cocina-me explicó. Yo puse una cara de horror. ¿Y si me pillaban?-. Tranquila, yo distraeré a la cocinera. Por las mañanas es la única que se encuentra en la cocina, así que será muy fácil colarte. Una vez que estés dentro tendrás que buscar una puerta gris con la palabra ‘‘Exit’’ en la parte superior. Te llevará a un pasillo muy largo, pero no tiene pérdida. Llegarás a una puerta vieja. Como no se puede abrir desde dentro porque necesitarás una llave, tendrás que esperarme a que yo llegue.
-¿Esperarte? ¿Tanto vas a tardar en distraer a la cocinera?
Wendell soltó una carcajada.
-No, pero yo soy un buen chico e iré a avisar a mis padres de que voy a dar un paseo contigo.
La idea de ir a dar un paseo conmigo no me gustó demasiado, pero había que reconocer que Wendell me estaba facilitando bastante las cosas.
Pusimos en marcha nuestro plan (bueno, sí, el plan de Wendell).
Yo me escondí detrás de la alacena donde estaban los cubiertos y vajillas. Wendell tiró mi plato de ensalada y pizza al suelo como si hubiera sido un accidente. Ahora habría ido yo a recoger la comida y a guardarla en tupper para comérmela más tarde…
Wendell se dirigió corriendo a la cocinera. Desde el lugar en el que estaba escondida se podía ver y oír todo.
-Señora, no sé cómo ha pasado, pero se me ha caído el plato del desayuno al suelo y lo se ha roto-sollozó Wendell como si fuera un niño pequeño.
Era sorprendentemente creíble. La cocinera le dedicó una mirada compasiva, y siguió a mi amigo, despejando la puerta que dirigía a la cocina del hotel. Era mi momento. Corrí por detrás de los muebles para que nadie me viera y cuando llegué a la puerta, eché una rápida ojeada al comedor. Me quedé congelada, mi abuelo estaba allí, seguramente intentando buscarme. Me mordí el labio inferior. Lo único que quería hacer en ese momento era correr a abrazarle y decirle que sentía muchísimo haberme escapado de aquella manera. Se me empañaron los ojos. Si lo hacía no tendría otra oportunidad para hacer a lo que había venido a Scottsdale. Algo me decía que si me quedaba más tiempo en la ciudad descubriría cosas importantes.
Vi que la cocinera volvía, así que rápidamente me escondí en la cocina.
Era una gran habitación con hornos grandes y de primera calidad. La despensa y la nevera seguramente estarían repletas de comida; de todas formas no me iba a detener en averiguarlo. Me fundí en el olor a guiso que se respiraba en la habitación, y seguí las indicaciones que Wendell me había dado para salir del hotel. No tardé mucho en encontrar la puerta gris que llevaba la palabra <> encima, no obstante cuidé el detalle de no hacer mucho ruido ni al abrirla ni al cerrarla, porque la cocinera acababa de entrar en la cocina.
Efectivamente, la puerta de emergencia daba a un pasillo largo, y como se suponía que no tenía pérdida, comencé a caminar hasta que llegue al final. Me recosté sobre la puerta vieja, aprovechando para descansar mientras Wendell acudía al lugar. Recé porque no me hubiera dejado tirada. ¿Y si llegaba la cocinera por casualidad? Creería que había entrado a robar comida. Qué vergüenza, y encima me pillaría con mi abuelo en el hotel.
Abuelo.
Suspiré melancólicamente. Jamás me perdonaría la forma en la que estaba actuando, escapando de él como si fuera mi secuestrador cuando lo único que quería era protegerme para que nadie me hiciera daño. Debería estarle agradecida después de todo.
De repente la pared en la que estaba recostada se abrió y yo caí estrepitosamente al suelo. ¿La pared se había abierto? Ah, no, era la puerta. Qué tonta, recostarme sobre la puerta sabiendo que Wendell la abriría en cualquier momento. Y encima él me lo echó en cara:
-¡Qué tonta! Recostarte sobre la puerta sabiendo que yo la abriría en cualquier momento-resopló.
No supe si lo dijo de verdad, de broma, con ironía o como burla, pero yo emití un bufido de ira y cierta humillación. Odiaba que me leyera la mente en todo momento. Me levanté del suelo con facilidad, ignorando la mano de Wendell. La puertecita daba un callejón con unos contenedores. No tenía ni idea de cómo salir allí, así que me dejé guiar por mi amigo (no lo consideraba un amigo, pero de algún modo tendría que llamarlo).
-Vale, yo ya he cumplido mi parte del plan. Ahora te toca a ti.
Le miré con una expresión interrogante, sin tener idea de a qué se refería.
-Que a dónde vamos-exclamó, con exasperación.
-Ah-fue todo lo que dije-. Pues fuera de aquí.
Evidentemente, fuera de aquí. Wendell me miró con ansiedad. ¿Qué se creía? ¿Qué yo era su guía particular? Pues estaba equivocado, a no ser que fuera a llevarlo a la clínica de Rupert, pero lo cierto es que prefería ir sin él, más que nada porque no tenía ganas de que supiera de mi telequinesia (aunque seguramente ya lo sabría).
-Se me había ocurrido ir a buscar a un amigo que vive aquí-propuse, acordándome de Mike.
Tenía muchas ganas de poder volver a verlo, y también pensé que con él conseguiría quitarme de encima a Wendell, aunque esto no lo dije en voz alta dentro de mi mente para que no se enterara mi amigo telepático.
-Bien, ya tenemos un plan. ¿Dónde vive ese amigo tuyo? Y tranquila, podemos guiarnos gracias a las mentes de los demás-me aseguró con una sonrisita torcida. Otra vez su intento de seducción.
Aparté la vista de él, molesta. Por algún vago motivo, comencé a pensar que le estaba gustando a aquel chico, y sólo de pensarlo me entraron escalofríos. ¡Mierda! Había pensado eso en voz alta. Seguramente que ahora estaría roja como un tomate, pero intenté disimularlo lo mejor posible.
-No sé dónde vive-contesté, avergonzada. Ni siquiera sabía dónde vivía mi amigo, genial-. No he podido contactar con él por motivos que no te voy a decir, pero sé que vive aquí porque me lo dijo antes de que se marchara.
-¿No tienes siquiera su número de teléfono?-exclamó, desconcertado-. Vale, al menos dime cómo es físicamente y los gustos que tiene. Tal vez pueda contactar con su mente aunque no lo conozca.
Realmente admiraba que pudiera leer las mentes de todas las personas, y aún así, le pregunté si de verdad podía hacer eso.
-No a todas-respondió-. Tengo limitaciones, ¿sabes? Por ejemplo, me cuesta leer las mentes de personas que no conozco, que están muy lejos de mí o que esconden algún secreto. Sí, la gente que esconde secretos muy fuertes tienen una mente muy resistente y a mí me cuesta poder entrar en sus pensamientos. Hablando de secretos, tu abuelo debe de tener uno muy gordo porque realmente me costó poder entrar en su mente cuando estábamos en el hotel.
Torcí el gesto en una mueca de disgusto. Pensaba preguntarle a Wendell sobre lo que pensaba mi abuelo más adelante, pero por mala fortuna eso no iba a poder ser. Aunque de todas formas ya sabía que algo me tenía que esconder Edgar y todavía no sabía el qué.
-Por cierto, otra cosa que debes saber es que tu mente es más que un libro abierto-añadió con esa típica sonrisita suya de superioridad.
Sentí que me sonrojaba de nuevo, pero no hice caso a ese hecho. Tenía que aprender a convivir con mis constantes rubores
_____________________________________________________________________
Y hasta aquí el capítulo. Es verdad que Wendell es pesado emm?? XD Pero también hay ver el lado bueno y es que está ayudando a Lillian bastante, pero ¿ a qué precio?? taachaaaan, respuesta en el siguiente capítulo. O no...XD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Jue Ago 15, 2013 9:30 am

Qué pesadito es Wendell, y encima lee la mente xD Dios, yo me volvería loca en el lugar de Lillian xD ¿Cómo que no hay respuesta en el siguiente capítulo? ¬¬ xD Y me hizo mucha gracia lo de la peli de Crepúsculo xDD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Jue Ago 15, 2013 9:43 am

jojojo, y esto es solo el principio XD ya verás más adelante....
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Lun Ago 19, 2013 3:00 pm

Capítulo 6: ¿Algo ha cambiado?
21 de Junio de 2012, 13:15 p.m.

No tenía ni idea de dónde estábamos y, aunque confiaba en mi amigo, no pude evitar preguntarle (realmente llevaba todo el tiempo preguntándole las mismas cosas):
-¿Todavía no has encontrado a mi amigo?-le pregunté con cierta exigencia.
-Oye, no tienes idea de toda la gente que piensa en algún Michael. He leído a tres personas que piensan en Michael Jackson, y eran dos mujeres y un niño. También había quiénes pensaban en un tal Michael Jordan; en Michael Phillips; Michael Watson; Michael Jagger. Ah, perdón, Mick Jagger. Michael Power, Michael Stewart, Michael Gray, Michael Pevensie, Michael…
-¡Espera! ¿Has dicho Michael Gray?-chillé emocionada mientras pegaba un saltito de alegría.
-Sí, Michael Gray-afirmó Wendell, devolviéndome la sonrisa-. Leí el nombre en un grupo de muchachos que pasó hace un rato por aquí. Si nos damos prisa, podremos alcanzarlos.
Al principio me extrañé cuando dijo ‘‘grupo de muchachos’’. Nunca me había imaginado a Mike saliendo con alguien que no fuera yo, y sin evitarlo, noté una sensación de celos. Aunque por otro lado era normal que fuera con un grupo de muchachos. Mike era mucho más abierto y caía bien a todo el mundo aunque no se lo propusiera, a diferencia que yo, que se me daba fatal hacer amigos (y me extrañaba que ya tuviera dos amigos en toda mi vida).
Corrí en la dirección que me indicó Wendell, esperando encontrar en cualquier parte un pelo castaño alborotado que sobresaliera de entre los demás.
-¡Eh! ¡Al menos espérame!-oír gritar a Wendell detrás de mí.
Sin embargo, yo no le hice caso, y me paré, no por esperarle, sino para orientarme entre la gente. La calle en la que nos encontrábamos era muy concurrida y era fácil perderse por allí.
Pero entonces lo vi. Automáticamente se me dibujó una sonrisa en la cara y mi corazón empezó a palpitar de alegría.
Tenía que ser él y sólo había una manera de averiguarlo:
-¡Mike!-exclamé. Siempre lo llamaba Mike, al igual que él siempre me llamaba Lil.
Y sonreí aún más cuando comprobé que se giraba sobre sus talones para averiguar quién lo llamaba por aquel nombre. Seguramente habría reconocido mi voz, porque miraba de un lado a otro de la calle esperando encontrar a alguien conocido.
Volví a correr hacia él y lo sorprendí con un abrazo que lo pilló totalmente desprevenido:
-¡Mike!-volví a exclamar-. ¿Te acuerdas de mí? Sí, eso espero, ¿no?
Vaya tonta. Claro que tenía que acordarse de mí. ¿O no? Me puse seria de momento mientras me mordía el labio inferior. Sólo fue un segundo, un segundo dolorosamente amargo en el que creí que no se iba a acordar de mí, mientras él me dejaba en el suelo para contemplarme.
-¿Lil?-había sonreído de una manera la mar de fría-¿Qué haces aquí? Va-vaya,es que no te esperaba en Scottsdale.
Me llevé una gran desilusión al comprobar su estado de incomodidad; pensé que nuestro reencuentro sería más efusivo, como el de dos personas que han estado viviendo juntas durante diez años.
-¿No te alegras de verme?-conseguí preguntarle, intentando que no se me notara demasiado la desilusión y las ganas de llorar.
-¡Claro que me alegro!-esta vez soltó una risita divertida que me alegró el corazón.
Wendell consiguió encontrarnos. Pobre, estaba jadeando como un bulldog que acababa de correr. Aunque él no era el único presente allí: los amigos de Mike también se encontraban ligeramente detrás de su amigo. Eran cinco o seis chicos y chicas, y todos me miraban con curiosidad, algunos incluso con recelo.
-Lillian, te presento a mis amigos-dijo entonces Mike-: Robert, Daniel, Claire, Zac, Natalie y Amber.
Me los presentó en orden, aunque no supe diferenciar a Robert y Daniel, puesto que eran gemelos. Claire era rubia, Zac, moreno, y las otras dos chicas, Natalie y Amber, también me costó diferenciarlas; las dos tenían el pelo pelirrojo intenso, aunque no eran gemelas como Robert y Daniel.
Aunque lo importante era que todos se veían majos. Bueno, las chicas pelirrojas eran un poco al estilo The Veronicas, pero en plan pijo. Los chicos se veían como Mike, con un estilo desenfadado y rockero. Todos me dedicaron sonrisas y me saludaron, y yo hice lo mismo.
-¿Ella es la chica de la que nos has hablado tanto?-inquirió Amber. O Natalie, no estaba muy segura.
-Sí, Lillian, mi amiga de Dearborn-confirmó Mike con una gran sonrisa.
De nuevo, mi amigo se volvió hacia mí, aunque más que a mí, a lo que había detrás de mí. Y luego me miró con una expresión de curiosidad:
-¿Y quién es él?
¿Quién? Giré un poco la cabeza y entonces me di cuenta de que era Wendell. Qué mal, ya no me acordaba de que él también estaba allí. Me dedicó una mirada hostil.
''Lo siento, la emoción...''-me disculpé mentalmente.
Me decidí a presentar a Wendell, pero entonces él se me adelantó:
-Soy Wendell Berneri. Como habréis notado por mi acento, soy italiano y estoy aquí de vacaciones. Mi padre es ministro allí en Italia, así que ya os habréis dado cuenta de que provengo de una familia importante, por lo que no deberíais meteros conmigo ni con mi amiga, porque…
Mike y yo intercambiamos las miradas, la suya era una mezcla de diversión y curiosidad por saber quién era realmente ese chico; la mía era seria y avergonzada. Yo no quería ser la amiga de aquel niño pesado.
-Bien, Mike, llegamos tarde al partido, así que despídete de tus amigos-dijo entonces Natalie. O Amber, seguía sin estar segura.
A pesar de que no me habían caído bien las pelirrojas, agradecí que hubieran callado a Wendell
-Nos ha encantado conocerte, Lillian-dijeron los tres chicos casi al unísono.
Claire se limitó a dedicarme una dulce sonrisa como despedida, y yo se la devolví antes de dirigirme a Mike.
-Esto…podemos quedar esta tarde-me dijo-. Pero solos, claro. Dime dónde y cuándo te recojo.
-En el HYATT House, a las ocho. Podemos ir a cenar-propuse.
Me gustaba la idea de ir solos, como en los viejos tiempos, aunque no sé por qué, había encontrado algo distinto a mi amigo. El encuentro había sido algo frío para mi gusto; esperaba que me devolviera el abrazo, no que me soltara de pronto, como si yo fuera un monito pesado que se agarra a su madre y no se descuelga más.
-¿En el HYATT House? ¿No es un poco caro ese hotel?
-Una larga historia. Ya te contaré.
Me dedicó una sonrisa divertida, mientras que Amber tiraba de él por el brazo, como si se estuviera cansada de mi presencia. O quizá fuera Natalie. No importa, empezaba a sospechar que no le caía bien a ninguna de las Veronicas pelirrojas porque yo era una gran amiga de Mike. Se me pasó por la cabeza la estúpida idea que quizá estuvieran celosas o sintieran envidia de mí. Nadie me había envidiado nunca, de hecho siempre me habían considerado penosa (Jeff y sus amigos, claro).

Había conseguido convencer a Wendell a que nos quedáramos a comer en un bBurguer King que encontramos antes de llegar al hotel. Pensaba que cuánto más tardara en encontrarme con mi abuelo, menos tiempo tendría que estar escuchando su sermón. Porque seguro que ya tenía uno preparado para cuando me viese llegar.
-Oye-comenzó Wendell-, creía que ese tal Michael y tú erais más amigos.
-¿Qué quieres decir?-la verdad es que no le había comprendido del todo.
-Que guafda mufos cecretof.
Le regañé por comer mientras hablaba y empecé a soltarle la explicación de por qué ocurría el atragantamiento mientras se comía a la vez que hablaba. Sí, me encantaba todo lo que tuviera que ver con el funcionamiento del cuerpo humano.
-Que guarda muchos secretos-dijo entonces, cortando mi explicación. Estaba claro que aquello no le interesaba.
-¿Michael? ¿Secretos?-pregunté, perpleja-. Él no me guardaría secretos. Nos lo contamos todo.
-Yo no estaría tan seguro. Tiene una mente un poco difícil de leer, y por lo que he leído en la mente de una de las pelirrojas…
Calló de pronto, como si lo que fuera a decirme a continuación fuese algo malo. Yo insistí en que soltara lo que tuviera que soltar.
-La que llevaba un top verde ajustado no le quitaba los ojos de encima. ¿O es que no te has dado cuenta? Ah, y los otros han creído que tú y  yo éramos novios.
-Pues han creído mal-dije rápidamente, sin molestarme del todo-. Y en cuanto a la pelirroja del top verde, si es la novia de mi amigo, a mí no me importa-dije, encogiéndome de hombros.
Era verdad que no me importaba en absoluto que Mike tuviera novia, aunque sí que me molestó un poco que no me lo hubiera dicho. Podría habérmela presentado o algo.
Y sí, mis sospechas de que una de las pelirrojas estaba incómoda con mi presencia se confirmaron. Pues tendría que ir acostumbrándose a compartirlo un poco; yo tampoco estaba dispuesta a dejar a mi mejor amigo porque estaba saliendo con una tía.
-Hay que reconocer que las amigas de Michael están buenas-murmuró Wendell con la mirada perdida en el techo del local.
Yo me limité a resoplar. Tíos, pensé.
-¿Qué? Es verdad, sobre todo la novia pelirroja-dijo con una pícara sonrisa.
Quería verme estallar de envidia o celos, pero estaba consiguiendo cansarme. Si conseguía su propósito de hacerme enfadar, iba a acabar con los paquetitos de kétchup y mostaza sobre la cabeza, como Jeff acabó lleno de pasta.
-Por cierto, ¿por qué no me has dicho que mueves objetos con la mente?-preguntó Wendell de repente, con un tono maravillado.
Lo miré, sorprendida.
-No lo digas en voz alta. La gente no cree que pueda hacer eso de verdad.
-Entonces es verdad. ¿Puedo ver una demostración?
-No, no puedes. Digamos que tiene limitaciones como tu telepatía-yo intentaba bajar el tono de la conversación, mientras que mi amigo hacía todo lo contrario.
-Es extraño, ¿no crees? Tú mueves objetos, yo leo mentes. Es como si fuéramos de otro mundo, ¿no crees?
Le dediqué una mirada extrañada. ¿Qué paranoias se estaba inventando? ¿Me estaba llamando extraterrestre acaso? Vale, era rara, pero no era la única a la que le gustaba la escuela por lo que se aprendía, ni la única a la que le encantaba leer, ni la única quien había perdido a sus padres y vivía con su abuelo. Aunque era cierto que posiblemente era la única en la Tierra que podía mover objetos con la mente.
Finalmente tuvimos que volver al hotel. Tarde o temprano teníamos que hacerlo. Durante el camino no paré de pensar en Mike y la pelirroja del top verde, que no sabía si era Amber o Natalie. No estaba enfadada, pero sí que me sentía desplazada por parte de mi amigo. Era como si el tiempo se hubiera encargado de distanciar nuestra amistad. O como si uno de los dos hubiera cambiado. Como si Mike fuera otra persona. Tenía miedo de que ya no quisiera ser más mi amigo.
Pero decidí no pensar en eso; al fin y al cabo habíamos quedado esta tarde, eso sería porque todavía me consideraba una gran amiga. Así que me tranquilicé por ese lado, y comencé a impacientarme por lo que me iba a enfrentar en el hotel.


Última edición por Rigri el Sáb Mayo 17, 2014 4:14 pm, editado 1 vez
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Dom Ago 25, 2013 4:40 pm

Capítulo 7: Como en los viejos tiempos.

21 de Junio de 2012, 17:30 p.m.
-¡LILLIAN SHERPAN!-chilló mi abuelo.
Creía que me lo iba a encontrar en el vestíbulo del hotel, pero me lo encontré directamente en mi habitación. Quería pedirle por haberme escapado, pero no me dejó hablar:
-¡Dame una razón por la que te has escapado! ¿Crees que es normal esto que has hecho? ¡Escapar de casa! ¡Como si yo fuera un secuestrador! Te he estado protegiendo durante casi dieciséis años y así es como me lo pagas.
¿Protegiéndome de qué, abuelo?, quise preguntarle, pero me limité a callar, intentando no mirarle directamente a los ojos.
-Tus padres siempre han querido lo mejor para ti, y por eso me he dedicado a ti todo lo que he podido. Si supieran que has escapado, me matarían.
-No lo sabrán. Están muertos-conseguí decir.
Mi voz había sonado dura y fría como el acero, y me arrepentí de haber hablado. Se me hacía extraño hablar de mis padres con mi abuelo, y me callé de repente al mirarle a los ojos y ver que estaban llenos ira. Me eché a temblar. ¿Para qué habría hablado? Ahora se enfadaría aún más.
Sin embargo, me sorprendió el tono de voz que utilizó a continuación:
-Recoge tus cosas, esta noche sale un vuelo hacia Detroit. Encima has tenido que alojarte en el hotel más caro de Scottsdale.
Me ruboricé. Si supiera que la estancia me la estaba pagando otra persona…
-Volveré a escaparme. Sé que aquí puedo encontrar información sobre la telequinesia. Además, ya he quedado con Michael, no puedo darle plantón.
Mi abuelo me miró, desesperado.
-No tienes idea del peligro que corres aquí, Lillian. De todas las ciudades del mundo, esta es la más peligrosa, y no sabes cuánto.
Me estaba enfureciendo. Otra vez con ese rollo de que esta ciudad era peligrosa. Si me hubiera mudado a una aldea de cinco habitantes también me habría dicho lo mismo.
-¿Y qué peligros hay? Si me lo dijeras, lo entendería todo. E iría con cuidado. Si no me dices nada, es normal que quiera investigar. Además, Michael conoce muy bien la ciudad, y voy a estar todo el tiempo con él. Así que no voy a correr peligro.
-No tienes que entender nada-replicó Edgar. Ni por las buenas ni por las malas me iba a dar explicaciones-. Aquí muchas trampas, y si caes en una de ellas, no podrás volver atrás.
¿De qué estaba hablando? Me daba igual. Si él no iba a dar su brazo a torcer, yo tampoco.
-He quedado con Michael a las ocho, abajo. Voy a dar un paseo con él, te guste o no. Y voy a investigar sobre mi telequinesia hasta encontrar sentido a tu sobreprotección. Ah, y también voy a desenterrar todas las trampas que hay en Scottsdale, según tú.
Mi abuelo me miró boquiabierto. Quiso replicar, pero supuse que no se le habían acabado las palabras.
-Lo siento, abuelo-dije yo finalmente-. Sé que no debí escaparme de aquel modo, pero necesito hacer esto, y lo sabes.
Me sorprendió que asintiera sin rechistar.
-Está bien. Haz lo que tú veas conveniente, pero tendrás que cumplir con algunas normas. La primera: siempre estarás junto a Michael, y yo siempre lo comprobaré. Segunda: nunca llegarás más tarde de las diez. Tercera: siempre desayunarás, comerás y cenarás conmigo, en el hotel. Cuarta: no hablarás con nadie que no conozcas, y mucho menos le hablarás a nadie de tus habilidades. Quinta: nunca te acerques a la cárcel. Y sexta: ten mucho, mucho cuidado, por favor.
Estaba radiante de felicidad. Por fin volvía a dejarme salir como en Dearborn cuando Mike vivía allí. De las únicas personas que mi abuelo se fiaba eran de Mike y de su madre
-¿Y por qué iba a acercarme a una cárcel?-pregunté con una curiosa sonrisa.
-Yo que sé-respondió, encogiéndose de hombros-. Yo una vez de pequeño me acerqué a una y me ofrecieron maría.
No pude evitar reírme, y me alegré que mi abuelo también lo hiciera.
-Descuida, no voy a acercarme a ninguna cárcel-le aseguré, divertida.


Cuando dieron las ocho, me despedí de mi abuelo y bajé a la salida del hotel. Como mi amigo no había llegado, decidí sentarme en una butaca a leer las revistas de propaganda. Encontré una llamada Journal of Biological Chemistry. No solía leer revistas científicas a mi pesar porque mi abuelo me lo prohibía. La ojeé por encima, llamándome la atención la sección Human Mind-Telekinesis. Entrecerré los ojos y no dudé en leer el artículo:
La telequinesia es un fenómeno paranormal que muchas personas dicen tener. Esta extraña habilidad consiste en mover objetos sin tocarlos, solamente con la mente. Ahora bien, ¿es esto real? Hay gente que afirma tenerla, entre ellos se encuentra la rusa Nina Kulagin, quien decía ser capaz de mover objetos con la mente. Pero es muy posible que esto sólo sea una mera invención de las propias personas para conseguir ser el centro de atención. La explicación es bien sencilla: para poder mover cualquier objeto, por pequeño que sea, nuestro cerebro necesita poseer una gran cantidad de electricidad que es imposible que almacene jamás. La telequinesia no se dará ni de forma natural ni de forma artificial en los humanos.
Dejé de repente la revista al escuchar a alguien saludarme a mi espalda. Giré mi cabeza y me encontré con un sonriente Mike. Me levanté de la silla y cuando estuvimos a escasos centímetros el uno del otro nos saludamos con nuestro saludo secreto. Claro, todos los buenos amigos tienen un saludo secreto, aunque el nuestro surgió al poco tiempo de conocernos. Al principio lo usábamos mucho, pero luego lo dejamos como algo del pasado.
Chocamos los nudillos de las manos un par de veces, luego nos damos las manos, cruzadas, y saltamos al mismo tiempo dos veces, nos separamos y entonces chocamos los cinco, pero en vez de hacer eso desviamos las manos hacia otro lado.
-Vaya, todavía te acuerdas-dijo Mike con una sonrisa de oreja a oreja.
-Sí, con todo lo que ha llovido, ¿verdad? Por cierto, saluda a mi abuelo cuando salgamos del hotel.
Mike me dedicó una curiosa mirada, pero luego sonrió divertido al recordar que mi abuelo era muy sobreprotector conmigo.
-¿Todavía sigue encima de ti?
-Oh, no. Ahora es mucho peor. Incluso dice que Scottsdale está lleno de trampas.
Mike no pudo evitar reírse. Cuando salimos del hotel, buscamos a mi abuelo esperando verlo asomado a alguna de las ventanas. Para su suerte, nuestra habitación daba a la avenida. Nos despedimos de Edgar y Mike me guió por la avenida.
-Quiero enseñarte a alguien muy especial-me dijo Mike, todavía con la sonrisa (siempre sonreía)-. Menos mal que la he dejado atrás, de lo contrario tu abuelo me habría matado.
Ahora era yo quien miraba con curiosidad. Si era alguien muy especial, tendría que ser su novia. Pero por la segunda frase no me pareció que fuera una novia. Seguramente se habría comprado un doberman de esos.
-¿Quién es ese alguien especial?-pregunté mientras caminábamos hacia dónde quiera que me estuviese llevando Mike-¿Una chica?
Mi amigo comenzó reír.
-Bueno, algo así. Espera, ¿crees que tengo novia?
¿Algo así? Sí, entonces era un perro, seguramente una hembra. A Mike le encantaban los perros, y más aún los perros denominados ‘‘peligrosos’’, como rottwailers, pittbulls, bull terriers, dobermans, dogos…Yo no tenía nada en contra de ellos, generalmente me gustaban los perros y cualquier tipo de animal, pero me decantaba más por los gatos.
-Bueno, no sé si tienes novia. Pero creo que me preocupa más qué es lo que me tienes que enseñar.
-Ya verás. Te vas a caer de espaldas cuando la veas.
Tanta incertidumbre me estaba abochornando, por lo que decidí cambiar de tema.
-Por cierto, ¿les he caído bien a tus amigos?
-Oh, sí. Supongo que sí. Se han mostrado bastante curiosos por saber más de ti. Tranquila, no les he dicho que tienes telequinesia-añadió al ver mi extraña expresión. Me quedé un poco mejor al saber que no había mencionado aquello a sus amigos.
Le dediqué una sonrisa de alivio. <>, pensé, pero decidí tragarme las palabras a decirlas en voz alta.
-Bueno, dime, ¿quién era ese chico que te acompañaba? ¿Tu novio?
-No-bufé-. Es Wendell Berneri, el niño más plasta y entrometido que he conocido jamás en mi vida-dije poniendo los ojos en blanco-. ¿Pero sabes qué? Es telepático, lee las mentes de todos, y eso me da que pensar, porque yo soy telequinésica, o como quiera se diga.
-Vaya, creía que el niño más plasta y entrometido que hayas conocido jamás en tu vida era yo.
Arqueé las cejas sin sorprenderme mucho; sabía que lo decía de broma.
-No, qué va. Tú eres mucho peor-le dije, también en broma.
Ambos nos reímos. Lo bueno de nosotros dos era que si nos insultábamos nunca nos lo tomábamos a mal, nunca nos enfadaríamos como haría cualquier otro. Todos los insultos o las imitaciones de Jeff lo hacíamos sabiendo que eran de broma y que no teníamos que tomárnoslo a mal.
-Bien, he aquí ese alguien tan especial que te tenía que presentar.
Miré a mi alrededor esperando encontrarme con alguna chica o con algún perro. Pero no había nadie
-Creo que ese alguien tan especial te ha dejado plantado.
-No, no se ha ido a ninguna parte. Te presento a Dark Angel.
Y entonces me di cuenta de que ese ‘‘alguien’’ especial era nada más y nada menos que una moto que estaba aparcada frente a nosotros. Y no una moto cualquiera; era una de esas grandes que llevan los moteros, como la que llevaba Hache, el chico de 3 metros sobre el cielo. Estaba estupefacta; ahora entendía por qué dijo que había hecho bien en no llevarla hasta la entrada del hotel. Mi abuelo lo habría matado con la propia moto.
-¡Qué moto tan chula!-exclamé, impresionada-¿Cómo has conseguido la has conseguido?
-No es una moto, Lil, es una Harley. Y es un regalo de mi padre.
‘‘No es una moto, Lil, es una Harley’’. Claro, una Harley no es una moto, ¿verdad? Puse los ojos en blanco, divertida.
Aunque la diversión se me quitó muy pronto al ver que estaba subiéndose en el vehículo y poniéndolo en marcha.
-Ja, ja. Ni de coña. Yo no subo ahí-dije retrocediendo un par de pasos-. Seré una cagada, pero me da igual.
Mi amigo me miró sorprendido.
-¿No quieres probar? Tengo el carné, y aprobé el examen con buena nota. Además, no voy a ir rápido.
Volvió a sonreírme, esta vez con un ademán alentador. Yo seguía dubitativa. Se suponía que era mi amigo y que tenía que confiar en él.
-De verdad, creía que te habías comprado un doberman, pero, ¿una moto?
-Si probaras la sensación de ir sobre esta moto, la idea de un doberman te parecería absurda.
-¿Moto o Harley?-repliqué en broma-. Está bien, voy a montarme en ese cacharro, pero quiero que vayas a un kilómetro por hora, ¿de acuerdo?
Mike se rió, divertido. No me lo creía, había conseguido subirme a la moto y no me había caído (y todavía no estaba en marcha).
-Agárrate a mí, ¿vale? Y por ser la primera vez, dejaré que cierres los ojos y todo.
-Los voy a mantener abiertos-repliqué, haciéndome la valiente.
Pero no, iba a cerrarlos todo lo fuerte que me permitieran mis párpados. Pasé mis brazos por su cintura y lo apreté contra mí como si hubiese un tornado y yo me estuviese aferrando a una farola para no ser arrastrada por el viento.
Cerré los ojos nada más oír el motor arrancar. Notaba mi corazón latiendo a cien por hora, y eso que todavía no habíamos avanzado ni un poquito.
-¿Lista?-me preguntó con un cierto tono de travesura. Me lo imaginaba mostrando una sonrisita torcida, como cada vez que se le ocurría alguna travesura.
-Sí, pero ve muy lento, ¿de acuerdo?-grité para que me escuchara; el motor era de lo más ruidoso.
Creí escucharlo reír, y luego la moto comenzó a moverse. Perdón, la Harley. Noté el viento golpeando mi cara y mi pelo volando por detrás. Me resguardé todo lo que pude, escondiéndome bajo la espalda de mi amigo, pero luego pensé que cualquiera que me viera diría que era una cagada. Al cuerno con el miedo. No iba con un desconocido, sino todo lo contrario. Así que me armé de valor y salí de mi escondite. Me atreví a mirar el velocímetro. ¡Noventa por hora! Y estábamos en una ciudad.
-¡Uhuuuuuu!-gritó Mike-. ¡Vamos, Lil, grita conmigo!-me apremió.
No dudé en hacerlo. Los dos gritamos como locos, sin importarnos que la gente se nos quedara mirando como si hubiéramos escapado del manicomio. Sí, aquello era una experiencia increíble, casi como si estuviera volando. Me sentí tentada a alzar los brazos pero mi sentido común me obligó a seguir rodeando a Mike si no quería caerme.
Finalmente llegamos a un descampado a las afueras de la ciudad. De hecho, se veía toda la ciudad, por la altura a la que estábamos. Nos sentamos sobre unas rocas con cuidado de nos caernos. Las vistas eran preciosas, y pronto comenzamos a hablar de todo lo que nos había pasado durante todo aquel tiempo.
Se había muerto de risa cuando le conté lo que le hice a Jeff con el plato de pasta.
-Qué pena que me lo hubiera perdido-me había dicho, aún entre risas-¿Sabes? Yo creo que tiene que haber más pasadizos en el instituto-me dijo cuando le conté que usaba el pasadizo de la taquilla para escapar de Jeff.
Y luego comencé a explicarle mi escapada hasta Scottsdale
-…Así que por eso estoy aquí. Estoy completamente segura de que voy a encontrar muchas respuestas a mis preguntas-le dije tras explicarle lo de Rupert.
-Te ayudaré a encontrarlo. Podríamos ir mañana a la clínica, yo te acompañaré. En la Harley, claro.
Me reí. Era lo que pasaba cuando hablaba con él. Si tenía Mike tenía alguna habilidad, era la de hacer reír a la gente con cualquier comentario.
-¿Sabes qué es lo bueno de Wendell?-me atreví a decir-. Que no me hace sentir rara. No tendrá la misa habilidad que yo, pero leer mentes no es muy común.
-Tú no eres rara, Lil. No sabes lo que daría la gente por hacer lo que tú haces. Y no compares la telequinesia con la telepatía. Lo tuyo es mil veces mejor.
Le dediqué una sonrisa, no sin antes sonrojarme.
-Te veo cambiado, ¿sabes?
No supe por qué había soltado eso, pero como no podía volver al pasado para cambiar la pregunta, esperé a que contestara.
-Ha pasado un año, Lil. Tú también has cambiado aunque no lo creas.
Me sorprendí. ¿Yo también había cambiado? No me esperaba eso, de todos modos, sonreí, igual que él.
-¿Te han caído bien mis amigos?-me preguntó de pronto Mike.
-Sí, son todos geniales-¿Para qué iba a mentir? No hacía falta tener telepatía para saber que no estaba siendo sincera, y Mike me conocía lo suficiente-: En realidad, creo que Natalie y Amber no son mi tipo de amigas-reconocí.
-Natalie es mi amiga. No es tan mala como parece, pero su prima Amber es…obsesiva.
-¿Primas? Creía que eran hermanas.
-Se parecen mucho, pero sólo son primas. Por suerte, Amber vive en Los Ángeles, y sólo pasa por aquí en verano.
En cierto modo me alegraba de que a mi amigo no le cayera tampoco bien esa tal Amber.
-¿Y por qué dices que es obsesiva?
-Tiene muchos vicios. Su cuerpo, su pelo, la reputación, los chicos…Sí, ese tipo de chica. Me cae mal, pero no soy quién para echarla del grupo.
Asentí a todo lo que decía. No me gustaba criticar a la gente que no conocía, pero aquello era un caso excepcional.

El tiempo se había pasado volando. Ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que ya había anochecido porque comenzamos a recordar todos nuestros juegos y travesuras que hacíamos en Dearborn. En realidad, fui yo quién se dio cuenta de que el sol había desaparecido hace rato, y me acordé de las normas que me había puesto mi abuelo. Y la segunda norma era llegar como mucho a las diez.
-Oye, ¿no crees que es un poco tarde?-le pregunté a Mike.
-Qué va. Son las diez menos cuarto. Podríamos ir a cenar…
-¡¿MENOS CUARTO?!-exclamé, completamente excéntrica-. Tengo que estar a en punto en el hotel.
Rápidamente me puse en pie, esperando a que Mike hiciera lo mismo.
-Tranquila, si vamos con la moto llegaremos pronto-me aseguró mi amigo; me tranquilicé un poco-. Ya me extrañaba que tu abuelo no te fuera a poner normas.
-Lo menos que puedo hacer después de haberme escapado de casa es obedecer sus órdenes.
Mike se rió, no supe por qué. Le miré, expectante.
-Voy a hacer una apuesta: En menos de una semana ya habrás desobedecido a todas las normas. Y la primera que has roto ha sido la de hablar sobre tus habilidades a extraños.
No pude evitar sonrojarme. Era curioso, pero si aquello lo hubiera dicho Wendell, se habría llevado una buena bofetada, pero con Mike todo era muy distinto.
-Bien, el que pierda la apuesta tendrá que correr desnudo por todo Scottsdale-propuse con una sonrisa torcida.
-Bien, acepto el trato-dijo Mike, tendiendo su mano.
Le di la mía y confirmamos la apuesta con un apretón.

Llegamos al hotel justo a tiempo. Mi abuelo se espantó al verme bajar de la Harley, y se llevó las manos a las sienes, horrorizado.
-No dijiste que ir en moto estuviera prohibido-murmuré.
-¡A partir de ahora lo está! Hola, Michael-saludó dirigiéndose a mi amigo.
Mike le devolvió el saludo.
-Señor Sherpan, me encargaré de que a Lillian no le pase nada.
-Confío en ti, pero una moto siempre es muy peligrosa. No quiero que mi nieta vuelva a subir en una de esas.
-De acuerdo. Fuera motos-aseguró Mike con seriedad-. Señor, ¿podrá salir Lillian mañana?
Mi abuelo me miró durante una fracción de segundo, y luego volvió a mirar a Mike.
-Sí, pero quiero verla aquí a la hora de la comida y de la cena.
Emití un gemido. Estaba harta de tantas normas, me parecía a las princesas de los cuentos que siempre estaban protegidas por los guardianes y los príncipes. La diferencia estaba en que a las princesas parecían no importarles estar protegidas todo el tiempo a mí, sí.
Edgar nos dejó despedirnos (bieeeen, me dejaba un ratito tranquila), y yo aproveché para agradecerle a Mike que me hubiera traído al hotel y que hubiera hablado con mi abuelo para dejarme salir por la mañana.
-Espero que te haya gustado ir en moto.
-Es una Harley-repliqué yo con sorna, haciendo que mi amigo sonriera-. Ha sido emocionante-le aseguré, devolviéndole la sonrisa.

Aquella noche conseguí dormir a medias. Estaba nerviosa porque por fin me iba a encontrar con Rupert McLaren.
******
Weee, ¿y qué os parece Mike? Seguro que os cae super bien, ¿no? XD Bueno, ahora toca saber qué pasará con Rupert...XD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por WasabyGreen el Dom Ago 25, 2013 5:05 pm

O.o ¿¡Lees la mente!? xD Sí, me cae super bien Mike, yo quiero un Mike xD Por fin, a ver qué cuenta ese sabelotodo xD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Dom Ago 25, 2013 5:08 pm

Siii, es que yo soy Wendell XD, jejejej, ya verás que sorpresas deparará el futuro... XD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Lenuki el Mar Ago 27, 2013 6:01 am

emm... vale,Wendell lee mentes,pero si eres Wendell no puedes saber lo que pasará en el futuro... oh,no...¡alguien ha suplantado a rigri!xD bueno,está muy bien,así que...¡sigue escribiendo!;) no,en serio,se te da muy bien... y ahora,momento especial... *musiquita de 20th. Fox (o como se llame)* ♫escribe más ya,rigri,que me aburrooooo♫ xD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Rigri el Miér Ago 28, 2013 4:51 am

Como tener escrito tengo muuchos capd pero no los tengo en el movil XD asi que tendreis que esperar a que vuelva a my home XDD
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Re: Saga Telekinesis

Mensaje por Lenuki el Miér Ago 28, 2013 4:57 am

oh...=( bueno,esperaréxD
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