Una historia sin futuro

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Sáb Ago 16, 2014 2:19 pm

Bien, primero que nada quiero aclarar que este proyecto de historia aún no tiene título, a falta de uno mejor y por fuerza de la costumbre, temporalmente tiene éste :T Tampoco sé si más adelante la dividiré en capítulos o quedará así... ni siquiera tengo claro si algún día cambiaré partes importantes de la trama o, como sucedió hace poco, cambie todas las edades, características físicas o datos de las personalidades...
En fin, dije que no la subiría hasta que estuviese terminada completamente, pero me gustaría saber sus opiniones... así que aquí va...


*Sinopsis*

Esta historia cuenta con dos líneas de tiempo. Una da a lugar en el año 1874, cuando los protagonistas, Catherine Aldrich y Stephen Bainbridge, eran niños; la otra transcurre en el 1886, once años después de que, por una desafortunada sucesión de hechos, nuestros personajes se separasen. Ambos vuelven a reencontrarse y, deben aclarar el pasado para poder afrontar sus presentes.
Catherine no tuvo una vida sencilla, su madre trabajaba como sirvienta en la mansión de los Bainbridge, su padre falleció cuando apenas era una bebé. En una de las tantas vueltas de la vida, terminó viviendo con sus tíos y justamente cuando cree que puede llegar a tener una vida normal, el recuerdo de su pasado la bloquea, haciéndole replantearse su vida entera; puede que nunca vuelva a ser la misma, puede que las cosas no hayan sido como ella recuerda. Puede que haya estado equivocada todo ese tiempo. Puede que no haya visto desde el punto de vista adecuado. Puede que el lobo no sea tan malo como lo pintan; puede que la oveja no sea tan inocente.


Última edición por Romi.30 el Dom Ago 17, 2014 1:08 pm, editado 1 vez

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Sáb Ago 16, 2014 2:31 pm

Marzo de 1874

–¡Stephen! ¡Espera! ¡Yo no puedo ir tan rápido! –la voz de la niña hizo eco hueco dentro del bosquecillo, mientras que ella intentaba correr sin enganchar sus faldas en las ramas bajas. Muy por delante, Stephen corría, saltando los obstáculos con agilidad, sintiendo como el aire le rozaba las mejillas, libre.

Era una bonita tarde de primavera, el sol se colaba entre las ramas, haciendo que todo se viera como dentro de un caleidoscopio: destellos de marrón, verde, amarillo, naranja, más claros o más oscuros, volvían el mundo surrealista.
Estaban tan cerca del lago que Stephen podía olerlo. Cruzar el bosquecillo no era la única manera de llegar, sus padres y hermanos siempre utilizaban el sendero que lo bordeaba, pero eso no era divertido. En ese momento, se escuchó un ruido extraño y seguido de un quejido. El niño se detuvo y deshizo su camino para encontrar a Catherine sentada en el suelo, jalando inútilmente su falda (que estaba enganchada en una rama espinosa) y con lágrimas en los ojos, mientras murmuraba cosas no muy agradables sobre las faldas, que cualquier dama del mundo, desaprobaría:

–...siempre se enganchan, son molestas, no se porqué debo usarlas...
–¡Vamos, Cat! –Stephen se acercó con una sonrisa y la ayudó a librarse sin mayores percances. Ella odiaba ese apodo (¡No soy un gato!), pero no había manera de convencer al niño, quién se empecinaba en usarlo, alegando que era lindo.
–Las odio –mustió ella en voz baja, aplastando la tela con ambas manos. Se puso de pie con trabajo.
–Si, lo sé, ya me lo habías dicho antes... ¡Vamos, Cat! ¡No tenemos todo el día! –agregó él con una gran sonrisa, mientras que la luz, colándose entre las ramas, le avivaba el rostro.

Ambos siguieron corriendo durante algunos minutos, hasta que llegaron a la orilla del lago. Quizá para los ojos de una persona cualquiera, ese no era el lugar más bonito ni agradable de la gran propiedad que poseían los Bainbridge, a las afueras de Londres; pero para los niños, era el mejor escenario para grandes aventuras y descubrimientos. Habían pasado muchas semanas dentro de la casa por causa del mal tiempo reinante y esa era la primera vez que salían.
La habitación de Stephen era casi tan grande como dos o tres de la servidumbre; dentro de ella había tantos juguetes que se perdía la cuenta y sin embargo, el niño no los utilizaba, prefería pasar sus tardes fuera, cosa que a su padre causaba grandes disgustos.
Stephen se trepó a un sauce torcido que nacía cerca de la orilla. Sus ramas colgaban sobre el agua y algunas de ellas la acariciaban formando surcos en la superficie grisácea y uniforme.

–¡Ven, Cat! –dijo él, trepando hasta las ramas más altas. Catherine lo miró desde abajo, con el ceño fruncido y cruzada de brazos. Se moría de ganas por subir, pero sus faldas se lo impedían. Además, si su madre la veía, le vendría un ataque.– ¡Desde aquí se ve todo!.
–Sabes que no puedo subir... –dijo ella en voz baja y tomó una piedra redondeada del suelo para arrojarla al agua. Al hacerlo, la piedra resbaló sobre la superficie, saltando, justo como su padre le había enseñado.
–¿Cómo hiciste eso? –preguntó Stephen desde las alturas. Catherine sonrió, orgullosa de poder hacer algo que él no.
–Es un secreto... –respondió tomando otra piedra. El niño se descolgó con agilidad hasta estar a su lado.
–No es un secreto, yo también puedo hacerlo... –dijo Stephen, sonando muy seguro de sí. Cat sonrió aún más.
–Muéstrame.
–No...
–¿Por qué?.
–Yo... Es que... –comenzó a argumentar, pero Catherine lo interrumpió.
–No sabes... es eso.
–¡No!, ¡Claro que sé! –con decisión, tomó una piedra y la arrojó. Ésta se hundió sin más. Él hizo una mueca. No estaba acostumbrado a que las cosas no le saliesen como deseaba– Es que esa piedra no era la adecuada...
–Sí, claro... –mustió la niña sin ocultar su diversión.
–Si eres tan buena... ¿Por qué no me muestras? –la retó él. Catherine se encogió de hombros.
–Muy bien –eligió otra piedra, y al lanzarla, ésta dio cuatro saltos. A Stephen no le hizo gracia. La niña se volteó para verlo.
–No es justo. Haces trampas –sentenció, testarudo.
–¡Claro que no!... Puedo enseñarte si quieres... –ofreció ella.
El niño la miró, intentando parecer molesto.
–¿De verdad?
–¡Si!, ¡Ven!. Mira: para comenzar, debes elegir...

No terminó la frase. Una voz grave y autoritaria resonó en las inmediaciones con un dejo fantasmal: “¡Stephen! ¡Regresa ahora mismo! ¡Sé que estás con esa pequeña salvaje!”. Ambos niños dieron un respingo y la sorpresa se leyó en sus rostros. Al instante corrieron a toda velocidad, de vuelta hacia la casa. Ellos sabían que tendrían problemas. El Sr. Bainbridge era un hombre de clase, muy estricto y despreciaba la idea de que su hijo menor se relacionase con el servicio más de lo necesario, pero en especial, detestaba a la pequeña Catherine y todo lo que con ella tuviese que ver. En contrapartida, su esposa, la Sra. Madeleine, era la única responsable por que la madre de la niña y ella, permaneciesen en la casa.
Cruzaron el jardín trasero a toda velocidad. Stephen saltaba los senderos de pensamientos, mientras que Catherine tenía que esquivarlos con torpeza, aplastando algunos es su camino. A mitad del trayecto, se toparon con la Sta. Ariadna, ella esbozaba una amplia sonrisa de suficiencia. Solo tenía dos años más que su hermano, pero con sus modales y forma de vestir, aparentaba mucho más, o por lo menos eso era lo que le decía todo el mundo. En esa ocasión, vestía un bonito vestido color rosa pálido y daba la impresión de que iría a dar un paseo, aunque probablemente solo había salido de la casa para atormentar a los pequeños, después de todo, Catherine sospechaba que esa integraba la lista de sus actividades favoritas; ocuparía el segundo puesto, justo después de “Aullar como perro malherido”.
–Padre te está buscando –dijo con tranquilidad, aún sonriendo con malicia que helaba la sangre de su hermano. Él sabía que su situación no era favorable, pero odiaba el hecho de que su hermana se regodease con ello.
–¿Escuchaste algo, Cat? –preguntó volteándose para ver a su amiga, quién jadeaba, tenía las mejillas llenas de color y el cabello despeinado, como si un ave hubiese decidido hacer un nido en él. Ariadna los miró con desprecio. Cat tomó aire.
–¿Escuchar? Yo no he escuchado nada... Aunque... ¿Eso no es un perro aullando? –preguntó la niña, sonriendo con malicia. Ariadna se puso tan colorada como un tomate, su mandíbula estaba tensa y los miraba con odio contenido.
–Sí, eso creo... Da igual. Vamos, Cat... –dijo Stephen, jalando su brazo, comenzando a correr nuevamente, dejando a su irritada hermana atrás, y riendo.

La diversión les duró poco tiempo, más exactamente hasta que llegaron a la puerta. Allí, de pie en lo alto de las escaleras, con gesto amenazador y cruzando los brazos sobre el pecho, se encontraba el Sr. Bainbridge. Unos cuántos pasos por detrás, se podía entrever a la mamá de Catherine, Grace: ella podría haber sido hermosa, pero en ese momento, con la cabeza gacha, el cabello recogido con un moño en la nuca y su vestido sencillo, desgastado, era difícil imaginarlo. Ella le dedicó una mirada de reproche a su hija, mientras el Sr. Bainbridge comenzaba con la perorata.
–¡¿Cuántas veces te he dicho que no debes salir?!. ¡¿Cuántas veces te he dicho que no debes juntarte con esta...?! –le dirigió una mirada de desprecio a la chiquilla y se volteó en dirección a la madre– ¡¿Se puede saber qué hace tu pequeño salvaje junto a mi hijo?! –exigió mientras la piel de su rostro se tornaba color rosa oscuro–. ¡Te dije que debías mantenerla alejada! –gritó. Grace bajó aún más su cabeza (si es que eso era posible).
–S-sí, ti-tiene razón, se-señor. Lo-lo s-siento. N-no volverá a ocurrir.
–¡Más te vale! Si aún quieres este trabajo, te recomiendo que no le saques el ojo de encima –espetó y se volvió de nuevo hacia su hijo, tomándolo por el hombro– ¡Muévete! ¡Estás haciendo esperar a la señorita Mew! –dicho eso, ambos desaparecieron tras la gran puerta de entrada.

Catherine caminó hacia su madre, un paso a la vez, como si se tratase de un animal desconfiado. Intentando parecer arrepentida. Grandes mechones de pelo castaño caían sobre sus hombros. Su mirada estaba clavada en el mármol blanco que conformaba el piso, mientras que sus manos retorcían un dobladillo de tela en su vestido rasgado. Su madre la observó con aire crítico, sin saber qué hacer con ella. Los rezongos no parecían surtir efecto, tampoco los castigos. Quizá después de todo el señor Bainbridge llevaba razón en sus palabras: la niña había nacido para ser un animalito. O quizá ella no sabía hacer el trabajo de madre. Suspiró.

–Vamos. Adentro. Quédate en la habitación hasta que... –se llevó una mano a la frente y cerró los ojos– Solo quédate allí... –su tono era firme, aunque cansado. Cat no discutió e hizo lo que su madre le dijo. No era lo peor que podría suceder, aunque definitivamente aborrecía el hecho de pasar encerrada en su habitación.



Stephen fue obligado por Miranda a cambiarse la ropa sucia antes de ir a la biblioteca para recibir sus clases. Él se sentía mal por Cat, había sido su idea el salir a jugar juntos. Sabía que si su padre decidía echarla él no podría hacer nada al respecto; al contrario de su madre, quién era la única capaz de mantener a la pobre mujer y su hija en el servicio, desde hacía ya diez años.

–Stephen. Tarde. No sé porqué no me sorprende... –la voz de la Sta. Mew se hizo notar apenas el niño entró a la habitación; como siempre, sonaba aburrida y cansada. Ella estaba sentada en una de las mesas, cerca de la ventana, mientras que la luz del sol entraba resplandeciente.

La Sta. Mew no tenía más de veinte años. Stephen no sabía ni le importaba nada sobre su familia, lo único que realmente podía decir, era que odiaba sus clases. Todas las tardes desde hacía ya un año, Stephen era obligado a estudiar toda clase de cosas inservibles. Por lo que tenía entendido, su padre planeaba mandarlo a una escuela en Londres cuando fuese mayor, así que estaba malgastando su tiempo estando allí, sentado, repasando operaciones matemáticas y leyendo inútiles textos, mientras que fuera, el sol brillaba con intensidad y el viento lo invitaba para despeinarle el cabello.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Sáb Ago 16, 2014 2:32 pm

Junio de 1886

La Sta. Emily se apresuró a bajar la escalera y poco le faltó para resbalarse y caer, sin embargo, el pequeño percance no logró borrar la sonrisa que se extendía por su rostro. Había correteado por toda la casa, dándole aviso a sus hermanas mayores. Mary Jane y Lorane reaccionaron exactamente como ella había deseado, Anne sin embrago no parecía demasiado emocionada, aunque eso tenía una justificación; ella estaba felizmente casada y la llegada de dos posibles pretendientes no le interesaba en lo más mínimo.
Su padre acababa de confirmarle la noticia: el respetado señor Bainbridge planeaba hacerles una visita por asuntos de negocios, y traería con él a sus dos hijos. Aunque la familia era nueva en el condado, todo el mundo sabía que eran gente con clase, importantes. En el pueblo no se hacía otra cosa que hablar de ellos. Por lo que Emily y Jane habían escuchado, el hombre era viudo, poseedor de una gran fortuna y además, estaba involucrado en la política.
Emily corrió con recato a través de los jardines, intentando no tropezar; al llegar abrió la puerta del invernadero y se precipitó dentro ignorando el olor, la humedad y el calor que ella tanto odiaba. El lugar daba la sensación de encierro, aunque en sí era de un gran tamaño. Todo allí dentro rebosaba vida, los colores se mezclaban confundiendo la vista.

–¡Kate!, ¡Kate!, ¿Dónde estás? –llamó con su voz cantarina–. ¡Tengo que decirte algo muy importante!
–¿Compraste un nuevo sombrero? –la voz de la otra chica se escuchaba con claridad, provenía de todos lados y a su vez de ninguno, sonaba aburrida. La espalda de Emily fue recorrida por un escalofrío aunque el calor la sofocaba.
–¡No! ¡Es...! –dio unos cuántos pasos y se detuvo, aún mirando en todas direcciones. Lo único que lograba ver era verde, algunas flores y tierra–. ¿Dónde estás? –preguntó, sintiéndose nerviosa.

En ese momento, una silueta gris apareció entre las plantas colgantes. Kate tenía las manos y rostro manchados con tierra. Su cabello estaba revuelto y descuidadamente recogido en un moño que comenzaba a desarmarse. Llevaba un vestido gris, liviano y muy poco favorable. Su expresión era plana.

–¿Qué sucede? –inquirió, acariciando una hoja ancha de color verde oscuro.
–¡No me lo vas a creer!... –Emily hizo silencio, esperando un signo de interés por parte de Kate, que nunca llegó. Decidió seguir hablando–. ¡Tendremos visitas! ¡Y de gran clase!
–¿Ah, si? –Kate siguió observando a la planta.
–¡Si! ¡Los Bainbridge! –Emily vio empalidecer a su hermana y pareció satisfecha–. Llegarán la semana entrante... Al parecer, padre y el Sr. Bainbridge, tiene unos asuntos de negocios que tratar –Kate literalmente se había convertido en una estatua. Una muy sucia por cierto– ¡Y eso no es todo!
–¿Ah... no? –la voz de la otra chica era algo apenas más alto que un murmullo. Emily estaba encantada con el efecto que producía su noticia, no había sido la mejor de todas, pero sí la más dramática.
–¡No! –exclamó–. ¡Él traerá a sus hijos! –Kate se aferró con fuerza a la mesa más cercana, sus nudillos se tornaron tan blancos como la leche.
–¿Hijos? –parecía estar a punto de desmayarse.
–¡Sííí! –canturreó antes de preguntar:– ¿Te sientes bien, Kate?
–S-sí, es solo... la sorpresa –al instante se enderezó.
–Te entiendo, ¡Es una gran oportunidad! ¡Irrepetible!... Me refiero... tu ya eres mayor... cada vez te costará más conseguir un esposo decente... –pero eso no era lo que le importaba, tenía problemas más grandes. Dejó de apoyarse en la mesa, intentando parecer normal–. Padre dice que son de muy buena crianza, el Sr. Bainbridge no escatimó en gastos a la hora de darles la mejor educación... –prosiguió acariciándose un rizo claro con la mirada perdida, soñadora.

Emily dejó de hablar porque Kate pasó a su lado como una exhalación, dejándola sola en la habitación de cristal. Ella refunfuñó, frustrada. Nunca había sido muy unida con la otra chica, de hecho, nadie en la casa lo era salvo su padre, desde que llegó junto a él, hacía ya trece años. El Sr. William había regresado después de un viaje de varios días a Londres, y traía una niña pequeña con él. Emily tenía cinco años en aquel entonces, pero recordaba con claridad el vestido ajado, el cabello despeinado callendo sin forma sobre los hombros, y sobre todo su mirada; ella caminaba con la cabeza en alto, observando a todos con curiosidad, pero había algo más... algo que anunciaba “Peligro”.
En cuánto llegó la noche, el Sr. William le explicó a su familia lo ocurrido: él había sido contactado por un orfanato en Londres. Al parecer, hacía poco tiempo había llegado allí una pequeña que alegaba ser hija de un tal Alfred Aldrich. Una de las monjas, la Hermana Matilde, conocía al Sr. William y creía recordar que él tenía un hermano, así que decidió investigar el asunto. Al llegar y comprobar la historia de la niña, William, supo que se trataba de ella y no tuvo corazón para dejarla allí, siendo ella sangre de su finado hermano. Muchas personas podrían llamarlo crédulo e iluso, pero él sentía que nada de eso era un truco, que esa pequeña era de verdad su sobrina, y de hecho pronto desarrollaron un gran afecto mutuo.
La Sra. Elizabeth, aunque un poco confusa, pronto entendió los motivos de su esposo y aceptó que la pequeña formase parte de la familia, haciéndola pasar por otra de sus hijas a los ojos de todo el mundo, y tratándola como a tal.
Durante los primeros días fue todo una hazaña lograr que Catherine hablase con alguien además de los señores Aldrich. En aquel entonces, Emily se sintió desplazada; había sido la más mimada de las hermanas, pero con la llegada de Kate todo cambió, ahora ella era el centro de atención, aunque no hacía nada por mantener el puesto y parecía realmente incómoda con todo el asunto. Pasaba horas y horas sentada junto a la ventana de su habitación, casi no comía y se empecinaba en utilizar sus viejas y andrajosas ropas. Por más que le preguntaban, no revelaba nada sobre su vida y apenas habló sobre sus padres: al parecer Alfred había fallecido hacía dos años y su esposa, Grace, sucumbió bajo una terrible enfermedad hacía menos de un mes. Por esa razón Catherine terminó en el orfanato, aunque ella se negaba a dar información sobre su antiguo hogar o posibles familiares.
William suponía que a su hermano no le había ido bien en la vida. Él abandonó el nido paterno muy joven para casarse con una muchacha de pueblo. Su padre no lo aprobaba, así que cuando Alfred salió por la puerta, con sus maletas, junto al coro de llantos y gritos, fue la última vez en que William lo vio. Saber que estaba muerto fue un gran impacto para él, siempre habían sido muy unidos. Siendo el único hijo varón, William había heredado todas y cada una de las propiedades pertenecientes a su padre cuando éste falleció.


Catherine llegó al despacho de su tío con las mejillas llenas de color por la reciente carrera. Rara vez necesitaba polvos o cualquier otra cosa para su rostro.

–¿Padre?, ¡Padre! –llamó, buscándolo en la habitación.
–Aquí estoy, Kate –respondió él con voz tranquila–. ¿Qué sucede? –estaba sentado en un sofá de orejas, color verde oscuro, tenía un libro delante y los lentes montados casi sobre la punta de su nariz aguileña.
–¿Es cierto?... –preguntó ella, sonando demasiado dramática. Pronto comprendió su error y modificó su actitud, serenando su expresión–. ¿Tendremos visitas?.
El Sr. William apoyó el libro sobre su regazo, obviamente interesado en la reacción de su hija.
–Si –dijo con lentitud–. La familia Bainbridge nos honrará con su visita dentro de dos semanas y una estadía de treinta días, pero... ¿Cómo...? –no terminó de formular su pregunta–. Emily ¿Verdad? –Catherine asintió, pálida, y él sacudió su cabeza, sonriendo, antes de suspirar–. Debí imaginar que no se mantendría en silencio durante mucho tiempo... De todos modos ¿Por qué tanto alboroto, querida? –preguntó. No había que ser muy perspicaz para notar el estado en el que se encontraba Catherine.

La chica se vio entre la espada y la pared. Ella no podía mentirle a su padre, él lo notaría, sabía leerla como a un libro abierto; pero tampoco podía decirle la verdad, ni siquiera podía considerarlo.

–Curiosidad –se limitó a responder, con el fantasma de una sonrisa inocente bailando en su rostro. El Sr. William la miró condescendiente y enarcó sus cejas.
–Puede que sea solo impresión mía, pero ¿Me estás ocultando algo? –preguntó con suavidad. Kate aferraba un trozo de tela del vestido entre sus manos, levantó su mentón en un gesto característico, que seguramente ella no notaba.
–No, claro que no, padre –tuvo mucho cuidado en no responder demasiado rápido, ni muy lento–. ¿Qué le hace pensar eso?
El Sr. William juntó sus manos con expresión pensativa.
–Estás actuando demasiado... raro... –concluyó él. Catherine se encogió de hombros con un suave movimiento.
–No veo qué está mal con mi comportamiento... –el Sr. William se dio por vencido y suspiró, acomodándose los lentes. Sabía que intentar discutir con la chica sería una enorme pérdida de tiempo, y en verdad no deseaba estar disgustado con ella. Si ocultaba algo, tarde o temprano lo sabría.
–Está bien, Kate –tomó su libro–. ¿Hay algo más que quieras preguntarme?
–No. Nada más.
–Muy bien –Catherine entendió el mensaje y se encaminó hacia la puerta. De todos modos ya no tenía nada más que hablar con su padre. Solo le quedaba esperar y afrontar lo que acontecería.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Dom Ago 17, 2014 1:10 pm

Abril de 1874

Los golpes en la puerta no cesaron.

–¡Cat! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Sal! –siseó Stephen desde el pasillo, dando miradas furtivas a cada lado. Estaría metido en muchos problemas si lo descubrían. Se acercó más a la puerta–. Por favor... –pidió en voz aún más baja.
–¡Vete! –respondió ella desde dentro de su habitación.

Estaba sentada sobre la cama, mirando el suelo, intentando controlar sus ansias de abrir la puerta y salir junto a Stephen. No quería que su madre tuviese más problemas. Desde que la Sra. Madeleine había muerto, su situación era aún más inestable (si es que eso era posible); Cat sentía que al más mínimo desliz estarían de patitas en la calle.

–¡Vamos! No seas así...
–¡No puedo! ¡Sabes que no puedo!. ¡Vete antes de que alguien te vea!
–Pero...
–¡No! ¡Tu no entiendes! ¡Vete! –¡No quiero verte!. Ella no se sentía capaz de decir eso, ni siquiera aunque fuese mentira. En todo el tiempo que conocía a Stephen, había aprendido a entenderlo, sabía que en el fondo él era muy sensible. Seguramente estaría destrozado por la muerte de su madre, pero obviamente no lo demostraba.
–...quiero mostrarte algo... –eso captó su atención. Se puso de pie y caminó hacia la puerta, apoyando una mano y su oreja en la madera.
–¿Qué cosa?.
–No puedo decirte.
–De todos modos no puedo ir... –también ella hablaba en susurros.
–Pero padre estará ocupado durante toda la tarde...

Silencio.

–¿Estás seguro?.
–Por supuesto. Tiene visitas.
–No se... –Cat cerró sus ojos, considerando las posibilidades. ¿Qué sería tan importante como para que él ignorase la orden se su padre. Tomó aire y habló nuevamente: –No. No iré. No insistas. Vete y déjame en paz –se alejó de la puerta.

Silencio.

–Está bien –¡¿Qué?! Debía traerse algo entr...–. Me quedaré aquí hasta que alguien me vea y le diga a padre –su tono de voz era seguro, decidido. Cat estaba estupefacta...
–Tu no podrías...
–Claro que si, nada me lo impide.

Catherine abrió la puerta de un tirón y lo miró con el ceño fruncido.

–¿Quieres que nos maten? –protestó.
–No, pero debemos darnos prisa.
–¿Qué...? –Stephen tomó su mano y jaló de ella antes de que pudiese terminar la frase. Pronto corrían hacia el patio y Catherine se olvidaba completamente de la promesa que le había hecho a su madre.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Dom Ago 17, 2014 1:13 pm

Junio de 1886

El día había amanecido inusualmente soleado. Las aves cantaban y ya se podía escuchar la usual discusión matinal de las mellizas. Kate se despertó y lavó su rostro con agua fresca, así como siempre lo hacía. Después, sin necesidad de ayuda, se vistió y peinó; ella lo prefería así, muchas veces sus padres le habían ofrecido conseguirle una dama de compañía, pero se negaba, le gustaba hacer las cosas por si misma, ser independiente, sentirse realizada con cada pequeña acción. Ese día nada en ella indicaba nerviosismo o incertidumbre, sin embargo no se podía decir lo mismo de sus hermanas. La habitación de Jane y Lorane era un verdadero caos: sus respectivas damiselas de compañía correteaban de un lado a otro de la estancia, acompañadas de un coro de gritos. Las pobres traían y llevaban vestidos, cintas, diferentes variedades de lociones y ungüentos caseros para el cutis. Mientras tanto, en la recámara de la señorita Emily la situación no era muy diferente: como siempre ocurría, ella no se decidía por un vestido que combinase con la tonalidad de su piel y el clima. Típico.
Pese a todo el alboroto, las hermanas bajaron para desayunar como habitualmente lo hacían. El comedor era pura vida mientras el servicio entraba y salía, llevando bandejas de un lado hacia el otro. Los Señores Aldrich eran los únicos que permanecían en silencio, en cambio Anne hablaba con su esposo sin prestar atención a los demás; las señoritas Jane y Emily intercambiaban opiniones sobre vestimenta, mientras que Elías y la Sta. Lorane discutían. Por su parte, Kate, se veía distante; habiendo terminado su desayuno, prefería mirar sus manos descansando en la mesa.
Poco después la familia se separó, tomando lugar en sus respectivos puestos. Elías encontró su oportunidad y decidió no desaprovecharla, se encaminó hacia los jardines, buscando idear una forma de molestar a sus hermanas. En tanto, Emily y las mellizas pegaban sus narices a las ventanas del salón de costura en la segunda planta, esperando con ansias divisar a los invitados primero que nadie. Todas ellas se habían producido a tal nivel que perfectamente podrían dirigirse a una fiesta de alta categoría. La señora Elizabeth observaba a sus hijas con diversión, mientras que William leía un libro. La Sta. Anne y su esposo dejaron la casa para regresar a la suya propia.
Kate estaba en el salón de baile, sentada al piano, sin tocar, simplemente mirando las teclas. Blanco. Negro. Blanco. Blanco. Negro. La falda de su vestido tapaba el banquillo donde estaba sentada, luciendo suaves tonalidades de celeste y beige; de no ser porque la Sra. Elizabeth insistió, ella no se lo hubiese puesto, y tampoco le habría dedicado tanto tiempo a su cabello. Al contrario de sus hermanas, no tenía ningún interés en exhibir una buena apariencia para los invitados. Es más, si su padre no la hubiese atrapado yendo hacia el invernadero, ella estaría allí, entre la tierra y plantas. Pero no quería causarle un disgusto, así que falta de algo mejor que hacer, decidió ir al salón dónde sabía nadie la molestaría. Con suerte podría evitar a los Bainbringe el resto del día y el resto de su estancia... pero creer eso la haría ser demasiado inocente.

Era ya media tarde cuando, mientras presionaba uno de los pedales, comenzó a tocar de memoria, dejando que sus dedos bagasen por el teclado, sin siquiera pensarlo demasiado. En todo ese tiempo no pudo eliminar las preguntas de su mente. Aunque exteriormente aparentaba tranquilidad y desinterés, el terror la consumía muy de a poco, desde dentro. ¿Qué tal si la reconocían?. Le gustaría pensar que sería diferente, que ella podría mostrarse fuerte y enfrentaría al Sr. Thomas de ser necesario... pero siempre existía un “pero”. Sin proponérselo, sus melodías se tornaron tristes mientras recordaba a Grace delirando a causa de la fiebre y se veía a si misma llorando junto a su cama. ¿Acaso ese dolor jamás se iría? Más de diez años habían transcurrido, y aún lo recordaba como si hubiese ocurrido ayer.
Bajo el encantador sonido del piano, pudo percibir un suave chirrido, algo que de seguro nadie más podría haber reconocido: el característico crujido de la puerta abriéndose. Habló sobre su hombro, apaciguando solo un poco la música.

–Elías. Ya te escuché. Será mejor que no vengas con ninguna de tus tonterías si no quieres sufrir las consecuencias... –advirtió mientras la sombra de una sonrisa curvaba la comisura de sus labios. Se detuvo completamente al no recibir respuesta. ¿Podrían sus oídos haberle jugado una mala pasada?. Literalmente le faltó el aliento cuando giró su cuerpo y miró sobre su hombro.

A medio camino entre la puerta y su actual posición había alguien, pero ese alguien no era su hermano. Él dio unos cuántos pasos, esbozando una amplia y encantadora sonrisa. La misma que solía utilizar siempre que se presentaba ante una chica. La misma que había encantado al resto de las hermanas Aldrich. Stephen estaba muy conforme con el efecto. Se inclinó ligeramente con una mano en la espalda, sin dejar de sonreír. Su cabello color canela se había oscurecido un poco y seguía tomando forma de ligeras ondulaciones en finos mechones. Aunque sus facciones no habían cambiado, ya no se mostraban tan suaves. Los pómulos y mentón se marcaban; pero sus ojos eran los mismos, con esa tonalidad ambarina que los caracterizaba y que Kate recordaba tan bien.

–¿Señorita Kate? –preguntó. A ella no le molestó que utilizase su nombre de pila ya que ante los ojos de todo el mundo, ese era su verdadero nombre. Pronto respiró y alzó su mentón, enderezando su espalda. Ese gesto logró ocultar su sorpresa y temor. ¿Era posible?... ¿Era posible que Stephen no la reconociese? ¿Aún después de todos esos años? ¿Había cambiado tanto? Él seguía siendo igual...
–¿Si? –preguntó con voz firme y cortante. Él sonrió aún más y se acercó.
–Es un placer conocerla –dijo–. Mi nombre es Stephen Bainbridge... –Catherine simplemente lo miró con aparente desinterés, mientras el aluvión de sensaciones era canalizado en su interior. Él, aunque desconcertado ante la falta de sonrisas y tartamudeos, no pareció incomodarse–. ¿Esperaba a su hermano? –preguntó, intentando llevar adelante una conversación normal. Kate no deseaba otra cosa que marcharse lejos.
–Supongo que mi advertencia no fue lo suficientemente clara para usted... –dijo con simpleza.
–¿Cómo dice? –Stephen realmente no sabía cómo tomarse aquello. Ella volvió a mirarlo con sus ojos oscuros, como el mar en una noche sin luna. Viéndolos más de cerca había algo turbio en ellos. Stephen pensó automáticamente en una tormenta.
–¿Acaso usted sufre de algún mal que no le permite escuchar con claridad? –preguntó. Su tono no indicaba nada más que preocupación, aunque no había que ser muy inteligente para entender lo que realmente quería decir. Ella debió recordarse no ser demasiado brusca. El chico no pareció molesto, sino más bien divertido.
–No. Me alegra decir que mis oídos funcionan perfectamente. Es más, puedo asegurar que su música es de lo más dulce que he escuch...
–¿Qué quiere? –bufó Kate, sin prestar atención al cumplido; temiendo no poder contenerse. Poco le importó el hecho de haber interrumpido al hijo de Thomas Bainbridge. El muchacho no parecía inmutarse por nada, y eso la molestó aún más.
–Bueno, yo pasaba por el pasillo –señaló la puerta con un gesto distraído–, y escuché la música. Al no encontrarse usted junto a su familia cuando nosotros llegamos, supuse que estaría aquí y decidí venir a presentarme –“Ohh, que bonito... lástima que me importe tan poco”. Pensó ella con amargura.
–Pues bien, ya cumplió con su cometido. Puede retirarse.
–¿Le molesta si le hago compañía? –la chica lo miró con una mirada que decía mucho y a su vez era intimidante. Volvió a alzar su mentón. Stephen realmente no pensaba con claridad, él solo veía un obstáculo difícil de salvar y no se detendría hasta conseguirlo.
–Sí, de hecho me molesta. Le agradecería que se vaya por donde vino y me deje sola.
–Está siendo un poco descortés, ¿No le parece, señorita Aldrich? –preguntó él con suma educación pero dejando entrever un dejo de diversión en su tono.

La verdad era, que nunca, ninguna joven lo había tratado así. Stephen era consiente del efecto que causaba en los demás y ciertamente jamás alguien (en especial no una chica) se había resistido a sus modos. Muchos podrían llamarlo engreído, pero él estaba totalmente convencido de que simplemente aprovechaba los dones que la naturaleza le había otorgado. Por su parte, Kate estaba que echaba chispas, jamás en todo ese tiempo se había detenido a pensar qué sería de la vida de Stephen y Dios sabía que jamás hubiese esperado verlo nuevamente; no desde que él se fue de la casa sin siquiera despedirse. Quería llorar, quería golpearlo, quería gritarle, recriminarle... ¿Por qué no podía reconocerla?... ¿Por qué se había marchado?... Pero se resistió. Tuvo la oportunidad de rehacer su vida como pocas personas pueden, no arruinaría todo por una tontería del pasado, y menos que menos por él.

–¿Yo? ¿Descortés?. Creo que es usted quien se está excediendo.
–¿Se puede saber qué he hecho para merecer este trato, señorita? –Stephen comenzaba a preguntarse por qué razón ella parecía tan molesta sin motivo aparente. Kate lo miró fijamente, recogió sus faldas con más ímpetu del necesario y se puso de pie frunciendo el ceño con decisión grabada en su rostro.
–Existir –se limitó a decir antes de emprender su camino hacia la puerta, con paso ligero. Stephen definitivamente no se esperaba esa respuesta, así que guardó silencio y la vio marchar.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Dom Ago 17, 2014 1:43 pm

Abril de 1874

–¿Otra vez, Grace? ¡¿Otra vez?! –gruñó el Sr. Thomas, escupiendo gotitas de saliva en el rostro aterrado de la sirvienta–. ¡Te estoy hablando! ¡Mírame! –Grace alzó apenas la cabeza para mirar a los ojos a su patrón–. ¿Cuántas veces veces tendré que decirlo? –ella no contestó y bajó la vista. Pronto recibió un golpe tan fuerte que trastabilló y calló al suelo mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos–. ¡Te advertí! ¡Te lo dije! –se agachó tomándola por el cabello–. ¡Esta fue la gota que colmó el vaso! ¡¿Me escuchaste?! –Grace no producía otra cosa que quejidos mientras su rostro se contorsionaba a causa del dolor– Te. Pregunté. Si. Escuchaste –su voz comenzó como un murmullo y terminó en un grito que atravesó el aire como una daga.
–S-s-sí... S-s-seño-or –murmuró entre sollozos–. N-no v-v-volverá a s-suceder... l-lo lo prometo... P-por f-f-favor no-o t-t-tenemos-s d-dónde i-i-ir... –él la dejó caer contra la alfombra de su despacho con expresión de desprecio.
–Lo sé... –dijo con simpleza. Su rostro había cambiado nuevamente; se mostraba seguro y tranquilo. Inspiraba terror–. Ya aprenderá ese pequeño simio...
Comenzó a caminar antes de que la sirvienta pudiese entender. Cuando él llegó a la puerta, la mujer se puso de pie y corrió en su dirección, llorando aún más.
–¡No! ¡Por favor! ¡Se lo ruego! ¡Es solo una niña! ¡Ella no sabe...! –se atragantó con las palabras. Recibió una bofetada y se dejó caer de rodillas, aferrándose a los pies del Señor.
–¡Sólo tenías un trabajo! ¡Mantenerla alejada de mi hijo! –él alzó la voz, pero pronto se recompuso–. No es mi culpa que no sepas criar a esa cosa que llamas niña.
Grace imploró, lloró y se arrastró, pero eso no impidió que el Sr. Thomas cerrase la puerta con llave y la dejase deshecha en el suelo. Podría haberle explicado lo que Catherine le había dicho: que era el pequeño quién la buscaba cada vez; pero eso solo haría las cosas más difíciles. Solo le quedaba esperar allí y rezar para que él no fuese demasiado duro con la pequeña. Nada de eso hubiese ocurrido meses atrás, desde que la Sra. Madeleine había muerto, su esposo se había vuelto mucho más estricto y violento.



Catherine estaba sentada sobre su cama con lágrimas surcándole el rostro. Esa vez sí que lo había arruinado. No debió haberle hecho caso a Stephen, no debió ir con él. Entonces había parecido una buena idea, el Sr. Thomas estaba encerrado en su despacho junto a un invitado, él nunca se enteraría, no tenía cómo. Pero sí se había enterado, y ahora su madre tenía problemas, y muy serios.
En ese momento se abrió la puerta y Cat saltó sobre sus pies, preparándose para pedirle perdón a Grace. Pero quién entró por la puerta no era ella. El rostro del Sr. Thomas era una máscara perfectamente armada para no develar ningún sentimiento. Pero sus ojos no decían lo mismo, se podía ver cuánto odio emanaban. Él se acercó, ella dio un paso hacia atrás mientras el miedo la consumía. Pensó en gritar, pero ¿Quién le llevaría la contraria al señor de la casa cuando la Sra. Madeleine se había ido?. Estaba perdida. Cuando quiso darse cuenta él había tomado su brazo y jalaba de ella.

–¡Suélteme!.
–Tu vienes conmigo, pequeña bestia... –fue lo único que dijo.

No hubo caso, nada de lo que ella hizo o dijo dio resultado. No sabía hacia dónde la llevaba. Por último decidió que con gritar no perdía nada, así que lo hizo hasta que sus pulmones y garganta dolieron. ¿Dónde estaría su madre? ¿Sabría ella lo que estaba sucediendo?.
A mitad del camino, alzó la vista hacia las escaleras que pasaban por encima de ellos, y lo vio. Stephen asomaba su rostro entre los barrotes del pasamanos y una rara expresión se reflejaba en su rostro. Cat no pudo apartar la vista. No se animó a llamarlo por su nombre, el Sr. Bainbridge sería capaz de hacerle cualquier cosa; así que se limitó a seguir pidiendo ayuda, pero el niño no se movió de su lugar.
Llegaron a la puerta de sótano. Si antes Catherine tenía miedo, en ese momento no había ninguna sensación que expresase su estado.
Él gritó mucho, maldiciendo y despotricando contra ella y su madre. La golpeó hasta que en un momento dado, ya fuese por el dolor o algún proceso más complejo, perdió el conocimiento. Antes de fundirse con la oscuridad escuchó voces... ¿Su madre? ¿Algún otro integrante del servicio?, ¿Stephen?... nunca podría adivinarlo...

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Lun Ago 18, 2014 5:44 pm

Junio de 1886

Para su desagrado, no le permitieron cenar en su habitación. Elizabeth fue especialmente a hablar con ella, escuchó todas y cada una de sus excusas, y al final fue muy clara:

–Bajarás a cenar con todos nosotros. Sigo sin entender porqué razón te comportas de este modo, pero prometí que no intentaría obtener más información de la que tu nos des, y una promesa es una promesa. Sin embargo, si no quieres causarle un disgusto a tu padre y a mi, sabes lo que debes que hacer... Es solo la cena, se irán dentro de poco tiempo... Por favor, compórtate ¿Si? –Elizabeth tenía algo, Kate nunca supo el qué, pero lograba convencer a todo el mundo con unas pocas palabras y sonrisas amables. Con el tiempo Kate había adquirido cierta inmunidad, pero no siempre le funcionaba.

Si había algo de lo que Kate se enorgulleciera era su seguridad, muchas personas podrían llamarla terca, y puede que ese fuese un adjetivo válido, pero ella, antes que nada se consideraba segura de sí, segura de sus acciones y decisiones. Por eso, si tenía que bajar a cenar, lo haría a su modo y con sus propias reglas. Consideró llegar tarde, pero eso solo haría que todas las atenciones recayesen en su persona; así que finalmente tomó un delgado tomo sobre botánica, su última y más preciada adquisición, y bajó con él debajo del brazo.
Entró al comedor mucho antes que los demás, tomó su asiento habitual al lado izquierdo de la mesa vacía y abrió el libro dispuesta a que éste mejorase su humor. Minutos más tarde se escucharon voces en el pasillo y poco después éstas inundaron la estancia. Una mano rozó su hombro, Kate alzó la vista para encontrarse con la sonrisa de su padre. Obviamente él no esperaba que ella bajase. Pudo sentir la mirada de los invitados clavados en su espalda. Ella simplemente le devolvió la sonrisa y volvió a fijar la vista en su libro; pudo reconocer sobre el murmullo general, una voz que le heló la sangre. “Tu vienes conmigo, pequeña bestia...”. Pese a que había intentado con todas sus fuerzas olvidar esas palabras, la frase se hizo abrió paso dentro de su mente, destruyendo todo en su avance. Kate sintió cómo se desmoronaba poco a poco: su seguridad, indiferencia, fuerza... todo caía y era sustituido por miedos e inseguridades. No sabía qué hacer, se paralizó. ¿Huir? Muy evidente. ¿Excusas? No sería capaz de idear una lo suficientemente buena.

–Y les presento a mi hija, la señorita Kate... –ella no se dio por aludida, ni siquiera escuchó las palabras de su padre–. ¿Kate?
–¡Kate! –susurró Emily a su lado, dándole un pequeño golpecito en el brazo. Kate dio un respingo saliendo de su ensimismamiento y el libro cayó al suelo con un ruido sordo.
–Kate –su padre la miraba, preocupado–, ¿Te encuentras bien? –ella se obligó a sonreír y asintió con su cabeza al mismo tiempo.
–Sí. Sí, claro –ya todos estaban sentados, esperando a que el servicio trajese la comida. La mesa se mostraba inusualmente llena, cinco de los asientos que por lo general permanecían vacíos, estaban ocupados.

A Kate se le hizo un nudo en la garganta. Todos la miraban. En la cabecera, como siempre, estaba su padre, la preocupación se reflejaba en su rostro. A su izquierda, Elizabeth lucía la misma expresión que su esposo. Justo frente a ella, el Sr. Thomas Bainbridge observaba con interés, al igual que sus cuatro hijos, sentados a su lado. Kate pudo reconocer los rostros de Thomas, Ariadna, Felicia y Stephen, todos ellos habían cambiado mucho. Thomas era todo un hombre, Stephen seguía igual que como Kate lo recordaba, bastante más alto, pero con los mismos ojos brillantes, y Ariadna, aunque cambiada, seguía luciendo su usual expresión soberbia; sin embargo, a quién le costó reconocer fue Felicia. Kate no tenía un recuerdo muy claro de ella, pero se notaba que había crecido, aunque aún había un dejo aniñado en sus facciones.
En su propia derecha se encontraban las mellizas, luciendo radiantes, como siempre; en la izquierda Emily reía disimuladamente, y más allá de ella, Elías observaba la situación con expresión aburrida. Kate se olvidó completamente del libro mientras su padre seguía hablando.

–Como decía –prosiguió–: Les presento a mi hija, la Sta. Kate... –ella asintió y sonrió, rígida, como si se tratase de una estatua que repentinamente había cobrado vida.
–Es un placer conoceros... –murmuró, paseando su vista a lo largo de la mesa, sin ver realmente a sus invitados. Ellos, aunque curiosos, no parecieron reconocerla.
–Lo mismo digo, Sta. Kate –fue el Sr. Bainbridge quién habló. Sonó cordial y civilizado, quizá hasta amable; nada en él se parecía al recuerdo que Kate tenía. Sus hijos asintieron al mismo tiempo, con cortesía. Ella aún quería huir lejos de ese hombre, sentía como el miedo la paralizaba–. Espero no parecer entrometido, pero ¿Hay alguna razón por lo que no nos hayamos visto antes? –preguntó con cierto tono despreocupado, como si realmente no le interesase la respuesta. El cerebro de Catherine trabajaba a toda máquina.
–Yooo... –¿Qué podía decir?, ¿Me quedé dormida?, ¿Me sentía indispuesta?. Llevó dos dedos y acarició la zona entre sus cejas, cerrando los ojos con delicadeza y negando lentamente, en un gesto que reforzaba lo que diría–: Es que decidí tocar un poco y se me fue el tiempo... –sí, no era que la verdad, pero el Sr. Bainbridge pareció satisfecho, hasta esbozó una amplia sonrisa. Kate se animó a mirar a sus padres, ambos se mostraban tranquilos, aunque ella sabía que William le haría unas cuantas preguntas más tarde. Se encontró, inconscientemente, mirando de soslayo a Stephen, su rostro no decía mucho, pero sus ojos, oh, el modo en que éstos se entrecerraban Kate lo conocía muy bien; él sospechaba. No había cambiado tanto después de todo.
–Entiendo... –se hizo un silencio poco prolongado–. Bien, creo que no le he presentado a mis hijos: el mayor, Thomas –el aludido asintió con algo parecido a una sonrisa–. Ariadna –ella miró a Kate con recelo, como si se tratase de un animal desconocido para la ciencia–, Stephen...
–Es todo un placer conocerla, Señorita Kate –dijo interrumpiendo con clase las presentaciones. Una sonrisa burlona bailaba en su rostro. Kate no respondió, simplemente intentó no abrir la boca y decir algún disparate. “Soportar la cena, sólo eso” se repitió mentalmente.
–Y cómo decía, mi hija Felicia –la chica sonrió con calidez, realmente era muy parecida a su madre. Kate le devolvió el gesto con simpatía. El Sr. Bainbridge juntó sus manos sobre la mesa, haciendo que los dedos de cada mano se rozasen. Obviamente no planeaba dejar en paz a Kate.
–Así que por lo que tengo entendido usted...

Para el alivio de Kate, él no pudo terminar la frase, pronto las puertas de abrieron de par en par, recibiendo hilera tras hilera de empleados cargando toda clase de fuentes con los más variados alimentos. La cena transcurrió en silencio, o todo el silencio que pueden hacer once personas comiendo. La comida, como siempre, era deliciosa; Kate se sirvió una buena ración de puré de patatas con carne mechada y verduras, pese a que había otra gran cantidad de manjares que podría haber elegido. Ella prefería comer sencillo, y más aún si la razón de tal menú era la visita de los Bainbridge.
Cuando hubo terminado, pidió permiso para retirarse y así lo hizo, tan rápido como le permitieron sus piernas. Antes de irse a dormir, recordó bajar al invernadero pese a que lo tenía prohibido a tan altas horas. No pudo resistirse. Aunque había ideado un sistema bastante efectivo para mantener sus plantas hidratadas, le gustaba ir a verlas por lo menos una vez al día. Recorrió las mesas acariciando con cuidado las hojas y deteniéndose cada poco para examinar una mancha o eliminar algún insecto. Demoró en regresar a su habitación, pero eso no fue digno de recordar.



Kate no pasó una noche tranquila, aunque a la mañana siguiente no logró recordar, sus sueños habían sido un tanto perturbadores. Al levantarse se sintió cansada, como si hubiese pasado todo el tiempo corriendo de un lado a otro, aunque solo fuese en sueños. Se lavó el rostro, cepilló su cabello y vistió. Era un poco tarde, quizá podría saltearse el desayuno después de todo. Justo cuando se dirigía hacia la puerta, ésta resonó bajo el toque de unos nudillos; Emily había sido la elegida para convencer a su hermana de bajar sin mayores complicaciones. Kate no demoró en abrir, pero Emily ya se preparaba para golpear nuevamente. Ella lucía un bonito vestido rosa viejo y una gran sonrisa en el rostro.

–¡Hola, Kate! –saludó.
–Hola. Emily –ella pronunció las dos palabras por separado, vocalizando con lentitud. La otra muchacha no pareció percatarse del estado de su hermana.
–Ya todos están bajando para desayunar –informó con ánimo.
–¿No es un poco tarde? –la decepción se notaba en su tono.
–Así es, pero padre y el Sr. Bainbridge fueron a dar un paseo y se les hizo tarde...
–Oh... –eso lo explicaba todo, y a su vez le daban ganas de chillar con fuerza, aunque de darse la oportunidad nunca lo haría.

Emily tomó su brazo y jaló de ella fuera de la habitación antes de que pudiese hacer algo al respecto. “Para ser tan menuda y delicada, posee gran fuerza” pensó para sí, Kate.
Durante el trayecto, ella intentó idear posibles escusas, pero nada era lo suficientemente bueno. Kate no era muy afín a mentir, no por alguna compleja razón moral, simplemente le costaba horrores y gran parte de las veces era descubierta; a no ser que la mentira involucrase a su pasado, siendo así, éstas salían más fácil que respirar. Aunque su secreto para el triunfo no consistía enteramente en mentir, ella lo veía más como un complejo tapiz hecho a base de ocultar, modificar hechos y engañar, todo cuidadosamente entretejido con el único objetivo de mantener al pasado lejos, en un lugar donde no afectase su delicado presente.
Y en el momento en que escuchó la noticia de que los Bainbridge llegarían como invitados, pudo sentir claramente cómo alguna clase de ente encargado de que las cosas en el universo fuesen lo más complicadas posible, jalaba muy despacio los hilos, desarmando el tapiz que con tanto esfuerzo logró elaborar.

–Buenos días, señoritas... –una voz, la voz que tanto temía, habló tranquilamente.

Kate levantó su cabeza. Habían entrado en el comedor, los Bainbridge estaban todos sentados, en los mismos lugares que ocuparon durante la cena. También estaban allí sus hermanos y Elizabeth. Lo primero que buscó Kate, fue a el Sr. Bainbridge, él acababa de saludarlas y en ese momento parecía absorto, hablando con Elizabeth. Esa vez las mellizas conversaban tranquilamente con Felicia y Ariadna, rápidamente Emily se unió a la conversación, seguramente nada serio, como era de esperarse. La cabecera de la mesa estaba vacía, cosa extraña, su padre no solía hacer esperar a los invitados, debía tratarse de algo realmente importante. Elías ocupaba el lugar al lado de Thomas, Kate tuvo que mirar dos veces para entender que, al igual que los demás, disfrutaban de una conversación entre risas y susurros; eso sí que era raro.
Ella tomó asiento dubitativa, como pocas veces se la había visto. Lamentó en silencio no haber traído un libro para entretenerse mientras tanto. Pasaron los minutos. Las conversaciones parecían cada vez más animadas, nadie se mostraba preocupado por la ausencia del Sr. William y mientras tanto, Kate, se dedicó a mirar sus manos y juguetear con algún mechón de cabello que, ocasionalmente, se escapó de su moño.
En cierto momento, alzó la vista, recorriendo la mesa y, sin siquiera pensarlo, buscó a Stephen. Él parecía tan aburrido como Thomas durante la cena, y se le veía ajeno a las miradas coquetas que le lanzaban las chicas (en especial Lorane y Emily). Por un momento pensó que era mejor así, pero pronto él la miró, como si ella lo hubiese llamado. Kate apartó la mirada, justo cuando Stephen le sonreía. ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué sin proponérselo lo buscaba? ¿Podía el desprecio ser culpable? ¿O se trataba de algo más complejo? Como el rencor acumulado durante años...
Transcurrido cierto tiempo (que Kate no se molestó en llevar la cuenta), el Sr. William se sentó en su lugar en la cabecera de la mesa. Pronto, los criados entraron con platos llenos de comida y todo el mundo en la mesa salió de sus respectivas atmósferas para integrar una generalizada que no duró demasiado.
Kate se sentía ajena a todo aquello. Su mente vagaba lejos. Lejos de su casa. Lejos de los Bainbridge. Lejos de todo. Tan lejos que se perdía en las montañas de verdes pastizales y, al momento siguiente, emergía dentro de un mar de lianas; en un lugar donde los problemas no formaban parte de su vida.
El desayuno se dio por acabado y Kate se deslizó fuera de la mesa antes que nadie. A mitad de su escape, la Sta. Ariadna intervino (viéndose sumamente encantada) para informarle sin disimulo alguno y arrugando la nariz, que el borde de su vestido estaba manchado. Kate miró dónde la otra chica había indicado, y era verdad, había una larga mancha de tierra. No hizo ningún esfuerzo para limpiarlo, después de todo, aquel era el vestido que utilizaba habitualmente cuando sus padres no la obligaban a “vestirse como una señorita”.

–Soy consciente de ello, Sta. Ariadna; pero debo admitir que ha logrado sorprenderme. Viendo su expresión por un momento creí que se trataba de una mofeta y no de una mancha de tierra... –Kate habló con voz plana y una falsa sonrisa cordial en el rostro. Después, siguió su camino sin mayores contratiempos. Sabía que más tarde sus padres la reprenderían por su comportamiento, pero en ese momento, ella solo quería alejarse de la arpía.

Antes de apartarse de la escena, le pareció escuchar una suave risita, pero no se volteó para comprobarlo, ni intentó identificar a quien pertenecía. Posiblemente fuese solo un parecer suyo.


Kate giró sobre sus talones, alerta. Esperó unos segundos en silencio.

–Elías... Sé que estás allí... –dijo ella con una sonrisa condescendiente en su rostro. Su hermano salió de detrás de una mesa, haciendo un mohín.
–¡Pero si no he hecho ruido! –se quejó–. ¿Cómo supiste?.
–Resulta que nunca me he encontrado con una planta que cruja sus zapatos al caminar... en realidad creo que nunca he encontrado ninguna planta que camine... o utilice zapatos... y en todo caso, sería más silenciosa que tu... –hizo una pausa, aún mirando a Elías– Pero ese no es el punto, ¿Qué haces aquí? –ella ya sabía la respuesta, pero quería escucharla de los labios de su hermano.

Él se encogió de hombros, aparentando despreocupación, pero en realidad se lo notaba bastante tenso. Kate lo había atrapado con las manos en la masa.

–Nada... –pateó algo en el suelo, distraído. La chica no logró identificar de qué se trataba, y decidió restarle importancia.
–Solo pasabas por aquí, ¿No es así? –preguntó Kate, con tono socarrón. Elías parecía estar considerando sus posibilidades. Finalmente miró sobre su hombro en dirección a la puerta, como asegurándose de que nadie lo escuchaba.
–No le digas a nadie ¿Si?
–Eso soy yo quién lo decido... –repuso su hermana. No le gustaba nada, pero sabía que ella no lo dejaría marchar si no le contaba la verdad... y por alguna clase de don sobrenatural, Kate sabía cuando él mentía.
–Tu haces abono... ¿No es así? –era una aseveración, no una pregunta.
–Ya sabes que así es. No sé porqué preguntas, y no veo cómo eso responde mi pregunta –Elías rodó los ojos, aunque su madre le tenía prohibido tal gesto.
–Y yo que creí que no te habías vuelto aburrida del todo... –repuso él negando con la cabeza, mientras una sonrisa traviesa hacía que la comisura de sus labios se alzase.

A Kate no le costó entender a dónde iba dirigida la conversación. Aunque aparentase cierto nivel de madurez, aún tenía una mente activa en el rubro de las bromas. Sonrió un poco...

–Bien... –el rostro de su hermano se iluminó–. ¿Cuál es el objetivo?
–Kate... ¡No puedo decirte! ¡Es una sorpresa!
–¿Cómo sé que no se trata de una trampa? –Kate confiaba plenamente en Elías. Ella le había enseñado mucho y él era el mejor compañero que jamás pudo haber tenido. Si no contaba a Stephen; pero ese era un tema a parte. Al ver la expresión ofendida del niño (o quizá ya no tan niño), ella sonrió–. Estoy bromeando... –suspiró, inhalando el delicioso aroma a vida que se mezclaba en el aire–. Lo que buscas está junto a las caballerizas –señaló un punto, justo en el extremo opuesto del invernadero–. Por favor, ten cuidado, no te ensucies más de lo necesario y utiliza tus recursos con sabiduría...
–¡Gracias! –Elías prácticamente corrió hacia la puerta mientras decía: –¡Ya verás! ¡Será perfecto!.

A mitad de camino, Kate habló y Elías se detuvo un momento.

–¿Cuándo será el espectáculo?.
–Mmm... –él se llevó un dedo al mentón, dando pequeños toquecitos, pensativo–. Ya lo verás... pero prometo que pronto...

Dicho eso, se marchó y Kate siguió al cuidado de sus plantas.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Sáb Ago 23, 2014 4:53 pm

Abril de 1874

–¡Pare, padre! ¡Pare! ¡La matará!

El Sr. Bainbridge levantó su cabeza, preguntándose quién sería capaz de contradecirle. No le gustó lo que vio.

–¡Vete!. ¡Lo que yo hago con el servicio no es asunto tuyo!. ¡Largo de aquí!, ¡Fuera! –vociferó.
–No.
–¿¡Qué!?.
–Dije que no –la voz de su hijo no tembló al repetir las palabras, sin embargo, el Sr. Bainbridge estaba perdiendo la paciencia.
–Vete si no quieres terminar como ella... –dirigió una mirada repulsiva a la pequeña silueta acurrucada en el suelo.
–¿Me está amenazando, padre? –el chico no parecía temerle, y eso hizo que su padre tuviese miedo. Miedo de que todo se le saliese de las manos. Miedo de perder el control–. ¿Qué diría madre si ella viera esto? –el Sr. Bainbridge estaba fuera de si. Caminó hacia su hijo, dudando, y le proporcionó un sonoro golpe en el rostro. El chico trastabilló, llevando una mano hacia su mejilla, mas no cayó.
–¡No hables de tu madre! ¡No sabes nada sobre ella! ¡Tu no la conocías...! ¡No como yo!.
–¡La conocía lo suficiente como para saber que nunca podría haber amado... –parecía no tener palabras para describir la situación, pero la confusión no duró mucho tiempo– esto...! –esa simple palabra fue veneno puro.

El chico avanzó hacia su padre con paso decidido y los puños apretados a cada lado de su cuerpo. La escena podría resultar cómica: el gran hombre de la casa, monstruo por naturaleza, siendo intimidado por su pequeño hijo, luciendo inseguro y temeroso al igual que un elefante siendo acorralado por un ratón diminuto.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Sáb Ago 23, 2014 4:54 pm

Junio de 1886

Los días pasaban, remolones y sin demasiadas novedades. En el correr de la semana, ambas familias fueron invitadas a una fiesta a la que aceptaron ir, eso proporcionaba algo de entretenimiento extra a los invitados, quienes estaban algo desacostumbrados al poco movimiento social de la zona. Kate consiguió evitar a los Bainbridge la mayor parte del tiempo (era sencillo cuando vivía metida en el invernadero, el salón de baile, los establos y su habitación), pero no consiguió evadir a Stephen, quién aparecía en todas partes, a cada momento y sin aviso previo de ningún tipo.
En una de las ocasiones, la noche había caído y Kate se deslizó en los establos para recoger estiércol y llevarlo al invernadero para hacer abono. Esa tarea podían realizarla, sin mayor esfuerzo, los empleados encargados de mantener el lugar limpio. Pero como siempre, Kate, prefería hacer las cosas por su cuenta. En cuánto entró, estuvo a punto de sufrir un susto de muerte.

–¿Qué hace aquí? –la voz con tono de reproche logró que Stephen y el caballo diesen un salto, sorprendidos. Al voltearse se encontró con el rostro malhumorado de Kate, fruncido en una fea mueca.
–¡Señorita Kate! ¡Que gusto! –dijo él, sonriendo como siempre. Hizo una pausa, frunciendo levemente el ceño, como si estuviese pensando algo–. Creo que su pregunta puede funcionar para ambos... ¿Se puede saber a que debo su presencia, siendo tan altas horas de la noche?

Kate lo apuñaló con la mirada. Ella llevaba la vestimenta que usualmente utilizaba el servicio, y cargaba con dos baldes vacíos, sucios. Dio varios pasos en su dirección, aún mirándolo fijamente. Stephen seguía sin entender a qué se debía tal antipatía por parte de la muchacha; nunca hablaron más que unas pocas palabras, y sus ojos oscuros se limitaban a mostrarse fieros y agresivos. Ella no contestó.

–¿Puedo ayudarla con algo? –agregó Stephen, señalando con un gesto de su cabeza los baldes y dejando de acariciar el morro del caballo.
–No –ella caminó hacia él, pasó a su lado y siguió, sin decir nada más.
–¡Sañorita Kate! ¡Espere! –Stephen trotó tras ella y, remangando su camisa, le arrebató uno de los baldes. Ella forcejeó. “Suelte. ¡Déjeme en paz!”, protestó, pero no tuvo efecto alguno.
–¿Qué se propone? –preguntó, molesta y deteniéndose abruptamente.
–¿Proponerme?. Nada. Solo quiero ayudar.
–Pues resulta que yo no quiero, ni necesito ayuda... –espetó.
–Eso es lo que usted cree... Vamos, no se lo tome a mal, solo intento ser amable...
–¿Amable? Sólo consigue retrasarme. Como bien dijo, es tarde ya y tengo cosas que hacer. Si fuese amable dejaría de mortificarme y se iría a la cama –dicho eso, siguió su camino. Stephen marchó tras ella, hasta darle alcance. Kate deseó no haber hablado.
–Usted sigue sin contestar mi pregunta... –continuó él. Kate no lo miró, simplemente tomó una pala y comenzó a llenar el balde, intentando no respirar–. Pfff... –Stephen se tapó la nariz con el antebrazo–. ¿Cómo puede usted soportar esto?

Kate terminó, dejó el balde apestoso a los pies del muchacho, tomó el que él llevaba sin delicadeza, e hizo lo mismo que con el anterior. Al terminar, miró a Stephen con diversión.

–¿Sigue queriendo “ayudarme”, o planea ser más estorbo de lo que realmente es? –“Si es que eso es posible”, pensó Kate.

Stephen no tuvo miramientos en tomar ambos baldes por sus respectivas asas y comenzar a caminar con decisión. Aunque ese gesto no logró impresionar a Kate (pues ella sabía que el chico era un cabeza dura de los buenos), durante un momento, pudo pensar que ese era el Stephen que ella conocía; descartó la idea tan rápido como surgió, su Stephen había dejado de existir hacía ya diez largos años. Pronto él se detuvo, obviamente desconcertado.

–¿A dónde se supone que debo llevar esto? –los labios de Kate se crisparon apenas, pero pronto lo sustituyó por un audible suspiro, acompañado con una mirada al cielo.
–Ciertamente, creí que no llegaríamos a este punto –murmuró–, ¿Usted a dónde cree que llevaría yo dos baldes repletos de estiércol? –preguntó, no sin que algo de sarcasmo se colase en su voz.
–Mmm... No lo sé... –Kate siempre intentaba mantener una distancia prudencial con el muchacho, pero en ese momento, ni siquiera la prudencia podía salvarla del olor que los baldes emanaban–. ¿Quizá a la habitación de sus hermanas?
–¿Por qué lo dice? –frunció el ceño. Ella no era la defensora de las almas inocentes, pero tampoco dejaría que ese tonto hablase mal de sus hermanas. Él demoró un poco en contestar.
–No lo sé... Tengo entendido que hay una especie de mascarillas para el rostro hechas de...
–Lodo –interrumpió ella de mala gana.
–Oh, sí, bueno...
–No sé a quién podría ocurrírsele untarse estiércol en el rostro. Sólo en su mente ocurren esas cosas...
Stephen se encogió de hombros y sonrió despreocupadamente.
–Las jóvenes usáis tantas cosas raras para estar más bellas que no me extrañaría si el estiércol estuviese dentro de ellas...
Kate hizo una mueca como si no pudiese creer cuán absurdo era lo que acababa de escuchar, negó con la cabeza y comenzó a caminar sin mediar palabra, pasó a su lado y siguió hasta el invernadero. Él, a falta de un mejor lugar a dónde ir, la siguió.

Poco después, y sin hablar en absoluto, llegaron a la espaciosa habitación de cristal. Kate abrió la puerta, no por cortesía, sino porque quería evitar un desastre pestilente. Ella pudo ver cómo él miraba hacia todos lados mientras seguía sus pasos, cauteloso, como si entendiese que se encontraba en terreno enemigo; pero había algo más... Durante un segundo ella pensó en advertirle sobre el lodo cerca de dónde él iba a pasar, pero lo esquivó sin necesidad de aviso alguno, y eso que ni siquiera estaba mirando el suelo. Sus ojos no se apartaban de las mesas, estanterías y macetas colgantes.

–Vaya... –mustió. Kate no sabía a qué venía eso. Sólo quería que él se marchase de una vez. No le gustaba que Stephen estuviese allí. Ese era su lugar espacial.
–Puede dejar eso junto a aquella mesa...

Él así lo hizo y pronto regresó a su lado, sin dejar de contemplar el entorno. Kate se sentía ansiosa y molesta. Stephen estaba pensando en algo que decir, nunca le había costado tanto encontrar las palabras adecuadas; tenía entendido que Kate, “señorita Kate”, se corrigió, era quién se encargaba del lugar, pero si él le decía algo como: “Hace usted un excelente trabajo aquí” ella podría sentirse incómoda.

–Es este un bello lugar, señorita –se decidió por una opción más amplia.
–Gracias –contestó automáticamente Kate, sin reparar en su error y clavando la vista en un voluminoso helecho.

Stephen alzó ambas cejas, parte de la actuación, aunque realmente lo sorprendió una reacción tan... pacífica. En esos últimos días había confirmado su teoría de que ella realmente lo odiaba, pero eso no había evitado que él intentase contrarrestarlo. Sonrió y Kate comprendió su error.

–Así que a eso se dedica... –técnicamente él ya lo sabía, pero eso no evitó que representase su papel muy bien. Kate sintió cómo la sangre invadía su rostro y no juntó las fuerzas necesarias para mirarlo a la cara.
–Se puede decir que si...
–Pues debo admitir, tanto si me lo permite como si no, que ha hecho un magnífico trabajo.

Kate no tuvo tiempo de contestar, Stephen se encontraba a unos pocos metros de distancia en un momento y, al siguiente, de algún modo, se las arregló para terminar sentado en el suelo y llevar a Kate consigo. Ella profirió un chillido de sorpresa cuando sus pies cedieron y su cuerpo colisionó con el suelo de tierra.
Una sonora carcajada se abrió paso en el reinante silencio. Kate, aún aturdida, tuvo algunos inconvenientes para identificar la fuente del sonido. Ella había aterrizado justo sobre las piernas del muchacho, y podía sentir cómo éstas se sacudían levemente. Cuando lo miró y sus ojos se acostumbraron a la escasa iluminación, tuvo que llevarse ambas manos a la boca para no reír también.
Stephen estaba a medio camino entre acostado y sentado. Su cabeza caía hacia atrás y tenía ambos brazos apoyados a los lados. Justo debajo de él, se extendía un gran charco de fango, el mismo charco sobre el que Kate había pensado advertirle. Ella intentó incorporarse, le dolía un poco la cadera y el codo izquierdo, fue entonces cuando notó que parte de su vestimenta también estaba cubierta de lodo. Se permitió reír sin preocuparse porque Stephen estuviese allí, ni por lo que él había hecho en el pasado... o no.

–Yo... disculpe, no fue mi intención... –logró articular Stephen pasados algunos segundos. Se incorporó, apoyándose en sus brazos y corroboró que Kate estuviese bien. Realmente se sorprendió al ver que ella reía. Había algo encantador en ello. Él creyó sentir eso a lo que los franceses llamaban deja-vú. Ella también se incorporó con agilidad que no podría poseer de haber llevado un vestido “normal”–. ¿Está usted bien?
–Sí. Sí, me encuentro perfectamente... –en un abrir y cerrar de ojos ya estaba de pie. Él frunció el ceño ligeramente, debería haberse levantado antes para poder tenderle una mano a modo de ayuda. Ella volvió a cubrir su boca, no habló.
–¿Qué le parece tan gracioso? –inquirió.
–¿A mi? Nada, no sé porqué lo pregunta... –dejó de reír y él se paró a su lado, sintiendo la ropa húmeda allí dónde el lodo la manchaba.

Kate giró y caminó hacia la salida. Stephen le dio alcance fuera. Ambos atravesaron en silencio el amplio jardín que tomaba un aspecto muy curioso durante la noche. Al llegar a la puerta, Kate se volteó y lo enfrentó con expresión severa. No quedaba ni rastro de la antigua cordialidad.

–Haga silencio y trate de no dejar un rastro por dónde camina... Si me descubren por su culpa juro que... –permaneció con un índice en el aire, pareciendo realmente amenazadora.
–¿Qué? –preguntó Stephen con sorna y una gran sonrisa en su rostro–. ¿Me golpeará con una maceta en la cabeza? –Kate sacudió ligeramente su dedo, más cerca de la nariz del chico.
–No me de razones para hacerlo y no tendrá que saberlo –dicho eso abrió la gran puerta con gran sigilo y entró mientras que Stephen le pisaba los talones.

Ella se adelantó sin hacer el más mínimo ruido, ya estaba acostumbrada a moverse a hurtadillas dentro de la gran casa, jamás había sido descubierta y esa no sería la primera vez, menos aún por el patoso muchacho que la seguía. Cada uno de sus movimientos producía un sonido: su ropa enlodada, sus zapatos contra el reluciente suelo, su respiración...
Kate se detuvo de golpe y él casi se choca contra su espalda.

–¿No puede hacer aún más ruido? –silbó molesta. Ella aún notaba el ámbar de sus ojos, aunque éstos se veían un poco más oscuros, parecían resaltar en la oscuridad. Se obligó a no prestarles atención.
–¡Lo siento! –repuso él–. ¡No es mi...! –ella volteó y siguió caminando, aún más rápido que antes. A mitad de camino, Stephen tomó un pasillo diferente para llegar a la habitación de invitados. Eso fue un gran alivio para Kate quién, al llegar a su recámara y tocar la cama después de asearse, calló rendida en un sueño tranquilo, como pocos antes.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Dom Ago 24, 2014 12:25 pm

Mayo de 1874

Catherine se encontraba de pie ante una de las ventanas de la biblioteca con expresión ausente. En su mano derecha sostenía un trozo de tela con el que recientemente había dado lustre a las lámparas de la sala, su brazo izquierdo poseía un largo vendaje que pasaba sobre el cuello y mantenía la extremidad inmóvil. Al otro lado del cristal, varios metros debajo, Stephen caminaba hacia el carruaje con pasos decididos y la cabeza en alto. Ya se había despedido de Felicia, Ariadna y Thomas, pero no de su padre, quien lo observaba con satisfacción y frialdad desde la escalinata al frente de la mansión.

–Vamos, ven, necesito ayuda aquí –dijo Grace desde el extremo opuesto de la habitación. Cat dio un pequeño suspiro y juntando fuerzas se alejó de la ventana.

Mientras caminaba hacia su madre, muchas preguntas rondaban su mente, y sobre todas ellas reinaba la confusión. Por un lado estaba enojada y por el otro, triste. Stephen la había defraudado, y mucho, ella ya no confiaba en él. Después de tanto tiempo hablando sobre la lealtad y la amistad, conceptos que él mismo le había enseñado... no podía creer cómo los desechaba con tanta facilidad... Eso realmente le dolía. También dolía que pese a todo, él no se hubiese despedido; posiblemente no volvería a verlo hasta las próximas navidades, pero no parecía preocupado, cualquiera que lo viese pensaría que estaba muy contento por marcharse por fin de aquel lugar.
Por otra parte, estaba eso que en ella causaba contradicción: Cuando el Sr. Bainbridge la arrastró por el brazo, hacía ya casi un mes, no esperó que nadie fuese en su ayuda, pero quizá, solo en el fondo, guardaba la esperanza de que Stephen respondiese a sus llamados. Ella sabía que él estaba al tanto de lo que sucedía, porque lo vio, y él la vio a ella, pero todo fue en vano. ¿Dónde quedó la lealtad?.
Su madre le asestó un pequeño pellizco en el brazo sano y ella se quejó.

–Señorita, será mejor que limpie aquí abajo mientras que yo sigo por allí, no tenemos todo el día –reprendió. Cat asintió e hizo lo que su madre le indicó, aún con la mente en las nubes. Poco rato después, pudo escuchar con claridad el sonido del carruaje avanzando por el camino de la entrada.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Dom Ago 24, 2014 12:54 pm

Junio de 1886

Kate jugueteaba distraída con sus dedos, entrelazándolos y separándolos lentamente. Frente a ella, Emily y Felicia mantenían una conversación de lo más animada, muy probablemente sobre algún tema de poca importancia. En el asiento de al lado suyo estaba vacío, Elías se había quedado en casa, al cuidado de su nana. Él no quería asistir a la fiesta de todos modos y Kate no lo culpaba, ya que ella misma no deseaba ir, pero tampoco era como si tuviese opción alguna.
El carruaje se sacudía dando tumbos por las imperfecciones del camino, las otras dos chicas se quejaban y lanzaban pequeños bufidos, alegando que eso arruinaría sus peinados, pero Kate no les prestaba atención, tenía la mente en otra parte. Ellas formaban parte de la procesión de cuatro carruajes que enfilaban por el camino prácticamente desierto. En la cabecera iban el Sr. Aldrich y su esposa, junto a ambos Thomas Bainbridge, padre e hijo. En segundo lugar, justo frente a ellas, iban las mellizas acompañadas de Ariadna y Stephen; por último, detrás, cerrando la caravana, los seguía un carruaje donde viajaban las damas de compañía de las señoritas.
Cuando ya casi habían realizado la mitad del trayecto, Kate perdió la noción del tiempo y decidió que ya no importaba. Las otras chicas, milagrosamente, estaban en silencio, aunque cada tanto se las podía escuchar bufar. Se notaba cuán emocionadas estaban por asistir al evento, no habían dejado de hablar sobre que vestidos y peinados lucirían aquel día desde que llegaron las invitaciones. Siendo franca, a Kate ya la tenían un poco cansada con todo el asunto, pero intentaba no demostrarlo, nadie podría culparlas, prácticamente las habían criado para eso.
Por su parte, Stephen intentaba dividir su atención entre las mellizas, asunto bastante peliagudo teniendo en cuenta que aún no lograba siquiera distinguirlas. Eran prácticamente un hermoso calco la una de la otra. La solución más efectiva consistía en evitar cuidadosamente no mencionar sus nombres. Así y todo, ambas parecían no notarlo y seguían evocando nuevos temas de conversación a cada instante con una facilidad envidiable. Stephen observó de soslayo a su hermana, quién esbozaba una sonrisa acartonada y para nada sincera. Decidió que lo mejor era seguirle el juego, sonreír y asentir con la cabeza cortésmente a sus anfitrionas. Aún así no pudo dejar de pensar en cómo la estaría pasando Felicia, junto a las otras dos hermanas Aldrich. “Definitivamente mucho mejor que yo” se dijo; al parecer la señorita Emily era muy simpática, y en cuánto a Kate, estaba seguro de que podía llegar a serlo si lo deseaba. Esa vez no intentó corregirse al pensar en su nombre, ¿Qué objetivo cumplía si, de todos modos, nadie lo sabría más que él mismo?.
Por fin, después de otra buena cantidad de tiempo, los carruajes se detuvieron. Poco a poco los viajeros fueron descendiendo con lentitud. La casa donde daba a lugar la fiesta se encontraba cerca de los límites de la ciudad y reinaba el paisaje magistralmente. Frente a ella había una gran explanada de baldosas claras, a ambos lados grandes canteros rebosantes de vivas flores y arbustos que parecían brillar con las últimas luces del día; el sol comenzaba su lento descenso por el cielo. La explanada daba lugar a una amplia escalera que conducía a la entrada de la mansión. Algunos pisos por encima, las ventanas proyectaban luz hacia el exterior y Kate, durante un momento, tuvo la absurda idea de que parecía como si el sol mismo estuviese atrapado dentro de las paredes del edificio, haciéndolo refulgir desde el interior. Comenzaba a sentir curiosidad respecto a cómo sería.
Una suave brisa hacía ondular las telas, tanto de vestidos como de capas, con un suave murmullo. Delante suya, Felicia y Emily se habían reunido con las mellizas y todas cuchicheaban alegremente. Kate caminó hasta posicionarse junto a su madre, quién permanecía en silencio del brazo de su esposo, aunque sonreía, el Sr. Bainbridge y William conversaban, absortos en su propio mundo.

–Si. Por lo que tengo entendido el Sr. McIver estará presente...
–Esa es una estupenda noticia, amigo mío –escuchar al Sr. Bainbridge llamando a su padre “amigo” hacía que a Kate se le revolviese el estómago–. Han llegado a mí, comentarios resaltando la brillantez de su mente, la cuál, al parecer, no ha decaído con el correr de los años como tan a menudo sucede...

La chica prefirió dejar de prestar atención, últimamente lo único que deseaba era poder alejarse de todo y de todos. Alejarse del mundo, poder eludir los comentarios de las personas a su alrededor... poder tomar un respiro, dar un paso sin tener que arrastrar todos sus secretos tras de sí... Pero hay algo malo con todo eso, cuando intentas quedar al margen, desaparecer, muchas veces terminas perdiéndote cosas importantes...

–¿Kate? ¡Vamos, camina! –dijo su madre, tirando con suavidad de su brazo mientras ella intentaba espabilar.

Levantó la vista y pronto comprendió a que venía el apuro. Ya el resto de las personas había comenzado a caminar hacia la gran casa; desde las mellizas con sus hermosos vestidos de noche, floreados, con encajes y anchas pero ligeras enaguas, luciendo colores pastel que realzaban lo pálido de sus delicadas pieles, todo amarillo y verde claro; hasta Emily y Felicia, vestidas con colores un tanto más intensos en tonalidades de rosa y morado; Ariadna marcaba presencia con un bonito vestido confeccionado en beige con apliques de flores en tela color bordó. La señora Aldrich parecía resplandecer en un vestido de mangas anchas hasta los codos, color ladrillo con puntillas en negro. Sus peinados no dejaban nada que envidiar a nadie, bonitos recogidos llenos de rizos sostenidos por horquillas con perlas o elegantes peinetas con plumas.
Por su parte, los hombres de ambas familias marchaban uno pocos metros por delante, vestidos con pantalones y chaquetas negros, camisas blancas y chalecos de diferentes telas, en colores austeros.
Kate comenzó a caminar, repentinamente desanimada ante la idea de la música, los parloteos, el aire viciado... se sentía exhausta sin siquiera haber entrado aún, pero tenía que hacerlo, no había otra opción, aunque quizá tampoco fuese tan malo, si no se sentía bien podía salir al jardín en cualquier momento...
Apenas el gran grupo traspasó las puertas dobles de la entrada fueron atendidos por la servidumbre y guiados hacia los vestuarios. Una vez despojados de sus ya innecesarios abrigos se encaminaron hacia el gran salón dónde propiamente daba a lugar la fiesta. Kate realmente quedó sorprendida, el lugar en verdad brillaba: las paredes revestidas en madera que bajo la luz de las velas parecía dorada, los altos techos y ventanas con vistas hacia la noche recién instalada. La sala, aunque de buen tamaño, parecía estar repleta, latiendo, llena de vida. Largas mesas con manteles blancos bordeaban la estancia. Como era de esperarse también habían varios sofás esparcidos por aquí y allí. Kate casi se alegró de ver algunos espacios vacíos. Justo de espaldas al gran ventanal se encontraba el cuarteto de cuerdas y un piano, tocando sin descanso.

Stephen vio cómo sus hermanas y las señoritas Aldrich observaban todo, animadas. La señora Elizabeth permaneció junto al señor Aldrich hasta que, después de un pequeño intercambio de palabras se encaminó hacia las jóvenes, como dictaba la costumbre. Mientras tanto, Thomas intentaba alejarse de su padre, quién seguía en compañía del Sr. Aldrich y, posiblemente, no notaría la ausencia de su hijo mayor teniendo tantos diplomáticos y gente importante con la quién tratar. Stephen pensó que sería una buena idea ir a hacer sociales, así que puso manos a la obra, acercándose a los diferentes grupos de personas que hablaban animadamente. El efecto fue inmediato y no tardó en unirse a las distintas conversaciones sobre temas que poco le importaban, pero que servían como excusa para hacerse notar. Podría haber pedido bailes a las señoritas que rondaban el salón, pero sabía que tendría que bailar los dos primeros con sus hermanas así que prefirió esperar.

Kate no tuvo otra opción que quedarse junto a su madre, hermanas y otro pequeño grupo de damas; una de las anfitrionas estaba presente en la escena, llevando un hermoso vestido brocado en color azul intenso. Ella era realmente bonita para su edad: vivos ojos de color café y piel delicada. Todas hablaban a la misma vez y no pasó mucho tiempo antes de que los caballeros llegasen a pedir bailes. Por suerte, ninguno pareció realmente interesado en su presencia, aunque ella no estaba segura de si eso era bueno o malo, si seguía así su tarjeta permanecería vacía, pronto alguno de los anfitriones lo notaría e intentaría convencer a algún incauto maleducado para que bailase con ella... y ciertamente eso sería bastante desagradable teniendo en cuenta que no podría rechazarlo... Aunque en realidad ella no estaba prestando demasiada atención...

–¿Veis a aquel de allí? ¿El de chaleco azul?.
–¿Cuál? ¿El de cabello revuelto?.
–¡No! ¡A su izquierda!.
–Ohhh... ¡Sí!.
–¡Es guapísimo!.
–¡Seguro! ¡Y su familia posee unas tierras al sur! ¿No es perfecto?.
–Si. Pero sin embargo yo prefiero a aquel otro... ¡Uy! ¡Está mirando hacia aquí! –todas chillaron al unísono.
–Te está mirando a ti, Lorane.
–Soy Mary –corrigió una de las mellizas.
–¡Me refiero a Lorane! –repitió Felicia.
–¿Tu crees? –preguntó la aludida.
–¡Por supuesto! ¡Ay! ¡Viene para aquí!.
–¡Señoritas! –la Sra. Elizabeth se acercó al grupo, viendo que ya se estaban excediendo con la charla–. ¡Shhh! –ningunas de ellas notó su presencia.
–¡Qué ojos! –un coro de risitas tontas.
–¡Y mira que...!.
–Buenas noches, señoritas –una voz alegre se hizo notar sobre el resto, tanto que Kate se volteó para ver un tanto desconcertada.

Entre tanto murmullo no había entendido de nada. Pero sí, se trataba del joven de chaleco azul al fin y al cabo. Era lo que se podía decir, guapo, nariz aguileña, labios finos y unos bonitos ojos color celeste claro; pero Kate no se detuvo mucho tiempo a contemplar aquel panorama, porque unos cuántos metros por detrás de él, ella divisó algo que llamó su atención: Stephen se encontraba cerca de una de las mesas, hablando con una chica y, quién debería ser su madre. Desde ese ángulo Kate no podía ver mucho, pero aquella imagen la distrajo lo suficiente como para no notar que el muchacho (quién probablemente se había presentado durante ese lapso de tiempo) le pedía a Loreane un baile y se marchaba de nuevo junto a su grupo de amistades. Y no sólo ella, sino que también Mary, Ariadna y hasta Emily habían conseguido ya varias parejas. Sus tarjetas deberían estar casi repletas a esas alturas. Entre tanto, Stephen volvió a perderse de vista, ¿Le habría pedido a aquella joven un baile?, ¿Ella había aceptado o tendría ya dicho baile prometido?.

–¿Te encuentras bien, Kate? –preguntó una voz perteneciente a la Sta. Felicia.
–Si. Perfectamente –respondió ésta, aún un poco distraída.
–Bien... –el sonido constante parejo de una trompeta se hizo escuchar sobre todo el ruido reinante. Felicia sonrió y todas las demás chicas se movieron, inquietas, el salón entero hizo silencio durante algunos segundos–. ¡El primer baile está por comenzar! –dijo la chica aplaudiendo silenciosamente un par de veces en un gesto de sumamente delicado que inspiraba ternura. Ella era la viva imagen de su madre, pensó Kate no sin cierto pesar.

La mente de Kate se bloqueó un instante mientras las personas comenzaban a organizarse para tomar sus lugares. ¿Con quién bailaría ella?, ¿Dónde se habría metido su padre?. Buscándole, encontró la mirada de su madre, quién estaba al margen, aún con el grupo de damas casadas. Ella asintió una vez con la cabeza. ¿Qué significaba eso?...

–Vamos, a mi tampoco me han pedido –Felicia volvió a sacarla de su ensimismamiento.
–Oh. No. No bailo...
–¡Claro que sí! No serías capaz de dejarme sola en mi primera velada por estas localidades–la muchacha convocó una expresión que podría ablandar el corazón de un ogro. Viendo que Kate dudaba no se detuvo antes de tomar su mano–. ¡Ven! –dicho eso, y sin esperar ni un segundo más, la chica jaló de Kate hasta que estuvieron de pie conformando otra de las tantas filas de bailarines.

Por supuesto, Kate había tomado lecciones de baile desde temprana edad (en contra de su voluntad, claro está) así que sabía a la perfección lo que debía hacer. A los alrededores de la sala pudo divisar de soslayo a algunos jóvenes esperando su turno. Entre tanto, Felicia sonreía unos pocos metros delante de ella y observaba un punto detrás de Kate. Ella se volteó a tiempo para ver cómo Stephen se acercaba a grandes pasos. Pronto comprendió de qué iba todo y se preparó para la conversación que daría a lugar. Los músicos aún no tocaban, esperando a que las personas se organizasen.

–Humm... ¿Señorita Kate? –hizo una pequeña reverencia. La voz de Stephen parecía más detestablemente alegre de lo habitual.
–¿Si?.
–¿Me permitiría usted bailar con mi hermana esta primera pieza? –Kate esbozó una sonrisa seca antes de dar un paso hacia atrás, cediendo el lugar.
–Por supuesto –era lo que dictaba la costumbre, el primer baile de una dama debía ser en compañía de su acompañante o hermano, en caso de que éstos no estuviesen presentes, la chica podía bailar con cualquier otra persona. Muy posiblemente y, conociendo a Stephen, él había evitado bailar con Ariadna, dejando dicha tarea a Thomas. De todos modos, Kate no quería bailar.

Comenzaba a retirarse entre las filas de personas cuando alguien le cortó el paso. Se trataba de un muchacho de estatura media, unas patillas muy elegantes y cabello café, a juego con sus ojos; no era lo que se dice exactamente guapo, pero tampoco resultaba desagradable a la vista. Comenzó a sentirse incómoda.

–¿Señorita? –tenía una voz un tanto menos gruesa de lo que aparentaba. ¿Cuántas posibilidades existían de que ella pudiese huir de aquella situación? ¿Cuatro entre diez? ¿Dos? ¿Una, quizá?. Él aún no se incorporaba de la reverencia que había hecho. Kate asintió con la cabeza, dubitativa–. ¿Sería tan amable de concederme ésta pieza? –el tiempo corría y no podía negarse en una situación así. No había escapatoria.
–Es todo un placer, señor –respondió ella, bajito haciendo a su vez una delicada reverencia como le habían enseñado, pese a que sus piernas temblaban. Él le dirigió una cálida sonrisa, se incorporó y tendió su mano enguantada.

Cuando Kate quiso notarlo, ya todos estaban en sus posiciones y la música comenzaba a sonar. Al comienzo creyó que no sería capaz de dar dos pasos sin tropezar, pero una vez que comenzó a moverse, todo lo resultó mucho más sencillo, dejó de pensar en lo que tenía que hacer y se dejó arrastrar por la dulce música, ignorando el aire viciado, los nervios, la incomodidad del vestido. Ella ya sabía cómo mover sus pies al ritmo de tres cuartos sin siquiera pensarlo.
Ambas filas, damas de un lado y caballeros del otro, enfrentados, comenzaron a avanzar con lentitud hasta un punto intermedio donde las parejas se encontraban para, desde entonces, seguir bailando juntas. Una vez que ella y el desconocido se dieron alcance (al igual que el resto) y giraron unas cuantas veces, cambiando de fila una y otra vez, llegó la parte en que la música cambió y, así de rápido, terminó la primer etapa. En realidad la pieza duró varios minutos, pero ante los ojos de ella, el tiempo pasó mucho más rápido, y de cerca pudo notar que sus ojos en realidad poseían una tonalidad más tirando al ocre y no tanto al café sólido.
Las filas se deshicieron y rearmaron nuevamente con gran coordinación antes de poder preguntarle al joven su nombre. Ella seguía tan ensimismada que no notó quién era su pareja.

–¡Señor Thomas! –exclamó no sin un respingo. El hijo mayor del Señor Bainbridge sonrió, despreocupado.
–Señorita Kate... ¿Está usted disfrutando de la velada?
–Humm... Sí, gracias... –respondió pasados unos segundos– Y... ¿Y usted?
–Magníficamente, gracias –él miró hacia los lados. Las otras parejas giraban a su alrededor, mientras ellos mismos también lo hacían, descubrió Kate con algo de asombro. Aún bailaban–. Espero me disculpe, pero ¿Ha visto usted a la Sta. Felicia? Resulta que no he podido encontrarla...
–Sí, poco antes de que comenzase ésta pieza la vi junto al señor Stephen –se alegró de que le preguntasen algo sobre lo que podía responder.
–¿Si? Pues se lo agradezco. Ya comenzaba a creer que se había perdido entre tanta falda –Kate dejó escapar una risita recatada mientras seguían dando vueltas.

Llegó el momento de cambiar nuevamente de parejas y Kate casi sintió que lo lamentaba, por más extraño que pareciese, el reservado Thomas lograba transmitirle cierta tranquilidad. Los próximos jóvenes con quienes le tocó bailar no fueron ni remotamente tan agradables, pero tuvo la suerte que no resultasen ser unos maleducados. Consideró seriamente la opción de fingir un desmayo, pero, sabiendo que su madre descubriría el engaño, decidió esperar a dar por finalizado el primer baile para luego esconderse en algún sitio donde no la molestasen.


Stephen perdió a su hermana de vista con rapidez. Pronto se encontraba bailando con una chica un tanto más alta que el resto, después con otra espacialmente bonita (con la que pudo mantener una agradable conversación sobre el clima), luego una señora que daba la impresión de pertenecer al grupo de las que ya habían tomado un poco en exceso y varias damas más. No le era difícil entablar conversación con ninguna de ellas y el baile terminó resultando muy ameno. Cada tanto podía divisar a alguna de las señoritas Aldrich dando vueltas por ahí e incluso, en una oportunidad se encontró con Ariadna, quién no paraba de alardear sobre cuán solicitada resultaba su persona. En ningún momento logró ver a Kate entre la multitud, no pudo evitar preguntarse dónde estaría aunque en realidad no era asunto suyo, debía preocuparle más el hecho de no encontrar a su propia hermana.
Varios minutos pasaron antes de que, por pura casualidad, vislumbrase a la susodicha unas cuántas filas más hacia la derecha. Ella lucía un vestido con escote ancho y cintura holgada en vivo color celeste, la tonalidad exacta del cielo en una tarde despejada. Llevaba el cabello recogido con simples pasadores y decorado con pequeñas flores blancas, esparcidas sobre la marea de oscuridad que comenzaba a desbordarse en la zona del cuello. Parecía extrañamente tranquila. Quizá fuese el hecho de que cada vez que él estaba a su alrededor ella se volvía hostil sin motivo alguno, pero le recordó a la primera vez que la había visto, días atrás, tocando el piano. Se preguntó vagamente, y no por primera vez, cómo lograba ella hacer brotar tan triste melodía del instrumento. Era casi como si éste pudiese sentir su dolor. ¿Sería esa la razón por la cual se mostraba tan reservada y distante? ¿Había sufrido una pena tan grande como para que ésta alterase su propia personalidad?. Por algún extraño y desconocido motivo Stephen sintió cierto pesar ante la idea. Ella no parecía una mala persona, quizá sí un poco cascarrabias, pero entonces la pregunta sería ¿Quién no?.

Continuará...

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 8:42 am

Algún tiempo después Kate logró retirarse a uno de los sofás después de descubrir que en realidad y para su horror, su tarjeta poseía ya varios nombres en espera. El ambiente festivo volvía a hacerla sentir enferma: las voces, la música, las personas... todo. Se alegró de no haber apretado demasiado su corsé, de lo contrario estaba segura de que a esas alturas ya se habría desmayado por lo menos un par de veces. Intentó localizar a su madre o a cualquiera de sus hermanas para que éstas la acompañasen a tomar un poco de aire fresco a la terraza, pero le fue imposible, lo único que conseguía ver era un confuso remolino de colores.
Una dama de soberbia presencia y angosta cintura tomó asiento a su lado, acomodando sus enaguas con cuidado de no molestar. Iba acompañada de un caballero con reluciente frac, quién se retiró poco después, con una reverencia. Ella se abanicó el rostro lleno de polvos con urgencia disfrazada.

–¿Se encuentra usted bien? –preguntó antes de pensarlo dos veces. Aquella mujer la observó al instante con ojos que revoloteaban cuán mariposas. Su sonrisa era amplia y limpia, brillante como el delicado colgante de perlas que llevaba en el cuello.
– Si, sólo un poco sofocada... Agradezco tu interés, jovencita... –Kate asintió con la cabeza y volvió a su anterior tarea, pensando en cuán ridículas resultaban algunas costumbres.

Poco tiempo había transcurrido cuando ella por fin se puso de pie y caminó con paso rápido en dirección a una de las puertas del gran salón. Al no haber encontrado a ningún conocido que pudiese acompañarle y teniendo tanta urgencia de aire fresco, decidió que romper las reglas era un problema menor comparado con desmayarse en medio de la reunión; además, no podía tener tanta mala suerte como para que su madre apareciese justo en ese momento... ¿O si?.
Encontrar la salida hacia la terraza trasera no le suscitó gran contratiempo. Una vez fuera, sintiendo el aire frío presionando contra su piel, comenzó a sentirse mucho mejor, como una planta marchita a la que le echan agua después de días. Respiró casi con gusto cada bocanada de aire, sabiendo que pronto tendría que regresar dentro, prometiendo que cada una de ellas sería la última. Así, permaneció unos cuántos minutos, con los ojos cerrados, apoyada en una barandilla de mármol. Pese a la naturaleza del aire y a su delgada vestimenta no sentía frío, al contrario, parecía que su piel manaba calor, como un hierro al rojo vivo. Irguió el cuello, levantando la vista hacia el cielo despejado. Pensó en las estrellas, tantas y tan lejos; y nuevamente se preguntó sobre la luna, que ese día se asemejaba a el pétalo de una flor, finísimo, manteniéndose allí arriba por obra de un viento sobrenatural, en una eterna caída sin comienzo ni fin. El aire olía a tierra, flores y verde, revitalizante en comparación con el del salón. A cada momento deseaba más fervientemente permanecer fuera. Las tierras frente a sus ojos, más allá de la terraza parecían llamarla en el ulular del viento, sumidas en la tenue brillantez de los astros. Ella descendió unos escalones y caminó hasta detenerse junto a la fuente que murmuraba en la parte más baja de la terraza, justo en el centro de un cruce de caminos bordeados de distintas flores y arbustos decorativos. La melodía era un eco en el fondo de su mente. Algo dulce como el almíbar, lleno de pequeñas notas claras, al igual que gotas de rocío, frescas, esparcidas aquí y allí, vibrando al compás de un resonar profundo, firme, constante, como la tierra misma. Hacía mucho tiempo ya que no componía, pero la melodía era tan clara que sintió la necesidad de tener las teclas del piano bajo sus dedos.
Sin notarlo había comenzado a caminar alrededor de la fuente muy lentamente. Las notas más altas brotaron de su garganta, mientras el compás grave parecía latir junto a su pecho. Una risa dulce, casi infantil se escapó de sus labios y voló lejos, en la noche, fundiéndose con ella. Abrió los brazos y giró, o quizá el mundo fue quién giró a su alrededor.


Stephen observaba la escena desde lo lejos, esbozando una media sonrisa. Desde allí podía escuchar la melodía con claridad, ésta se mostraba reacia a ser recordada por su mente, cada vez que intentaba memorizarla, se escapaba con gran facilidad. Él sabía que no era correcto que ella estuviese fuera, sola, así que cuando la vio salir del salón con tanto apuro y el rostro un algo febril decidió seguirla. ¿Por qué? Bueno, ella parecía caerle bien a Felicia y... en realidad no tenía idea, pero definitivamente valía la pena. La señorita Kate era humana después de todo, y podía reproducir melodías tan dulces como tristes. Stephen se inclinó sobre la barandilla, apoyando la mejilla en su mano cerrada, pensando. Y su risa... oh, su risa...
El sonido de pasos lo sacó de golpe de el mundo en el cuál se había internado. Volteó a tiempo para observar a su hermana caminando alegremente hacia él. Ella abrió la boca para hablar pero él le hizo señas para que guardase silencio, temiendo que Kate los descubriese. Por algún motivo no quería que nadie viese lo que él era capaz de ver, ni siquiera Felicia. Ella pareció confundida hasta que alcanzó la barandilla, entonces también sonrió, escuchando. Suspiró casi imperceptiblemente.

–¿Qué haces tú aquí fuera? –preguntó Stephen con un murmullo sin retirar la mirada de la chica, quién se encontraba del lado opuesto de la fuente para ese entonces. Debió haber regañado a su hermana, pero no estaba de humor.
–Sólo veía a decirte que Ariadna está planeando subir a cantar más tarde... –se detuvo al notar que él no la estaba escuchando–. Es muy bonita... –opinó pasados unos segundos, con una sonrisa traviesa bailando en su rostro.


Kate se dejó caer al pie de la fuente, apoyando la espalda contra el borde del mármol y la cabeza tirada hacia atrás. De nada servía la tan bonita melodía, todo termina algún día, la vida, la música, la alegría... todo. Ella se llevó las manos al rostro, no lloraría, pero lo necesitaba, necesitaba esconder su pena del firmamento, del mundo; aunque la melodía seguía vibrando en su mente, en su garganta, en su cuerpo.


Stephen estaba a punto de responder un “Y que lo digas”, pero al verla de ese modo comenzó a preocuparse. Rodeó a su hermana con intenciones de ir a ver qué le sucedía, pero se detuvo pocos pasos después. Felicia miró de hito en hito.

–¿A qué esperas?.
–No le gusto... no se si sería lo más indicado... será mejor que vaya a buscar a su...
–¡Ve! –siseó la muchacha, repentinamente intimidante.

Ella no tuvo que decirlo dos veces, bastó con propinarle un suave empujón y el joven descendió las escaleras como alma a la que persigue el diablo.


Para cuando Kate reaccionó era tarde. Su corazón dio un salto, casi paralizado. Alguien la había encontrado. Sólo podía pensar en la avergonzada que estaría su madre y los comentarios de...
Retiró las manos de su rostro y lo primero que observó fueron un par de botas de hombre negras. “Oh, no, padre...” eso era mucho peor... Al alzar la vista y poder apreciar el resto del dueño de las botas, su corazón volvió a funcionar a toda máquina.
Stephen se agachó a su lado con lentitud. Ella no sabía si alegrarse al ver la preocupación en sus ojos, o qué debía argumentar para explicar el estar sentada en medio de la noche al pie de una fuente, fuera, sola. Abrió la boca para hablar, pero él le ganó esa vez.

–¿Te encuentras bien? –no reparó en el hecho de que la estaba tuteando, pero sí pasó por su mente la idea de que él la hubiese visto tarareando. Cada vez que intentaba decir algo coherente las palabras se atascaban en su boca. Así que se limitó a asentir. Stephen no pareció muy convencido–. ¿Estás... Está segura? No tiene buen aspecto.
–Humm... sí. Seguro...
–¿Sabe qué? No le creo... pero bien, hagamos de cuenta que soy un crédulo fácil de engañar...
–¿Acaso no lo es? –interrumpió ella alzando una ceja. El saber que no la reconocía volvió a doler como una estaca en su pecho. Pero ella no tenía razón para sentirse así.
–Bueno. Veo que no se siente tan mal como parece... –comentó él con diversión.
–Ya le dije que me encuentro perfectamente... –hizo un intento por levantarse, pero sus faldas se lo impidieron.
–Debería intentar ser más persuasiva... O por lo menos mejor mentirosa... ¿Qué otra razón puede haber para que venga aquí? ¿Puede usted decirme?.
–¿Intentar alejarme de personas como usted?.
–De verdad. ¿Qué le he hecho? –preguntó Stephen un poco en broma un poco en serio, rodando los ojos y soltando un suspiro–. Y sea original, ya me dijo eso de “Existir” –no era necesario que se lo recordase, ella ya lo tenía presente.
–Simplemente no entiendo cómo una persona puede llegar a ser tan fastidiosa...
–Pues entonces yo no entiendo cómo una señorita como usted, que hace tantas cosas bellas, puede tener tan mal carácter... –él decidió mostrar que también tenía cartas con las cuáles jugar. Kate se quedó tonta, pensando en lo que había dicho, pero ¿Por qué debía importarle si Stephen pensaba que lo que ella hacía era bello o no? suponía algo totalmente irrelevante. De todos modos no pudo rebatir. Ambos se miraban fijamente. Pasados unos segundos él esbozó una lenta sonrisa–. Por fin parece que la he dejado sin palabras... –suspiró– Kate... Señorita Kate –corrigió–. De verdad no entiendo cuál es la razón por la que comporta de este modo conmigo, pero le pido que, por favor, si existe o, si puedo hacer algo para remediarlo, me lo diga... usted realmente parece ser una buena persona y créame cuando le digo que lamento infinitamente sea lo que sea que yo haya hecho... –Kate no podía hacer otra cosa que mirarle, anonadada, su corazón golpeteando contra su pecho. Tragó saliva. El murmullo de la fuente que había desaparecido, volvía a resonar.
–El problema no es lo que hizo –respondió ella en voz tan baja que casi no se escuchaba–, sino lo que no hizo... –mordió su labio y negó con la cabeza durante un segundo. Al levantar la vista pudo ver la transformación que sufrió el rostro del muchacho. Parecía como si le hubiesen tirado un balde de agua fría.
–No me diga eso... por favor... –él realmente parecía mortificado ante el comentario; miraba sus manos con los labios apretados en una fina linea. Kate no entendía a qué venía tal reacción e incluso se sintió un tanto culpable.
–¿Por qué no? –presionó. Stephen la miró de soslayo. Una veta de dolor surcó el ámbar de sus ojos.
–Es una larga historia, señorita –se limitó a decir con voz queda, mirando hacia el frente, hacia la noche estrellada. La curva de sus hombros inclinada levemente hacia delante, como si algún peso invisible lo estuviese aplastando–. Le agradecería que no pregunte más sobre el asunto...
–¿Por qué? –volvió a preguntar, sin prestar atención alguna a su petición. Apenas abrió la boca deseó haber guardado silencio, ¿Y si él realmente se molestaba?. Es que de verdad estaba siendo muy indiscreta... no podría culparlo–. Bueno, no quiero parecer entrometida... solo tengo curiosidad... –intentó disculparse. Él la observaba con curiosidad, aún con esa mirada perdida que hacía a Kate sentirse tan... ¿Culpable?–. Parece difícil que alguien... alguien como usted... bueno... –dudaba, sentía que a cada palabra arruinaba más sus posibilidades de disculparse... ¿Desde cuándo ella deseaba pedir disculpas por algo que había dicho? Y menos aún a él... ¿Sería a causa de su reacción tan poco disimulada? Parecía como si le hubiesen tocado una herida abierta... una particularmente dolorosa... Lo observó tentativamente. Mantenía la misma expresión de antes y volvía a mirar hacia el frente.
–Entiendo a dónde quiere llegar, y le diré que mi vida no es tan perfecta como desearía –su tono era algo neutro–, o cómo aparenta. Todos tenemos demonios... partes de nosotros que evitamos mostrar, ya sea por vergüenza, miedo o lo que sea... Estoy seguro de que sabe a lo que me refiero por más que lo niegue –él suspiró–. Realmente prefiero no hablar de ésto, y menos aún con usted... –hizo una pausa, como considerando sus propias palabras–. No se lo tome a mal, pero por más que la crea una excelente persona casi no la conozco y, además, no creo que siquiera sea sensato estar hablando de éste tema... –Kate no pudo evitar sentirse decepcionada. Había sentido que estaba a punto de llegar a algo, algo importante. Aunque muy abierto, el joven guardaba secretos, justo como él había dicho. Por otra parte también sintió algo de molestia: la trataba como si ella no pudiese entender de lo que hablaba. Deseó fervientemente demostrarle cuán equivocado estaba. Y no dudó un momento ante lo que dijo.
–Comprendo lo que dice, y a qué se refiere... –interrumpió ella. Stephen la observó con atención renovada–. No crea que mi vida es perfecta tampoco... no crea que no hay cosas de las que me arrepiento, cosas que desearía haber hecho y no hice, cosas que... –su voz se quebró durante un instante, ella pensó en su madre, todas lo que jamás le había dicho, todas las cosas que pudo haber hecho por ella–. Sé cómo pesan. Sé que duelen. Se equivoca si cree que no lo entiendo, señor Bainbridge –soltó con seriedad.

Stephen la observó fijamente durante más tiempo de lo recomendable, traspasando los límites de la etiqueta. Él realmente estaba sorprendido. Kate quién comenzaba a incomodarse, malinterpretó su silencio.

–Siento haberme entrometido –mustió haciendo un nuevo intento por ponerse de pie sin resultados favorables..
–Pero... pero yo no... –Stephen no lograba articular nada claro.

Kate volvió a intentar ponerse de pie, y esa vez lo consiguió. Limpió el polvo o las arrugas que pudieron haberse formado en la tela a causa de la maniobra y cuadró los hombros.
Él también se incorporó pero con mayor rapidez. Ella comenzó a caminar de vuelta a la fiesta, avergonzada. ¿Por qué? Ni siquiera estaba segura.

–¡Espere! –Stephen la alcanzó en pocas zancadas–. ¿Puedo hacerle una última petición?.

Ella, sabiendo que hasta que no aceptase no la dejaría en paz, asintió con la cabeza, evitando cuidadosamente no mirarle.

–¿Podría concederme únicamente el próximo baile? –Kate se detuvo, esforzándose por no fruncir el ceño.
–¿Con qué objetivo? –demandó.
–Puro gusto... –él realmente parecía muy inocente en ese momento.
–Déjeme pensar –dicho eso se volvió, subiendo las escaleras con rapidez sin advertir la presencia de Felicia, quién miraba todo con atención.

Stephen suspiró y permaneció de pie allí mirando al infinito.

–Ey, Steve... ¡Holaaa! ¿Sigues ahí? –Felicia chasqueó los dedos frente a su nariz, él se sobresaltó solo un poco.
–Humm... ¿Qué decías? –su hermana negó sonriente.
–Te preguntaba qué sucedió allí abajo –él se lo pensó durante algunos segundos.
–Cosa de mayores, hermanita mía... –dicho eso también se encaminó hacia el edificio, ofreciéndole un brazo a la chica.
–¡No es justo! ¡Dime! ¿Por qué tenías esa cara de haberte golpeado en la cabeza? –Stephen la miró alzando una ceja.
–Pero ¿Qué dices?.
–Lo que escuchas, no te hagas el inocente...
–Felicia, debes dejar de leer tantas novelas, comienzan a alterar tu mente...
–¡No estoy jugando!.
–Yo tampoco –atravesaron las puertas y pudieron ver que los músicos se estaban tomando un receso, la pista estaba vacía y las personas se encontraban esparcidas en grupos por toda la habitación.
–Si no me dices lo terminaré averiguando por mi propios medios...
–¿Ah, si? Quiero ver eso...
–Eres de lo peor –siseó la chica bajo una falsa sonrisa.
–Yo también te quiero, hermana.


–¿Dónde estabas? –preguntó Emily, preocupada. Kate deseaba poder eludir la pregunta.
–No me sentía bien, fui a tomar aire...
–¡¿Sola?! –exclamó con un chillido sin reflejar la emoción de su tono en sus facciones.
–Nnn... Si –mintió. Estuvo a punto de decir que había estado con Stephen, pero eso sólo empeoraría las cosas. Su hermana cubrió su boca con una mano, ocultando su expresión de asombro.
–¿Cómo pudiste? Eso es terrible, ¡Si alguien te hubiese visto...!
–Tranquila, nadie me vio. Tuve que hacerlo, de verdad no me sentía bien y no lograba encontraros... ¿Alguien más notó mi ausencia? –Emily no estaba para nada contenta, pero pareció entender.
–No, sólo yo... –suspiró con lentitud– Ven, vamos, quiero presentarte a alguien...

El resto de la velada transcurrió sin mayores contratiempos. Kate tuvo que bailar con una buena cantidad de jóvenes y al final de cada pieza encontraba que uno o dos se habían sumado a la lista. Después de todo el asunto del baile no estaba tan mal, sólo tenía que aparentar estar de buen humor e intentar no asfixiarse. De todos modos, por más que debía prestar atención a sus pasos y también a no chocar con las demás parejas, no podía quitar de su mente lo que Stephen había dicho. ¿Ella podría algún día perdonarlo realmente?, si alguna vez ella le dijese el motivo de su enojo, ¿Qué haría él? ¿Cómo reaccionaría?, ¿Podría ser? ¿Era posible que él se sintiese tan sensible por causa de aquel pasado en común?, de ser así ¿Se sentiría mal por no haber actuado como aparentaba?. ¿Estaba ella exagerando todo el asunto? ¿Por qué él se había marchado? ¿Por qué la dejó sola en el mundo?...

–Ehh... ¿Señorita Aldrich? –ella miró a su actual pareja, un joven con una bonita sonrisa.
–¿Si?.
–Le estaba preguntando si disfruta usted de la velada... –él parecía un poco incómodo.
–Oh, lo siento tanto –para esa altura de la noche, las mentiras le salían con más facilidad que respirar–. En realidad la estoy pasando estupendamente, agradezco su interés –esbozó una sonrisa acartonada que el muchacho no tardó en devolver.
–Me alegra escuchar eso, señorita.

Después de eso no tuvo más que esperar el final de la pieza, hacer las reverencias del caso, dirigirse al grupo de damas dónde se encontraban todas sus hermanas y esperar a su próxima pareja. Por allí encontró a Felicia y Emily juntas, parecían llevarse realmente bien. No había visto desde que llegaron a su padre y el Sr. Bainbridge. Thomas en ese momento giraba por la pista junto a una joven de abundante cabellera color canela mientras ambos conversaban animadamente.

–Buenas noches –Kate dio un respingo y tragó con fuerza buscando la fuente de la voz– señorita... –él sonreía con diversión y dejó la oración en el aire, esperando a que le proveyesen la información necesaria. Se trataba del joven con quién había bailado el primer baile.
–Kate, Kate Aldrich –respondió con voz temblorosa.
–Un placer volver a verla, señorita Aldrich... –él hizo una reverencia– A su servicio, Christian Malloy.
–Es todo un placer, señor Malloy...
–Oh, por favor, llámeme Christian.
–Muy bien, señor Christian –dijo ella y recibió en respuesta una amplia sonrisa.
–Mucho mejor... Bien, señorita, me preguntaba si usted sería tan amable de regalarme algunos otros pocos minutos de su preciado tiempo... ¿Bailaría usted la próxima pieza conmigo?

Kate abrió la boca para contestar, pero justo en ese momento apareció Stephen. Sí, justo en ese momento. Ella lo apuñaló con la mirada cuando esbozó una amplia sonrisa de suficiencia.

–Lo siento, señor, pero la dama ya tiene prometida ésta pieza... –no hacía ningún intento por ocultar la diversión de su tono– a mi. Así que le agradezco si anota su nombre en la tarjeta y espera su turno como todos los demás...

El señor Malloy pareció un poco confuso pero no tardó en recomponer su expresión.

–Por supuesto. Nos vemos más tarde. Señorita –se retiró con una reverencia sin que Kate tuviese tiempo de desmentir ninguna afirmación ni rebatir nada más. A su lado Stephen lucía radiante. Ella quiso propinarle un buen golpe.
–Por favor, recuérdeme en qué momento yo le prometí éste baile... –siseó entre dientes juntando toda su paciencia para no ocasionar un escándalo. Para su total sorpresa, Stephen se mostró confundido.
–Bueno yo... –ella negó con la cabeza. La música comenzó a sonar nuevamente.
–Vamos, cuánto antes comience, más pronto acabará –pese a la confusión aún reinante, el muchacho asintió y, ofreciendo su brazo, la condujo al centro de la pista.

Bailar con Stephen era muy diferente a hacerlo con los demás muchachos, incluso con su propio hermano. Al contrario de éste, él no transmitía tranquilidad, sino que causaba una gran incomodidad a nivel generalizado. Kate ya no sabía qué hacer o hacia a dónde mirar para dejar de sentir aquello.
Por su parte, Stephen sonreía como si nada. “Lo prometido es deuda” pensó con despreocupación mientras ambos daban lentos giros al compás de la música. Los ojos de Kate revoloteaban de un punto al siguiente sin detenerse siquiera; sus mejillas habían tomado color y podía sentir el escueto apretón de su mano, como si estuviese preparándose para huir en la primera oportunidad que se le presentase, ¿Tan molesto le resultaba bailar con él?. Esa idea hizo que por un momento no se sintiese tan bien. Seguía preguntándose porqué ella le despreciaba tanto, obviamente el momento en la terraza había pasado; esa parte “pasiva” que ella había dejado entrever como tras un seto especialmente espinoso ya no estaba. Pensar en la terraza le hizo recordar la melodía, o mejor dicho, le hizo recordar que ella tarareaba, porque para su lástima, en verdad no lograba recordar el sonido, sólo un matiz de que éste sonaba alegre, dulce, tranquilo, bello como pocos otros.

–¿De dónde sacó aquella melodía que tarareaba en la terraza? –preguntó él, dejándose llevar por la más pura curiosidad, para pronto darse cuenta de su error. Kate se tensó y pasó a mirar sus pies, tomando un color rosa profundo en las mejillas.
–Me escuchó... –no era una pregunta, su voz era baja. Parecía avergonzada.
–Pues siendo sincero, sí, pero no... reaccione... de ese modo –él quería decirle que no tenía razón alguna para avergonzarse, que muchas personas creerían estar en el cielo al oírla cantar, que ella no lograba más que despertar en él la más profunda admiración... pero las palabras no salían, quedaban atascadas en su boca. Era frustrante.
–Sólo... no lo haga más desagradable para mi, por favor... es lo único que le pido... –ella seguía sin mirarle.
–No. Por favor le pido yo, señorita. No... sea así... No busco incomodarla, lo digo con total sinceridad... –ella levantó la vista. Stephen no supo identificar qué se reflejaba en sus ojos oscuros.
–Entonces ¿Qué? –desconfianza, eso era.
–Solo quiero...

No pudo terminar la frase por dos razones. La primera: las palabras seguían sin salir de su boca con normalidad. La segunda: alguien empujó a Kate, quién trastabilló y, pese a los intentos de Stephen, terminó sentada en el suelo. Pero eso no fue todo. La pobre hizo a su vez tropezar a una pareja que giraba y la joven terminó desparramada también, sobre Kate mientras su pareja intentaba mantener el equilibrio. Algunas personas exclamaron, otras rieron disimuladamente formando un círculo alrededor de la zona del desastre. Stephen, distinguió en primera fila a su hermana, Ariadna, riendo con malicia. Si no hubiese sido porque estaban en público, le hubiese dicho unas cuantas cosas...

Kate, un poco mareada y bastante avergonzada intentó incorporarse. Seguía sin entender qué había sucedido. Antes siquiera de que lo notase, Stephen estaba a su lado, ayudándola a ponerse de pie. Nunca se alegró tanto de que él estuviese cerca. La vergüenza era mucho mayor que la incomodidad que él producía.

–¿Te encuentras bien? –preguntó por segunda vez en el día, con la misma expresión de preocupación en su rostro. Nuevamente tuteándola. Sin soltar su mano. Ella sintió un repentino mareo, pestañeó y dio un paso en falso. Él pasó a sostenerla por el codo, con delicadeza–. Bien, creo que eso es un no. Será mejor que vaya a sentarse... –Kate no se pudo negar a ser conducida lentamente hacia uno de los sofás, alejándose de las demás personas, que continuaron bailando con normalidad–. Lo siento tanto... –dijo con un suspiro, pareciendo realmente apenado– no sé porqué Ariadna se comporta de ese modo... –así que se trataba de Ariadna. Kate aún se sentía un poco mareada– ¿Quiere que le traiga algo de beber? –preguntó él, con cautela. Ella asintió.

Pocos minutos después, en su mano descansaba una copa con líquido dulzón y fresco que resultó de gran ayuda. No había logrado ver a nadie de su familia, así que la única compañía que tenía por el momento era al chico molesto. Al chico molesto que la había ayudado a levantarse como tantas veces antes, cuando eran pequeños.

–Gracias.
–No podía hacer menos... –una pausa– Le pido disculpas en nombre de mi hermana... Ella llega a ser un poco... territorial, por llamarlo de algún modo, a veces –negó con su cabeza y algunos mechones de cabello rebotaron acompañando el movimiento.
–No se disculpe, no fue su culpa... –él no se mostró muy convencido.
–¿Se encuentra mejor?.
–S-sí –dio otro sorbo a su bebida, aún pensando en Ariadna.
–¿Desea que vaya a buscar a alguno de sus familiares? –a Kate le costó un segundo desviar el hilo de sus pensamientos.
–No, gracias –miró sus manos al notar su error. Stephen no hizo ningún comentario, simplemente observaba a las personas sin interés aparente.

Ella no pudo evitar preguntarse en qué estaría pensando, y tampoco lograba sacar de su mente la mirada de preocupación en sus ojos, ¿Podría acaso haber fingido tan bien?. “No te dejes engañar, seguramente hace eso con todo el mundo” se dijo a si misma con amargura “Después de todo tuvo un buen tutor en la materia”.

–La creé –mustió sin razón alguna, con voz ausente, jugando con su copa.
–¿Disculpe? –Stephen obviamente no entendía a qué se refería.
–Usted preguntó por la melodía...
–Ohhh... –entonces se hizo la luz, él comprendió y no pudo hacer otra cosa más que sorprenderse–. ¿De verdad? –observó a la chica, quién seguía con la mirada clavada en la copa ya vacía.
–¿Por qué habría de mentirle?.
–Oh, no. No me refería a eso... sino que... era una melodía muy bella... –por alguna razón él cuadró los hombros, evitando que sus miradas se cruzasen.
–...y no cree que yo pueda haberla compuesto... –completó Kate, bajando aún más su tono. Stephen no pudo identificar emoción alguna... ¿Estaría ella molesta?.
–No, no, no... Sólo me parece... me parece que... –suspiró con frustración–. Lo que quiero decir es que sí me sorprende que usted, siento tan... reservada –rascó su nuca. Elegir las palabras con cuidado le estaba conllevando gran esfuerzo, pero sentía que le debía algo de sinceridad. Sin verla podía imaginarla tensándose como las cuerdas de un violín–; y sí, no voy a mentir... con ese carácter tan... ¿fuerte?, no, yo más bien diría que explosivo... bueno... –le dirigió una mirada de soslayo. Kate simplemente alzaba una ceja–. Quiera o no, me sorprende que usted sea capaz de componer tal melodía... eso es todo...

Ella lo miraba sin saber qué hacer o decir... Stephen temía su proceder. Por segunda vez se mostraba como una persona normal (que tontería, ella era una persona normal), y él sólo podía comportarse como el idiota más grande de todos los tiempos. Temió su silencio, justo como la calma antes de la tempestad, por eso, cuando volteó el rostro para verla completamente, le sorprendió ver que sonreía. Sí, él prácticamente la trataba como si se tratase de un bicho arisco y ella no hacía otra cosa que sonreír; y no era una de esas sonrisas que por dentro dicen “Te asesinaré para luego escupir sobre tu tumba”, esa era real. Pero eso no fue todo, tan encantadora sonrisa fue precedida por una risa oculta bajo el dorso de su mano. Stephen no lo podía creer, y su incredulidad se reflejó en el joven rostro.

–Es lo más franco que me han dicho en mucho tiempo –dijo la muchacha pasados algunos segundos. Aún sonriendo.

Él no podía hacer otra cosa más que observarla. ¡¿Qué bicho le había picado?! Cuando intentaba comportarse ella lo despreciaba, y entonces, después de un arranque de sinceridad pura y dura, le sonreía como si hubiese recitado el cumplido más halagador de la historia de los cumplidos.

–¿No está molesta?.
–¿Quién? ¿Yo? En absoluto... ¿Por qué habría de estarlo?.
–¿Está segura de que se siente bien? –eso no era normal. Volvió a reír.
–Le juro que estoy estupendamente... Y agradezco su franqueza –agregó con un poco más de seriedad. Él recuperó su compostura...
–Ciertamente es usted todo un misterio –soltó Stephen negando mientras una sonrisa curvó sus labios– al que espero algún día encontrar solución...
–Eso quiero verlo –rebatió ella sin saber exactamente el porqué de su propio buen humor. Quizá fuese el hecho de que él resultaba ser muy amable... o quizá, la posibilidad de que él realmente sintiese lo sucedido tantos años atrás, floreciendo en su pecho muy lentamente.
–¿Está dudando de mi palabra? –Stephen amplió aún más su sonrisa.
–Para dudar de su palabra, primero debería haber una afirmación ¿No le parece? –él la miró sin entender. Kate contuvo el impulso de sonreír–. Usted no ha afirmado en ningún momento que encontraría una solución...
–Oh, eso... Bueno, pues ahora sí. Señorita Kate, le doy mi palabra de que no abandonaré la incesable búsqueda de una solución para el acertijo que usted representa –recitó él con aires pomposos. Ella no estaba segura si le gustaba escuchar aquello, así que guardó silencio. Pasados algunos segundos observando a las demás parejas, Stephen volteó a verla–. ¿Se siente usted mejor? –Kate aferró la copa con dedos temblorosos
–Si, gracias...
–¡Bien! Pensé que jamás escucharía esas palabras... –se puso de pie– ¿Está preparada para finalizar nuestro baile? –preguntó tendiéndole una mano envuelta en suave tela blanca. Kate no pudo evitar mirar alrededor en busca de la señorita Ariadna.
–Bueno... yo no creo que sea una buena idea teniendo en cuenta que...
–Tonterías –desechó rápidamente, negando con la cabeza–, lo prometido es deuda ¿Será que me veré en la obligación de recordárselo? –inquirió Stephen mientras una sonrisa juguetona bailaba en su rostro en señal de desafío.
–No sea absurdo –replicó ella tomando su mano e incorporándose–. No quiero tener que soportarlo vagando por ahí como alma en pena, diciendo que no he cumplido mi palabra para con usted –Kate intentó que su tono sonase ligero, y lo consiguió.
–Sabia decisión, señorita, sabia decisión –respondió él.

Continuará...

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 8:46 am

El resto del baile transcurrió sin mayores imprevistos. Sin notarlo realmente, Kate se sentía un tanto mejor, la presencia del muchacho ya no la incomodaba tanto, aunque en verdad no le prestaba atención en absoluto a tal hecho; estaba muy entretenida conversando con él, quién resultó ser una agradable fuente de conversación.

–¿Así que ha estado usted en París? –preguntó ella en cierto momento, sin ocultar su curiosidad.
–Efectivamente, y he de agregar que resultó ser un sitio encantador –respondió él con aire soñador–. Las calles, como una gran red de tejido, con sus puestos de flores en cada esquina y plazas, puentes, fuentes... es todo muy bonito, estoy seguro de que a usted le resultaría sumamente placentero conocer la cuidad y sus afueras...

La trompeta volvió a sonar, indicando que comenzaba un nuevo receso. Stephen le sonrió, enseñando su dentadura color marfil y la acompañó, nuevamente, hasta uno de los asientos. Era el turno de las damas para entretener a los invitados. Kate no sabía si sentir vergüenza ajena o reírse. Cuando hicieron el llamado para quienes estuviesen interesadas en subir al escenario, la primera en presentarse fue la Sta. Ariadna, pavoneándose como nunca antes. A su lado, Stephen no podía creer que su hermana tuviese las agallas para tal acto de inconsciencia.

–Por todos los cielos... –mustió, al parecer sin percatarse de que lo decía en voz alta. Su expresión era de sorpresa, sin duda. Kate soltó una risita, recordando cómo ellos se reían de la chica durante las clases de canto.
–¿Qué sucede? –preguntó ella, sabiendo la respuesta. Él la miró desde lo alto, desconcertado, entendiendo que había hablado en voz alta. Rascó su nuca, con una mueca incómoda.
–Digamos que, al contrario de usted, mi hermana no posee dotes para el canto.

Kate, al escuchar eso tuvo que forzarse a reprimir una sonrisa. Él creía que... “¿A quién le importa lo que crea? Sigue siendo un idiota” dijo una voz resuelta dentro de su mente. “Aunque quizá no tanto como aparenta...” propuso otra, mucho más amable.

–Oh, comprendo...
–No. No comprende –la cortó él, suspirando–. Sé que no debería decirlo, siendo mi hermana de quién hablo, pero prepare sus oídos, ésto será una catástrofe... –esa vez Kate se permitió reír apenas.
–¿Es para tanto? ¿No cree que está exagerando un poco?.
–Créame. Si le digo que es peor que escuchar a un perro malherido, es porque es mucho peor que eso... –recalcó Stephen, dejando que una sonrisa curvase sus labios tentativamente.

En ese momento, Ariadna se puso de pie en el escenario mientras otra de las chicas tomaba lugar en el piano. Esa era la oportunidad perfecta para lucirse frente a todos los caballeros de la sala. La acompañante de Ariadna comenzó a tocar, presionando un poco demasiado fuerte las teclas para el gusto de Kate, por lo demás no lo hacía mal.
Fue casi tan terrible como Stephen había pronosticado, y Kate sufrió un deja-vù. A favor de la chica, Ariadna había mejorado un poco, o quizá sólo era el hecho de que los pobres oídos de Kate habían intentado olvidar también aquel sonido tan... inhumano. Cuando Stephen decía que parecía un perro malherido mentía, los pobres perros desafortunados de todo el mundo no merecían tal insulto... y que Dios la perdonase, pero casi que deseaba que sus orejas se cayesen como las hojas marchitas en otoño.
Prestando un poco de atención pudo ver que no era sólo ella quién sufría con el “espectáculo”, las manos de Stephen se mostraban indecisas, casi seguro deseando poder presionarlas con fuerza a ambos lados de su cabeza. El resto del público reprimía impulsos similares disfrazados con comentarios y sonrisas falsos, al igual que muchas de las pelucas de presentes en la sala.
Por suerte no duró demasiado, apenas dos o tres minutos; una de las damas encargada de la organización (seguramente la esposa del dueño de casa), comenzó a aplaudir precozmente y todo el mundo se le unió, con la esperanza de dar por acabado el lamentable acto. Ariadna no pareció notarlo, sonreía y hacía pequeñas reverencias mientras volvía a tierra firme, junto al resto de los invitados.
Luego de eso, otras cuantas chicas también participaron de la actividad y fue definitivamente mucho más agradable que la actuación de Ariadna. Kate incluso lo disfrutó. Stephen, pese a que ya no bailaría con Kate, permaneció a su lado, de pie. Él fue quién divisó a la Sta. Felicia avanzando en su dirección entre la multitud. Cuando por fin llegó a dónde ellos estaban no desistió hasta que Kate estuvo de pie y caminó junto a ella para estar más cerca del escenario. Stephen las siguió, sonriente y curioso ante lo que su hermana traía entre manos. Se detuvieron junto al grupo de damas organizadoras, donde también se encontraba la Sra. Elizabeth.
Varias otras personas pasaron antes de que la chica soltase lo que había estado craneando.

–Pienso que Kate debería ir... –dijo lo suficientemente alto como para que todas escuchasen. Stephen pudo ver cómo los ojos de la Sra. Aldrich se iluminaban mientras que Kate entraba en pánico y daba un paso hacia atrás.
–Creo que es una excelente idea, Felicia. No por ser mi hija negaré que posee una voz que vale la pena escuchar... –sonrió a la muchacha– ¿Por qué no les enseñas, querida?.

Kate no contestó e intentó dar otro paso en reversa, pero allí estaba Emily, sosteniendo su brazo. El color llenaba su rostro. Las otras mujeres sonrieron, de acuerdo. Ella miraba de un punto al otro, buscando alguna excusa. Su mirada se posó en Stephen y él le guiñó un ojo, eso sólo la hizo sentirse más nerviosa.

–Vamos, Kate. No seas modesta, todos aquí sabemos que lo haces bien... –incitó Emily, guiándola, pero ella no avanzaba, sus piernas estaban bloqueadas.
–Cariño, no hagas una escena, ve –le dijo su madre con amabilidad amenazante.

A Stephen le divertía toda la escena, pero también, por otro lado sentía algo de lástima por la muchacha... ¿Qué podía hacer?

–Venga, yo la acompaño –intervino él de un momento a otro, ante las miradas curiosas de varias de las señoritas presentes. Sonrió–. Tranquilas, no tendrán que soportarme “cantando”, eso sólo se lo reservo a mis peores enemigos, pero sí puedo tocar el piano con relativa fluidez –dijo a modo de broma, provocando algunas risitas. Miró a Kate–. ¿Vamos?.

Ella no sabía que era peor: cantar frente a una multitud o, cantar mientras Stephen tocaba para ella frente a un conjunto de personas que poco importaba.
Fueron necesarios unos cuantos comentarios alentadores y sonrisas amenazantes para que cediese y subiese al escenario junto al muchacho, tropezando unas dos veces a causa del temblor que recorría su cuerpo. Él tomó asiento en el banquillo negro del piano, ejercitando sus dedos mientras ella se mantuvo de pie, con las manos cruzadas frente a sí, mirando el suelo de madera, sin atreverse a levantar la vista y enfrentarse a la multitud de rostros que se mezclaban. Un nuevo escalofrío recorrió su espalda. Desde su izquierda procedieron con lentitud las primeras notas de una pieza familiar para todos. Kate tragó saliva y tomó una gran bocanada de aire.
El cantar en sí no fue tan difícil como pensó que sería, aunque el primer par de compases tuvo algunos inconvenientes en salir, atorándose en su garganta repentinamente seca. Siguió sin problemas el resto de la melodía, acompañando al piano, aunque en realidad el piano la acompañaba a ella, descubrió con asombro. Ni una sola vez escuchó los dedos de Stephen dudar o fallar. Aunque no se atrevió a mirar, podía imaginarlo, sentado con la espalda recta y expresión soberbia.
Las notas del piano decayeron con lentitud aplastante y al abrir los ojos después de su último aliento prolongado todo lo que vio fue un mar de rostros silenciosos. El calor subió desde su cuello. Pasado un segundo, el sonido de un aplauso recatado inundó la sala. Pronto los comentarios escapaban y se mezclaban en el aire caliente y pesado. Stephen estaba a su lado, incorporándose de una reverencia. Sonreía.

–Buen trabajo –dijo. Kate no pudo hacer otra cosa que asentir aturdida.
–Lo mismo digo...

Al pie del corto tramo de escaleras se encontraba la Sra. Elizabeth luciendo encantada, rodeada del resto de damas, deseosas por felicitar a la muchacha, quién a cada momento sólo lograba sentirse peor. Ella forzó una sonrisa y agradeció cada halago. No vio a la Sta. Ariadna intentando pisar “accidentalmente” el ruedo de su falda, pero Stephen sí lo hizo. Cansado se acercó a su hermana.

–Compórtate –siseó entre dientes–. ¿No haz tenido suficiente por una noche? –ella lo miró con desprecio disfrazado de falsa inocencia.
–No sé a que te refieres –dijo llevando una mano a su pecho, abriendo los ojos para dar un efecto más realista.
Sabes muy bien a qué me refiero. Compórtate. Avergüenzas a nuestra familia...
–¿Yo avergüenzo a la familia? –inquirió con tono venenoso–. No eres quién para hablar siendo que... –guardó silencio abruptamente.
–¿Qué? –preguntó Stephen a punto de perder los estribos.
–Nada –repuso ella, volviendo a su anterior faceta inocente.
–Pues bien... –espetó en respuesta. Dicho eso, se alejó antes de que quienes estaban a su alrededor sospechasen y comenzasen a cuchichear.



La velada transcurrió con asombrosa rapidez, y pronto se encontró sosteniendo sus faldas sin ánimo al bajar por las escaleras de la entrada, caminando junto al resto de su familia hacia los carruajes. Para ese entonces la noche lucía plena y llena de vida; el viento se sentía más frío que cuando llegaron y Kate podía escuchar con total claridad el disimulado coro entonado por las diferentes criaturas nocturnas; sonidos agudos, como pequeños golpecitos, otros más graves, parecidos al croar de las ranas... La melodía que más tarde había llegado a su mente hizo acto de presencia nuevamente y ella no pudo evitar sonrojarse al recordar su encuentro con Stephen. El muchacho caminaba unos cuántos pasos por delante, del brazo de su hermana, Felicia.

–Ha sido una velada encantadora, ¿No lo crees, Kate? –la voz de Emily irrumpió en sus pensamientos, ella volteó el rostro para mirar a la joven.
–Por supuesto –mustió, aún un poco distraída. Por alguna razón volvía a sentirse sofocada, aunque no tanto como antes.
–¿Y te has enterado? –inquirió nuevamente la joven sin ocultar la emoción de su tono–. ¡El señor Adams se mostró sumamente interesado en Lorane!...
–¿El señor Adams? –sólo una parte de su mente estaba atenta a la conversación. “¿Quién es ese?”, se preguntó.
–¡Sí! La invitó a bailar unas cuatro veces como mínimo y ella dice que él es todo un encanto...
–Me alegra escuchar eso... –respondió sintiendo un ligero escalofrío.
–¡Y que lo digas! ¿Te imaginas si se casan? –continuó la otra muchacha mientras Kate se abrazaba los brazos, cubiertos por un fino chal blanco. Frunció el ceño ante la idea.
–¿No te parece un poco pronto? –“Sólo se conocen desde hace unas pocas horas...”, decidió guardarse el comentario, era inútil discutir sobre el tema con cualquier miembro de su familia, excepto quizá el Sr. William.
–¡Por supuesto!, además él aún no habla con nuestros padres... Pero bueno, creo que es una buena idea ir pensando a futuro... ya sabes... –Felicia hizo silencio y por su expresión Kate supo que estaba pensando alguna cuestión con cierto nivel de complejidad–. Me pregunto porqué él eligió a Lorane y no a Mary... –comentó finalmente– es decir, son iguales ¿Qué diferencia habría?
–Puede que lo sean físicamente, pero no en personalidad... –comenzó a explicar algo irritada.
–Sí, lo sé. Pero a él le da igual ¿No? –preguntó con total naturalidad, como si estuviesen hablando de vestidos y no de personas.

Kate consideró seriamente decir que no, que los hombres elegían a sus esposas no sólo por su belleza, sino también por lo que ellas eran internamente, pero pronto entendió que la realidad no era así. Ellos elegían basados en el poder monetario, la belleza exterior o, dado el caso, la posición social... Eso realmente la entristeció. Sus hermanas, todas ellas, todas las damas de la fiesta y las del país terminarían desposadas con algún caballero que en realidad no las amaba y a quién muy posiblemente detestaban. Las criaban para eso... Como decía su madre, “El amor llega con el tiempo”... La frase le hizo preguntarse ¿Sus padres, William y Elizabeth. realmente se amaban al casarse?, ¿Fue una unión por conveniencia?... Por fortuna, ella sabía que, su verdadera madre, Grace, había amado a su padre desde el primer momento... aún recordaba como ella hablaba de él... era algo bello, tanto como una buena pintura o partitura, parecía imposible que hubiese tanto amor concentrado aún después de tanto tiempo, tantos y tan largos años...
En ese momento el carruaje de las mellizas se puso en marcha a poca velocidad, el Sr. William, su esposa y el Sr. Bainbridge ya estaban en camino también, Kate podía distinguir su carruaje ya casi perdido en la noche. Era su turno de emprender viaje. Primero subieron la Sta. Felicia y Emily, Kate fue la última y tuvo algún que otro inconveniente para sentarse con cuidado de no aplastar a nadie con sus faldas. El reducido espacio dentro del carruaje la hizo sentirse incómoda. Las otras dos muchachas conversaban con tranquilidad cuando el carruaje se sacudió, comenzando la marcha. Los escalofríos que recorrían a Kate se intensificaron con el pasar del tiempo, hasta que en cierto momento se encontraba casi acurrucada en una esquina, temblando. Las otras muchachas se habían quedado dormidas, una recostada en el hombro de la otra. Kate no quería creer que se estuviese sintiendo mal, no quería molestar, pero en cierto momento algo en su mente le dijo que realmente no estaba bien.
Se estiró para tocar la rodilla de su hermana frente a ella.

–Emily... –mustió. En su lugar quién se despertó fue Felicia.
–¿Kate?
–Felicia. Yo... no me siento bien... –al instante la joven espabiló, atenta.
–¿Qué te sucede?.
–Frío –se limitó a decir, sufriendo otro espasmo.
–Oh... ¡Emily! ¡Despierta!...

Lo que sucedió después de eso resultó muy confuso, ya que su cabeza comenzó a doler como si alguien estuviese clavando una aguja en su sien. Poco después sintió el carruaje detenerse y eso fue lo último que su mente pudo recordar.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 8:49 am

Octubre de 1874
[Someone like you - Adele]

Las hojas de los árboles se marchitaban tomando tonalidades doradas, amarillentas y rojizas. El viento que acariciaba las llanuras dejó su ya habitual calidez para adoptar una temperatura menor, que durante las mañanas apuñalaba con diminutos cuchillos la piel desnuda.
Kate estaba sentada en el borde de la cama. La estancia era definitivamente más fría que el resto de la casa, podía ver el vapor que salía de su nariz con cada respiro. Los dedos de sus manos se sentían extraños, mucho más torpes que lo habitual y se negaban a entrar en calor. Su estómago profirió un audible gruñido, desde la mañana no comía nada; nuevamente pensó en Stephen, el Sr. Bainbridge y lo injusta que resultaba la vida.
La puerta de madera se abrió con suavidad y el rostro cansado de Grace apareció allí. Intentaba no hacer ruido para no despertar a su hija, frunció el ceño al ver a la pequeña levantada.

–Sigues despierta... –dijo cerrando la puerta tras sí–. ¿Por qué no te has acostado aún?

Cat levantó la mirada, aún con la cabeza gacha, no podía moverse aún muy rápido porque el vendaje del brazo le molestaba.

–No tengo sueño... –su madre se acercó prácticamente arrastrando los pies, pero Cat no lo notó, ella no era capaz de ver cuán desmejorada se encontraba su madre. Para ella era símbolo de fortaleza, y como tal no podía concebir la idea de que su gran pilar de apoyo se debilitase.
–Pues ya es hora de irse a la cama, señorita –dijo Grace con una mezcla de regaño y afecto.

Poco tiempo después ambas vestían amplias camisolas y se disponían a intentar acaparar el calor bajo las pocas mantas. Catherine envolvió su brazo bueno alrededor de su madre, disfrutando de la seguridad que ella le brindaba; sintió las ásperas manos frías acariciar su cabello con lentitud.

–¿Mamá?
–¿Qué sucede, cariño? –su voz sonó un tanto más áspera de lo habitual.
–¿Puedes contarme una historia? –preguntó bajito.
–Mmm... ¿Qué historia? –ella hacía un esfuerzo por no quedarse dormida, aunque sus ojos cafés ya estaban cerrados.
–La de la niña... –murmuró en respuesta.

Grace sonrió. Había inventado esas historias alocadas para hacer dormir a su hija hacía tanto tiempo que ya casi no lo recordaba... Cada vez creaba nuevas aventuras, aunque algunas veces, cuando estaba exhausta de más, se limitaba a hacer una mezcla de todas las que ya había contado...

–Está bien, pero más vale que te duermas...

«Había una vez una niña. A esta niña le gustaba ir a jugar al bosque. Ella era muy rápida, pero no tanto como el viento. Todos sabían que nadie podía vencerlo. Ni el halcón, ni el caballo, ni el galgo de caza. Incluso una vez había hecho llorar a una pobre liebre.
Un día, mientras intentaba coger una manzana que colgaba de lo alto de un árbol, escuchó al viento reírse. Ella, un poco molesta siguió intentando trepar sin darle importancia, era sabido que él era muy vanidoso y le gustaba burlarse de los demás. “Niña tonta, niña tonta, sólo yo la puedo coger...” canturreó él, haciendo que el cabello negro le golpease el rostro.
La niña despejó su vista e, ignorándolo nuevamente como le había recomendado su madre, intentó trepar con más ahínco aún. “Niña tonta, niña tonta, nadie me puede vencer...” el viento susurró. Cansada de sus impertinencias, habló justo hacia dónde sabía que él estaba, podía ver el montoncillo de hojas girando en un pequeño remolino. “Dices que nadie te puede vencer...”, dijo ella muy resuelta, “...juguemos una carrera y veamos quién es más rápido”. El viento, deseando poder demostrar que era el mejor, aceptó muy confiado. Acordaron que quién atravesase primero el bosque sería el vencedor.
Al día siguiente, bien temprano, cuando recién salía el sol, la niña fue corriendo hasta donde vivía su amiga Pacha. Ella era muy anciana y sabia así que supo enseguida qué hacer; convirtió a la niña en luz, una luz muy bonita, de color blanco y, pidiéndole permiso al cielo, tomó un pedacito de trueno. Así, cuando la niña y el viento se prepararon para correr, y un ciervo contó hasta tres, ella salió disparada con un fuerte sonido, dejando atrás al viento con gran facilidad. Atravesó al bosque y llego al otro lado en un santiamén.
Cuando el viento llegó a su lado, resoplando enojado por su derrota, ella volvió a su forma y le hizo prometer que pediría disculpas por ser tan engreído, además de que debería dejar de serlo. El viento, una vez hubo prometido, no volvió a molestar a nadie, aunque cada tanto tira algún sombrero o despeina a alguna dama muy coqueta...»

Grace bostezó con suavidad, para descubrir que Cat estaba dormida ya. Besó su cabello con suavidad antes de caer ella también en los suaves brazos de Morfeo.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 8:55 am

Junio de 1885

Kate nada podía recordar, sólo sentía dolor y mucho, mucho frío. Comprendió vagamente entonces que se encontraba en su habitación ya que algo que reconoció como su colchón se encontraba bajo ella. Intentó arroparse con las mantas de su cama, pero no lograba atrapar nada con los débiles dedos. Entonces hizo un esfuerzo por hablar, pedirle a quien fuese que estuviese con ella que encendiese la chimenea, pero su garganta se sentía seca, como si miles de agujas perforasen su piel cada vez que intentaba articular palabra. El dolor de cabeza, constante, punzante, parecía haberse apoderado de su cuerpo, pero también había un zumbido, algo molesto y persistente. Al abrir los ojos éstos también dolieron y sólo logró percibir un movimiento de sombras y luz, nada reconocible.

-Shhh... Señorita, intente descansar, no hable... -dijo una voz confusa, gangosa.

Algo gélido tocó su frente y ella se retorció intentando alejarse. No se molestó en pronunciar palabra.

-La fiebre está subiendo... parecía que había mejorado.
-Por lo menos ahora está despierta...
-Si. Sólo espero que el médico llegue pronto.
-Será mejor que le apliquemos otra compresa...

Pronto, aunque tardó en reaccionar, notó que algo, frío como el mismo hielo, era apoyado en su frente. Esa vez sí que chilló. El dolor de cabeza se intensificó. Las lágrimas rodaban fuera de sus ojos y una plegaria silenciosa escapó de sus labios.

-Dios.
-Shhh... Señorita, es la fiebre, es por su bien, sé que es desagradable... -el resto de la oración se perdió entre sollozos.

Al abrir los ojos vio con horror la silueta de su madre inclinada sobre ella. Estaba un poco borrosa, supuso que por las lágrimas. Ella lucía bien, no como la última vez que la había visto, delirante y demacrada. "¿Voy a morir?", pensó la parte de su cerebro que aún no estaba frita a causa de la fiebre.
Su madre acarició su cabello y sonrió.

-No, querida. No morirás.
-¿Por qué está aquí entonces?.
-Me necesitas... aquí estoy, como siempre he estado...


La damisela de compañía que estaba cuidando de ella, su madre y la Sra. Elizabeth vieron como la muchacha murmuraba cosas sin sentido y comenzaba a tranquilizarse, aunque las lágrimas aún surcaban su rostro. Con mucho cuidado la mujer mayor se acercó para retirar la compresa y cambiarla por otra. Notó con pesar cuán caliente se encontraba la tela y le dirigió una mirada apenada a la dueña de casa. Luego, cuando apoyó la compresa empapada de agua en la frente de la joven, ésta comenzó a retorcerse contra la cama, enredando entre sus piernas la única sábana de descansaba sobre ella, gimiendo y llorando.

-Shhh... Shhh... -tarareó la experimentada mujer como si estuviese cantándole a un niño pequeño-. Ya pasará... Ya pasará...


La noche comenzaba a caer. Ya todos habían cenado en una mesa extremadamente silenciosa. Stephen, después de eso subió hasta la biblioteca a causa de la necesidad de algo de soledad.

–¿Hijo?

La voz del Sr. Bainbridge lo desconcertó. Él se encontraba a escasos metros, junto a uno de los sofás.

–¿Padre? –asintió mirándole. Thomas se acercó con pasos lentos, calculados.
–Tu bien sabes que el Sr. Aldrich y yo estamos a punto de cerrar algunos negocios de gran importancia –no era sorpresa que su padre fuese directamente al grano, eso era una de las pocas cosas que le gustaba de él. Asintió–. Pues bien. Digamos que aunque afortunadamente tenemos una buena relación, no creo que eso sea suficiente... ¿Comprendes lo que digo? –Stephen en realidad no lo hacía.
–¿Por qué me está diciendo ésto? –para su sorpresa, Thomas rió. Algo rígido, como un resoplido, pero una risa al fin.
–Porque pedí la mano de su hija –repuso él con total normalidad.
–¿Para... usted? –el muchacho no ocultó su expresión sorprendida. Lo primero que pensó fue “No, no. Kate, no”.
–¿Cómo se te ocurre? –exclamó–. Para ti. Para ti, chico.

El cerebro de Stephen no lograba asimilarlo, seguía formulando razonamientos incompletos.

–Pero... pero... yo no... ella... –¿Cómo pudo su padre pedir la mano de Kate en matrimonio sin siquiera consultarle?
–Sí. Sí. Ya sé lo que me dirás y no quiero oírlo, negocios son negocios, deberías saberlo, hijo mío –dijo mientras hacia un gesto con la mano, restándole importancia–. No puedes quejarte, por lo menos sabe guardar silencio y tiene buena presencia... –agregó luego, como si eso hiciese que el muchacho entrase en razón así como así.
–Pero...
–Hoy o mañana, en algún momento, el Sr. Aldrich querrá hablar contigo sobre el compromiso –continuó sin dejalo terminar de hablar–, confío en que lo convenzas de que tus intenciones son verdaderas, ya que como te dije, nuestros negocios dependen de ésto... –dicho eso comenzó a caminar hacia la puerta. Stephen se puso de pie con un salto.
–Espere...
–¿Qué? –graznó sin voltearse.
–¿No... no le parece un poco... apresurado? –aunque no era eso lo que realmente quería preguntar, fue lo primero que logró abrirse camino en su boca.
–¿Cómo dices? –miró sobre su hombro.
–Padre... no creo que sea una buena idea... yo... bueno, a la Sta. Kate ni siquiera parezco agradarle... –se excusó. Thomas terminó de voltearse con expresión divertida.
–¿Señorita Kate? –soltó otra de sus risas–. No. Ella no, ¿Tan mal padre crees que soy?. Tu compromiso es con la Sta. Lorane –dijo antes de retirarse con toda la majestuosidad del mundo.

Stephen a falta de algo mejor que hacer volvió a desplomarse contra el mullido asiento, aún un tanto confundido. ¿Estaría comprometido? ¿Cómo era eso posible, así, de un día para el otro? Es decir, él lo sabía, pero aún no terminaba de comprenderlo. La perspectiva de pronto estar casado oficialmente con aquella chica a la que prácticamente no conocía hacía que su sangre se helase, y no tenía escapatoria... ¿O si?.


–¿No crees que sería más prudente llevarla a la ciudad? –la Sra. Elizabeth sonaba nerviosa y no intentaba ocultarlo, sus movimientos eran constantes pero sin un propósito definido.
–No, señora, en las condiciones en que está el viaje sólo empeoraría su estado –aconsejó la mujer mayor–. Lo más sensato es hacer que beba agua y mantener la fiebre estable hasta que el doctor llegue...

Las manos de Elizabeth retorcieron una porción de la tierra de su vestido. Ella miró a su hija, pálida y sudorosa, con párpados que revoloteaban una y otra vez sin llegar a mostrar sus ojos y murmullos carentes de sentido alguno. Caminó hacia ella hasta sentarse en el borde de la cama. La muchacha no pareció notar su presencia, seguía murmurando y sacudiendo la cabeza con movimientos espasmódicos. La Sra. Elizabeth estiró la mano con delicadeza para retirar un mechón de cabello húmedo que se adhería en la frente.

–Yo sólo desearía poder ayudarla –murmuró con voz apenada.

La damisela se dispuso a remover la compresa usada, remojarla y volver a ponerla sobre la frente de Kate una vez estuvo escurrida. Una mano insegura tocó con suavidad su hombro.

–Señora, será mejor que descanse, de nada sirve que usted también pase la noche en vela –recomendó la sabia mujer–. Nosotras nos encargaremos de ella y si llega a haber alguna novedad se la haremos saber de inmediato... Vamos, déjeme acompañarla, se vé exhausta...

Antes de salir de la habitación Elizabeth besó el cabello de su hija y rezó una oración junto a su cama. Al parecer la joven permanecería en ese estado entre el sueño y la consciencia el resto de la noche. Sabía que a William no le sentaría muy bien la noticia, él ya tenía suficientes problemas en mente como para que su hija enfermase también.


Las espesas nubes poblaban el cielo, ocultando los astros bajo un oscuro gris plomo. El viento parecía más húmedo y pesado que de costumbre, haciendo difícil el respirar. Una tormenta de verano se avecinaba. Stephen casi podía sentir la estática en el aire al otro lado del cristal que parcialmente reflejaba su propia figura; apenas visibles los ojos apagados y mirada cansada bajo una mata de cabello que a esas alturas del día ya se había rizado alrededor de las sienes y cuello, los hombros caídos ligeramente hacia delante, él mismo pensó que parecía estar marchitándose. Una cosa era el cansancio ocasionado por el largo viaje de vuelta; habían llegado a la casa a primeras horas el día, así que prefirió no acostarse a dormir, al contrario del resto de su familia. Aprovechó a dar un paseo a caballo por las tierras circundantes y leer, sabiendo que a cada momento entraban y salían personas de la recámara de Kate. Ella había asustado a todos con su desmayo repentino. Aunque nadie le dijo demasiado, pudo estuchar a la servidumbre comentar que la muchacha tenía fiebre alta y desvariaba. Eso no hizo más que preocuparlo, sabiendo que tampoco podía hacer nada por ayudar.
Suspiró y al hacerlo el cristal se empañó. Dio la vuelta y salió de la biblioteca procurando que sus pasos no hiciesen demasiado ruido, tampoco era como si fuese a haber alguien despierto a las dos de la mañana con la oreja pegada a la puerta. Por otra parte era agradable disfrutar del silencio reinante.

Unos cuantos pasillos más adelante, pasando por uno que reconocía vagamente, escuchó algo que lo hizo detenerse. Un grito. Un grito del que desconocía su naturaleza, era algo desgarrador, incómodo al punto que sentía molesta su propia garganta. No pensó antes de abrir la primera puerta que vio. Él no necesitaba que nadie le dijese nada, sabía perfectamente que el grito y los murmullos posteriores pertenecían a Kate. Al instante él fue arrebatado por un impulso de protección, como si la muchacha se tratase de su hermana Felicia.
La imagen que encontró fue algo desconcertante. La damisela de compañía se encontraba en medio de un forcejeo con Kate, pero eso no era lo curioso, sino que Kate parecía estar ganando, o por lo menos durante los primeros cinco segundos. De un momento a otro ella simplemente se dejó estar al igual que una muñeca de trapo, para luego resurgir con mínimas fuerzas.
Ella definitivamente no se veía bien. El cabello suelto, despeinado en feos nudos. La piel pálida, perlada de enfermo sudor, los ojos rojos y el febril color de sus mejillas, muy diferente al usual y delicado sonrojo. Lo siguiente que Stephen notó lo hizo desviar la mirada: ella llevaba su ropa de cama, nada más que un suave camisón blanco que dejaba ver sus tobillos y pies descalzos.
La damisela se distrajo ante su ingreso a la habitación y Kate siguió chillando como una lunática. Él observó con sorpresa que lloraba, pero no tuvo mucho tiempo para seguir contemplando la escena.

–¡Haga algo! –protestó la otra chica casi sin aliento, no parecía poder mantener a Kate en su cama por más tiempo.

Kate volvió a gritar, llorando. Esa vez el grito sonó algo similar a “Madre”, ¿Estaba llamando a su madre?. Stephen pensó en si sería mejor ir a llamar a alguien...

–¡Muévase! –apremió la damisela y no tuvo que decir nada más, Stephen se acercó con rapidez, ladeando la cabeza con incomodidad, guiándose sólo por su visión periférica. Lo único que le faltaba era tener problemas con los dueños de casa.

Con cuidado pero también determinación tomó una de sus muñecas y la inmovilizó mientras Kate daba manotazos en dirección a su rostro. La joven damisela intentaba inmovilizar sus pies y taparla.

–¡Nooo! ¡Déjame! –chilló una y otra vez, sin fuerzas, hasta que su voz era apenas una exhalación rasposa–. ¡Madre! ¡No! ¡Déjala! –sus palabras eran más balbuceos que otra cosa. En un momento dado acertó un golpe cerca de su mentón. Stephen se hubiese echado a reír de no ser por la situación.
–Eh, eh, tranquila... –Kate volvía a estar laxa contra las almohadas desordenadas. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Él sabía que pronto volvería a gritar, así que aprovechó el momento para inmovilizar su otra muñeca.
–¿Puede mantenerla así? –preguntó la damisela quién lucía un aspecto más eléctrico que de costumbre. Stephen no estaba seguro de poder cumplir–. Sólo iré a buscar a mi madre, ella nos ayudará... –llevó una mano a su frente, poco consciente de lo que estaba pidiendo– Regreso en breve... –dicho eso corrió hacia la puerta.

Fue entonces cuando el joven se percató de que estaban solos. Kate ya no forcejeaba, aunque él tenía la impresión de que pronto reviviría lista para otra lucha sin sentido. Ella comenzó a murmurar nuevamente “No”, “Déjela”, “Suélteme”, o eso creyó que decía. Se animó a soltar con lentitud las muñecas al tiempo que se sentaba en el borde de la cama. En ese momento ella abrió los ojos. De cerca se veían turbios y... tristes, rojos y húmedos.

–Padre... –murmuró con voz seca sin apartar la vista de su rostro, él comenzó a sentirse algo incómodo. Los oscuros ojos de ella eran grandes lagunas que al primer parpadeo se desbordaron.
–N-No... –comenzó a decir. Stephen se preparó para el forcejeo, pero Kate se limitó a impulsarse hacia delante penosamente y rodearlo con sus débiles brazos.

Parpadeó desconcertado, fue un choque para él, ¿Por qué ella le abrazaba?.

–Padre... –lloriqueó desconsoladamente. Él podía sentir la vibración de su pecho a través de las diferentes capas de ropa–. Te quiero... –su voz apenas se escuchaba, sonaba amortiguada.
–Kate... escucha, no... yo no soy tu padre... –él se sentía muy torpe, como si cualquier palabra errónea pudiese desencadenar el fin del mundo– s-soy Steve... Stephen... –pero ella no lo escuchaba. Tenía sentido teniendo en cuenta que deliraba por la fiebre que la consumía lentamente.
–Lo siento... lo siento tanto... –intentó aferrarse con mayor fuerza, pero su propio cuerpo enfermo no lo permitía. Entonces él también la abrazó, rodeándola con sus brazos torpemente. Pudo sentir su piel hirviendo bajo la fina tela del camisón. “Ella está delirando con sus padres... ¿Pero por qué pide disculpas?” se preguntó “¿Qué le habrán hecho para que pida que la dejen? A ella y a alguien más, ¿Una de sus hermanas?”, “Tonterías, simplemente delira”.
–Shhh... Todo va a estar bien... –pronunció aquellas palabras como si de una verdad absoluta se trataran–. Pero tienes que quedarte quieta... –prosiguió. Ella mustió algo que él no logró comprender. Seguía llorando y sus lágrimas humedecían el frente de su camisa–. Todo va a estar bien, ya lo verás –sin pensarlo acarició con delicadeza su cabello anudado.

Stephen sintió pasos y voces ansiosos desde el pasillo. Kate no pareció notarlo siquiera, su respiración se había tornado un tanto más tranquila, pero seguía murmurando cosas.

–Pero ¿Qué es esto? –preguntó quién debía ser la madre de la damisela al entrar seguida por su hija. La segunda pareció algo avergonzada.
–Madre, ya le he dicho que el joven Bain... –comenzó a explicar pero la mujer la ignoró acercándose a la cama.
–Pensé que habías dicho que la señorita había comenzado a delirar nuevamente... –dijo con cierto tono de regaño acomodando su albornoz–. ¿Para ésto me haz hecho levantar?... –volteó hacia Stephen–. ¿Y se puede saber qué, por todos los cielos, hace usted aquí, en medio de la noche? –inquirió con notoria irritación.
–Madre, ya le dije...
–¡Será mejor que regrese a su habitación y deje de aprovecharse de la situación! ¡Desvergonzado! –chilló la mujer con creciente repudio–, ¡La próxima vez llamaré al señor William!
–¡Madre! ¡Él sólo estaba ayudando! –protestó la damisela.
–¡No me levantes la voz!
–No. Está bien, ya me voy –dijo Stephen avergonzado, ¿Por quién lo estaba tomando aquella mujer?. Durante todo el intercambio Kate se mantuvo tranquila, pero a medida que los tonos subían ella comenzó a agitarse nuevamente. Él temió que volviese a gritar.

Hizo un intento por desligarse del abrazo de la joven, pero ella tenía muy bien atrapado parte de su saco entre las manos temblorosas. Incómodo hizo un gran esfuerzo para no perturbar su tan inestable tranquilidad. Logró liberar la mano izquierda. Podía sentir la mirada de la mujer mayor en su espalda. Él tomó la otra mano de Kate intentando abrir sus dedos, y lo consiguió, pero entonces ella aprisionó su mano. Él dio un pequeño bufido mitad frustración, mitad divertido.

–No... padre –murmuró aunque sonó una palabra mucho más deformada.
–Shhh... –Stephen intentaba liberar su mano, pero era casi imposible a no ser que ella cediera–. Debo irme...
–No... –nuevas lágrimas brotaron de sus ojos cerrados. Movió la cabeza de un lado a otro dos veces–. No... –repitió un poco más alto.
–Tengo que...
–Padre...
–Ay, por favor, ¡Déjela de una vez! –la mujer intervino tomando ambas manos y jalando hasta que Kate aflojó su agarre. Al instante ésta comenzó a sacudirse nuevamente.

La escena se repitió, sólo que esa vez estaban la damisela y su madre intentando calmar a la chica mientras Steve se sentía torpe a un lado de la habitación. Observando con el corazón hecho un puño como Kate gritaba desconsoladamente. Eso fue hasta que la mujer definitivamente lo echó. Él permaneció junto a la puerta, del lado del pasillo, escuchando los sonidos provenientes de la habitación. Minutos después la damisela, aún más erizada que antes, salió y le pidió que por favor regresase. Él aceptó sin más vueltas y así fue como pasó lo que quedaba de la noche sentado en una silla con la mano de Kate en la suya, mientras ella lo creía ser su padre.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 9:09 am

Diciembre de 1874

La casa parecía viva por fin, después de tanto tiempo. Cat se paseaba por los pasillos que ella misma había ayudado a decorar con guirnaldas y ramilletes de muérdago. Ya no llevaba el vendaje en el brazo así que realmente no había tenido tregua alguna en los últimos días.
Aunque nadie le había dicho nada, ella sabía que Stephen regresaría para Navidad. Tenía que hacerlo. En cierto modo aún seguía algo molesta con él, pero ya había planeado todo. En cuanto tuviese la oportunidad hablaría con él para perdonarle.
Sin embargo los días pasaron. Nadie hizo ningún comentario y Stephen jamás llegó.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 9:11 am

Septiembre de 1875

Grace hacía ya una semana que no se levantaba de su cama. Su enfermedad había despertado tiempo atrás, pero ella se resistió por todos los medios a los tan evidentes síntomas. Y así fue que aquel 20 de Setiembre de 1875, entre delirios y espasmos, su corazón dejó de latir.
Cat sentía la sensación aplastante de estar realmente sola en la pequeña habitación, siendo que aún el cuerpo de su madre seguía allí. Podía reproducir con total claridad el aliento entrecortado y oloroso aunque hacía minutos enteros que éste se había extinguido. Aún era visible la piel con llagas, los rasgos angulosos y piel como fino papel amarillento resquebrajándose en todas las articulaciones. Persistía en el centro de su pecho la sensación de impotencia, de saber que nada podía hacer para ayudarla. Su madre, una mujer joven e ingeniosa había abandonado el mundo de un modo tan... poco humano. Ella no pensaba que entonces realmente estaba sola en el mundo y no tenía ni un mísero céntimo, o que probablemente la echarían antes de que el cuerpo de su madre se enfriase. Su mente estaba lo que se dice en blanco. Colapsó y no había nada que la volviese a la realidad.
Escurrida a un lado de la cama, sosteniendo la mano de su madre entre las suyas, lloró hasta que las lágrimas dejaron de caer, y aún entonces permaneció allí otro día entero.
Por fin, casi pasada ya una jornada entera, las demás personas del servicio se presentaron y la apartaron de aquella escena.
Lo próximo de lo que era consciente era estar de camino a alguna parte, sobre una ruidosa carreta, únicamente con lo puesto.

***

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por RabidMoth el Mar Ago 26, 2014 9:15 am

Junio de 1885

El médico llegó recién durante la tarde noche del día siguiente. Kate seguía exactamente igual, pero como avance a considerar, había dejado de alucinar y de disponía a dormir con algunos murmullos ocasionales, lo que dejaba a Stephen libre de estar postrado a su lado.
Igualmente el joven se mantuvo en las inmediaciones de su habitación el resto del día. De vez en cuando se retiraba hacia el comedor o los jardines sólo para regresar a su puesto en las escaleras del servicio y montar guardia rato después. No es como si supiese cual era la razón exacta para hacerlo, pero por algún extraño motivo se sentía en deuda con ella, aunque quizá ese no fuese el término más indicado...
El hombre mayor ingresó a la habitación con parsimonia y se retiró cerca de media hora después. Todo el mundo estaba al pendiente de sus instrucciones. Al parecer ya tenía una idea de qué podía estar afectando a la joven porque recientemente se habían dado casos similares en las inmediaciones. Según él, Kate no correría riesgo de vida si se la seguía tratando contra la fiebre y le suministraban abundante té de una planta que por fortuna tenían en el invernadero.
Esas fueron las buenas noticias que hacían falta para animar a todos y cada uno de los integrantes de ambas familias... aunque quizá hubiese un par de excepciones a destacar...



Poco a poco y con el lento correr de los días, Kate fue mejorando. El médico la visitó en otras dos ocasiones hasta que juzgó que ya no sería necesario hacerlo una próxima vez.
Para ese entonces Lorane gozaba de una inmensa felicidad que no podía compararse por la generada con la recuperación de su hermana... Ella había recibido una propuesta de matrimonio formal al fin y, como el Sr. Aldrich encontró la unión prometedora y conveniente, aceptó dar la mano de su hija al afortunado caballero.
Por esa misma razón el Sr. Bainbridge no se encontraba de tan buen humor. Se enteró de la noticia en el mismo momento en que le hacía saber a su amigo que su propio hijo estaba interesado en ella. La sorpresa fue mayúscula cuando William le anunció con una amplia sonrisa que su hija se había comprometido esa misma tarde.



–¿Le molesta si la acompaño? –la voz provenía desde atrás. Pero no volteó a ver porque pudo reconocerla fácilmente.
–Lo hará de todos modos... así que no sé porqué pregunta... –repuso Kate con voz tomada y áspera.

Ella estaba sentada en una silla junto al ventanal abierto de la sala de música; envuelta en una manta y tomando una infusión humeante pese a que realmente hacía algo de calor. Stephen la había visto desde el jardín y decidió hacerle compañía civilizada. Hacía tiempo que no podían hablar. Le causaba lástima verla en ese estado tan pasivo: se movía con lentitud y habían ojeras bajo sus ojos oscuros, le recordaba a una tortuga.
Se escuchó un alarido de ira. Stephen sabía muy bien a quién pertenecía.

–Elías –mustió Kate sonriendo al tiempo que negaba con la cabeza.

Dicho y hecho, en ese mismo instante Stephen pudo observar al chico corriendo campo traviesa derecho hacia el bosque.

–¿Cómo lo sabía? ¿Qué hizo esta vez? –inquirió Stephen con diversión ante el abanico de chillidos que producía su hermana desde la planta inferior.
–Algo con estiércol... demoró pero al parecer le salió bien...
–Vaya... es chico muerto...

Luego de eso se hizo silencio.

–Así que... ¿Cómo se siente? –preguntó el joven más por interés propio que por cortesía.
–Bien –“¿Por qué le interesaría?”–. Gracias.
De soslayo pudo observar cómo él esbozaba una mueca de suspicacia y suspiraba.
–Sólo porque me prometí a mi mismo darnos la oportunidad de tener una conversación civilizada no haré más comentarios ¿De acuerdo?.
Kate alzó una ceja.
–¿Conversación civilizada? ¿Con usted?. ¿Realmente cree que sea posible?... –inquirió no sin algo de diversión. Steve salió al balcón y se apoyó en la barandilla.
–Es la razón por la que estoy aquí, así que no me provoque... –advirtió él con una de sus sonrisas. Kate decidió centrar su vista en el paisaje de fondo.
–Muy bien, muy bien... Así que... ¿De qué le gustaría hablar? –accedió ella. El rostro del joven se iluminó.
–¿Qué le gusta hacer? –preguntó con rapidez.
–¿Cómo? No entiendo... –no la dejó terminar.
–Oh, vamos... ya sabe... Pasatiempos... Sé que toca el piano y le gusta pasar tiempo entre las verduras...
–Plantas. No sólo verduras –corrigió con frialdad y luego frunció el ceño–. ¿Por qué quiere saber eso?.
–¿Acaso no son esas las cosas de las que hablan las personas civilizadas? ¿Y no recuerda mi promesa?... –su sonrisa torció un poco enseñando algunos dientes.
Kate sí que recordaba su promesa “le doy mi palabra de que no abandonaré la incesable búsqueda de una solución para el acertijo que usted representa”; pero por algún motivo le incomodaba que él intentase saber más de ella, le asustaba que descubriese quién era realmente.
–Bien, lleva usted razón en sus palabras... Sí, me gusta la jardinería y toco el piano...
–Además canta... –agregó.
–Y canto, pero no creo que eso lo ayude a cumplir su objetivo...
–Oh, usted no tiene idea de cuánta importancia son estos datos que me está proporcionando...
Ella decidió no recalcar que él ya los conocía.
–¿Algo más que deba agregar? –él continuó luego de unos segundos de silencio. Kate se atrevió a ver sus ojos y en ellos encontró la tan agradable familiaridad que de pequeña había reconocido.
–No –se encogió de hombros con lentitud.
–Humm... Bieeen... Esta charla no está saliendo como yo planeaba... –comentó Stephen dando vueltas por el balcón. Su figura desaparecía y reaparecía en una y otra de las ventanas cada pocos pasos.
–¿Y cómo se suponía que sería? –inquirió Kate con curiosidad.
Steve se detuvo y la miró. Luego se encogió de hombros y siguió caminando mientras una ligera risa escapaba de sus labios y sacudía su cabello con una mano.
–No tengo idea...

Luego de eso sí que lograron entablar una conversación bastante “normal” en lo que a temas se refería. Kate incluso se rió varias veces y lo disfrutó. Stephen entre tanto se sentó en el suelo a sus pies, parecía más cómodo así que de pie.
Hablaron de sus gustos y pasatiempos. Los de él casi no habían cambiado, y eso fue un golpe duro para Kate, quién poco a poco comenzaba a sentir que delante suyo no estaba el joven arrogante y frívolo que creía que era cuando lo había visto llegar. Seguía siento Stephen, su Steve, sólo que un poco más crecido, y eso conllevaba que los rasgos de su personalidad fuesen mucho más marcados que cuando niño, pero eso era algo normal en todo ser humano.

–¿Sabe? Creo que nuestra morada sería de su agrado... debería visitarnos algún día –comentó en cierto momento él, con aire soñador y al ver la expresión que, creyó contrariada (de contrariedad no tenía nada, en realidad fue terror puro y duro al recordar todo lo acontecido allí), de la joven, se explicó– Hay un lago precioso a pocos minutos de caminata... Y la propiedad está rodeada por un bosquecillo... –una sonrisa melancólica bailaba en sus labios, los ojos ambarinos perdidos en la nada– Yo iba allí de pequeño... me gustaba trepar los árboles... –comentó con una carcajada– una de las veces caí y por poco me mato... por suerte soy cabeza dura –dio unos golpecitos a su sien.

Kate podía recordar con claridad cómo había sucedido el incidente y el miedo que experimentó al verlo con una herida tan sangrante. Claro que en aquel entonces ella no sabía que las heridas en el rostro y cabeza sangraban más que en el resto del cuerpo.

–No debió ser tan apresurado... –comentó con nostalgia sin notar la equivocación. Él levantó la vista, sonriente.
–Se nota que me ha prestado atención... Sí, en aquel entonces era muy inquieto...
–¿Y ahora no? –le tentó ella.
–Bueno, sí, pero sólo un poquito... –bajó su tono de voz a un susurro y se acercó– Shhh... no se lo diga a nadie... eso puede perjudicar mi imagen ante las señoritas –guiñó un ojo.

Ambos rieron a coro. A Kate le dolía un poco el estómago pero no prestó atención. Steve, encantado por su plan bien efectuado no dejaba de preguntarse porqué su risa le cosquilleaba en la mente.

–¿Qué me dice de usted?, ¿Qué le gustaba hacer cuando era pequeña?. Lo siento pero no puedo imaginarla jugando con muñecas...
–Y tiene razón, nunca me gustaron... Siempre preferí el aire libre...
–No sé porqué no me sorprende...

Para ese punto, el sol ya se ocultaba tras las colinas y la habitación se había vuelto repentinamente sombría, pero ninguno de los dos lo notaba.
Ella podría haberle dicho que también le gustaba trepar árboles, y tumbarse en las montañas de hojas secas durante el otoño... es más, estuvo a punto de hacerlo, pero la parte consciente de su cerebro le gritó no muy disimuladamente que tuviese cuidado.
“Un paso en falso” se recordó “es todo lo que necesito”.

–Si le consuela escucharlo, yo también era muy inquieta...
–Bueno, bueno, bueno –Steve se sentó derecho–. Eso sí que no me lo esperaba... ¿Inquieta en qué sentido?.
–Basta con saber que Elías se me asemeja demasiado en ciertas oportunidades...
–Ohhh... Ya veo... –volvió a su posición relajada–. Yo tuve una amiga... –las palabras captaron su atención y sintió que mil aves estaban encerradas en su pecho. Él rascó su nuca frunciendo el ceño levemente. ¿Qué estaría pensando?. Sonrió– Usted me recuerda a ella... También le gustaba mucho estar fuera y siempre estaba conmigo cuando metía la pata...
–¿Alguna razón para que hable usted en pasado? –inquirió Kate con un hilo de voz. Steve alzó la vista y ladeó la cabeza.
–No. Simplemente nos separamos... Yo fui a estudiar a Londres porque mi padre me obligó y tengo entendido que su madre y ella marcharon tiempo después... Catherine... Dios, lo había olvidado –soltó una risita entrecerrando los ojos–, ella odiaba que la llamase Cat, pero yo aún así siempre lo hacía... –negó con la cabeza aún sonriendo de ese modo tan... Stephen.

Kate no sabía qué hacer. Es decir, por el momento se había quedado muy quieta, pero había algo... no, algo no. Habían muchas cosas rondando su mente, y el modo en el que él hablaba... Hacía añares que no escuchaba su verdadero nombre ser pronunciado. Todo se entreveraba, lo bueno, lo malo, el cariño, el rencor... Recordó a su madre agonizante, al señor Bainbridge golpeándola. Dolía. Dolía tenerle delante y no poder decirle lo que realmente deseaba decirle. Quería perdonarlo tanto como había querido hacer en la Navidad del año en que él marchó. Quería tantas cosas...
Se puso de pie con un movimiento débil y entrecortado. Steve la observó con atención creyendo que no se sentía bien.

–¿Qu...?.

También se puso de pié y tomó su brazo al tiempo que ella se tambaleaba. Había lágrimas en sus ojos ¿Por qué lloraba?.

–¿Qué sucede? –inquirió con creciente preocupación.
Kate bajó la cabeza, su frente rozaba el abrigo de él.
–Steve... yo lo siento... Lo siento tanto... Creí, creí que tu... sabías...
Stephen no entendía nada, pero algo en el fondo de su mente hizo por fin “clic”. Nadie le llamaba Steve, sólo lo había hecho su propia madre.
–Fui una tonta, egoísta y rencorosa... Tu no podías hacer nada para ayudarnos y yo... y yo recargué la culpa en tus hombros... –pausa– No nos marchamos, mamá murió y tu padre me envió a la capital... a... terminé en un Orfanato, Steve... –ella se detuvo solo para sollozar y no pudo continuar.
–¿Cat? –susurró tentativamente, aún sin terminar de procesar todo.
Ella asintió con la cabeza sin mirarle.
–Dios... Cat... –repitió, esa vez, con un dedo de su mano libre, acarició su mejilla.
Por fin podría ver con claridad todo aquello que había cosquilleado en su mente desde el comienzo.
–Cat –rió sin poder creerlo aún.

A ella le fallaron las piernas durante un instante. No le gustaba ser tan endeble y débil. Dar lástima de ese modo.
Soy fuerte” se dijo un segundo antes de rodearlo con sus brazos y acercarlo hacia sí en un abrazo que necesitaba aún más que respirar. El joven no se resistió a tal gesto y bajo sus manos pudo sentir la figura huesuda y angulosa que se escondía debajo de todas las capas de tela.
No se le ocurrió preguntar qué hacía ella en aquella casa, ni porqué supuestamente era hija del Sr. Aldrich, ni tampoco porqué no había revelado su identidad antes... Ya tendrían tiempo para hablar de ello.

Ella era como un pequeño gorrión caído del nido que había aprendido a sobrevivir con lo poco que tenía. Ambos se culpaban mutuamente por haber desaparecido de sus vidas, pero ninguno había intentado averiguar las razones por las cuales eso sucedió; había sido mucho más sencillo culpar al otro y no plantearse qué era lo que ellos mismos habían hecho mal.
En ese momento, en esa calurosa tarde de Junio ambos volvieron a ser lo que eran: el chico testarudo y la niña permisiva de hace diez años atrás.


PRÓXIMAMENTE, ¿FINAL ALTERNATIVO?...

_________________
avatar
RabidMoth
Admin

Mensajes : 15181
Fecha de inscripción : 26/07/2013
Edad : 20

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Una historia sin futuro

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.